Simplemente Laura

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Hoy decidí no asistir a clases. Y no porque quisiera portarme indisciplinado, rebelde o irresponsable (ese no era mi estilo); sino porque debía prepararme para el día más importante de mi vida en los últimos años. Además, para qué hacer tanto escándalo por faltar alguna vez, aquello lo resolvería pidiéndole los apuntes a Juan y leyendo los libros que forman parte de la bibliografía básica.

Más bien, me tomé la mañana para perfeccionar los pasos de baile y afinar ciertos detalles con respecto al discurso declaratorio que había preparado anoche para Laura, mientras conciliaba el sueño (la charla de Lucy había surtido efecto). Como la casa estaba sola para mí, pues mi hermana cumplía su jordana habitual en el colegio, le saqué el máximo provecho a las horas en las que podía desenvolverme sin sentir tanta presión.

Al mediodía preparé el almuerzo acompañado de mi música favorita, y luego, mientras degustaba de la deliciosa comida que me había servido, me instruí con algunos consejos de los "maestros" más reconocidos en el arte de la seducción, observando sus pequeños videos en YouTube. Si bien todos ellos advertían que dichos conceptos no se aplicaban estrictamente igual en todas las personas, debido a que cada uno moldea su propia personalidad a su gusto y preferencia; lo importante era comprender los principios elementales de un buen seductor, que aunque eran numerosos e igualmente efectivos, dependían de la estrategia que cada sujeto decidía aplicar. Por ejemplo, demostrar confianza en sí mismo, preocuparse por su apariencia personal, ser respetuoso, considerado y carismático, y sobre todo, prestar atención a las inquietudes u opiniones de la persona escogida para seducir.

Como el programa comenzaba a las seis de la tarde, debía empezar a arreglarme antes de las cuatro. Siendo cerca de la una, Lucy estaba a minutos de llegar, así que aproveché ese pequeño espacio para tomar una siesta reparadora. Ya que la había invitado a la ceremonia también, debido a que la regla decía que debíamos llevar un acompañante cualquiera, tenía planeado una brillante maniobra para estrechar sus lazos con Juan (favor con favor se paga y era el momento adecuado para ayudarla a encontrar su felicidad).

Me dirigí al sillón de la sala, encendí el televisor y me recosté. Segundos después, había perdido el sentido del tiempo y el espacio.




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