Simplemente Laura

14

La mañana transcurrió de una manera tan rápida, inoportuna y abrupta, que en cuestión de un abrir y cerrar de ojos ya nos daban las doce del mediodía.

Si bien Laura y yo habíamos compartido dos horas de clases juntos ya, ni siquiera nos habíamos dado el tiempo para saludarnos y conversar, lo que me pareció bastante extraño. Siempre solía levantarme la mano desde la distancia cuando me veía, pronunciaba mi nombre o jugueteaba conmigo, y ahora ni siquiera una mirada. Llegué a creer que hubo de molestarse por no haberle respondido los mensajes de anoche, hasta el momento que me sorprendió e hizo que me asustara, dándome un pinchazo con el dedo sobre mi espalda.

— ¡Hola ingrato!

No me dio tiempo ni siquiera para darme la vuelta y contestarle, porque en cuestión de segundos desapareció de mi vista. Quería explicarle los motivos por los cuales no pude escribirle anoche, lo que estaba haciendo con el afán de complacerla a ella misma, para que no tuviéramos malos entendidos o se enojara. Como en clases la vi un poco alicaída y apagada, quise comentarle que me importaba su estado de ánimo.

Pero fue la última vez que la vi en el curso esa mañana: desapareció misteriosamente hasta la una de la tarde, cuando supuse que volveríamos a encontrarnos.

Entonces detuve un instante el motor que movía mis sentimientos y le di paso a la razón que pedía a gritos ser escuchada: creyó que me había enamorado de un fantasma o que había sido poseído por un espíritu maligno. Porque cada vez que necesitaba más de Laura en mi vida, cuando era la única que podía detenerme de saltar del borde del precipicio, menos estaba presente.




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