Simplemente Laura

18

— Continuaré mis estudios universitarios en el extranjero... –dijo Emily con voz absolutamente plácida y serena, como si nada significativo estuviera pasando en ese momento–. Mis padres acaban de darme la autorización. Me mudaré a Madrid en cuanto den inicio las vacaciones.

Habían tenido esta discusión varias veces en el transcurso de las últimas semanas, muchas de ellas nada productivas; así que en lo que correspondía a Juan no le causó sorpresa que se hiciera mención nuevamente sobre el tema. Lo que en principio parecía un capricho más de una muchacha mimada y consentida como Emily, se convirtió luego en una realidad cuando en aquella mesa pronunció las palabras mágicas “Madrid” y “vacaciones”. Si de por sí a Juan no le agradaba nada la idea de tener que soltar a su chica tan fácilmente, ahora parecía que lo debía soportar sin poner resistencia. Temía que, si su partida se daba por sentado realmente y en los plazos ya especificados, el tiempo y la distancia los separaría definitivamente (cosa que estrujó su corazón como cuando uno arruga un pedazo de papel que ya no le es de utilidad).

— Pues se te ve tan tranquila... –dijo dejando de lado la porción de postre que hasta ese momento sabía delicioso–. Hemos tenido esta discusión varias veces. ¿Acaso te has detenido un instante a pensar en lo que sería de nosotros una vez te marches?

Emily silenció unos minutos, también desilusionada. Juan supuso, por el gesto que hizo su enamorada con la cabeza, que estaba buscando las palabras adecuadas para intentar explicárselo.

— ¿Crees que ha sido muy sencillo para mí tomar esta decisión? –añadió casi sollozando–. ¿Crees que he podido dormir tranquila estas últimas semanas, pensando, frecuentemente, en cual sería tu reacción?

— Pues eso parece...

Para entonces se montó una discusión tan frenética y absurda, que terminó con insultos y maldiciones, pero que, además, se llevó definitivamente su relación. En adelante, ambos tomarían caminos diferentes y se convertirían en dos completos desconocidos, cosa que suele suceder después de una ruptura amorosa tan dolorosa y dramática como la suya.

Cinco meses después, y tras superar una conmoción que incluso mantuvo a Juan varios días de sus vacaciones en cama, encerrado, sin comer ni beber absolutamente nada; él se pudo contactar con Anabel (la hermana de Emily), con quien también tenía una buena relación de amistad.

Ambos habían coincidido, por casualidad, en aquel autobús con destino a la universidad. La reacción de Anabel al reconocerlo fue suficiente para ofrecerle una pista de lo que realmente pensaban de él: la familia ya no lo veía con buenos ojos.

De pronto, y casi forzosamente, Juan la agarró del brazo. Anabel, inconscientemente, emitió un gemido, ante la mirada desconcertada de algunos pasajeros que se alarmaron porque creyeron que se trataba de un asalto.

— Lo siento Juan –dijo muy aterrada–, pero me han prohibido que hable contigo...

— Solo necesito que me digas como está Emily... como le ha ido con sus estudios en el extranjero. Desde aquel día que terminamos no he podido tener contacto con ella.

— ¿Estudios en el extranjero? ¿Acaso te volviste loco? O es que aún sigues creyendo que ella emigró a Madrid por eso de la universidad.

Aquellas palabras confundieron mucho a Juan, quién creyó que Anabel se estaba burlando de él y de su delicada situación sentimental. Tratando de no ser descortés y agresivo con ella, en especial ante la mirada atenta del público presente, se tragó su coraje e intentó mantener la calma. Entonces preguntó entre dientes:

— ¿Podrías ser más específica con lo que dices?

— Con el respeto que te mereces –susurró casi con un suspiro–, pero ahora entiendo por qué mi hermana decidió abandonarte.

— Te equivocas –dijo Juan molesto–. Ella no decidió abandonarme. Terminamos con la relación por mutuo acuerdo.

— Claro, y yo nací ayer –respondió irónica–. Pero sabes que es lo que más me duele: que hasta ahora sigas sin poder comprenderlo.

— Anabel, te lo advierto, no intentes pasarte de lista conmigo, sí. No sabes de lo que soy capaz...

— ¡Emily te puso a prueba maldita sea! –exclamó con un grito que inquietó a la gente–. Perdón...

Afortunadamente la situación no pasó a mayores. Juan supuso que la gente había notado que más allá de ser un robo o un intento de acoso sexual, se trataba de una discusión típica de un par de enamorados; así que volvieron su mirada hacia sus teléfonos, periódicos o a sus respectivas conversaciones.

Entonces la respuesta iluminó los ojos de Juan como aquellos carteles de enormes letras rojas que parpadean frente a los negocios por las noches. Gracias a la conversación con Anabel pudo encontrar la pieza del rompecabezas que tanto le hacía falta: descubrió que todo fue un artilugio que habían montado las muchachas para tenderle una trampa. Intentaron medir, de manera exagerada, cuánto sería capaz de sacrificarse por la persona que amaba.

Lo habían expuesto, en pocas palabras, a ser partícipe de una dolorosa prueba.




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