Simplemente Un Lunes

SIMPLEMENTE UN LUNES

Reposaba la tetera sobre la estufa ardiente como un diminuto aro del infierno, azotando la base del pequeño objeto de metal que ennegrecido por la reiterada utilidad chirriaba detrás del vapor que emanaba. Aquel vaho viajaba en forma de burbujas que, al reventar, empañaban los cristales de la ventana. El rocío de una llovizna anterior distorsionaba la presencia del ser que corría las pesadas cortinas de la casa de enfrente. Sin embargo, le había visto con claridad: una figura humana se había asomado por el balcón principal y, con un ágil ademán, corría las persianas. Pero el contorno de su silueta persistía, proyectándose a través de la delgada tela que ondeante se transparentaba.

La primera vez que Nathaniel escuchó hablar de él le resultó tan inverosímil como poco creíble. Hubiera preferido tomar su maletín lleno de notas y embarcarse en la expedición ártica para estudiar aquella criatura extraña de la que hablaban los periódicos. Era un deber cómodo y práctico. La paz proveniente de los viajes académicos, el rigor de las entrevistas y la lógica del argumento metódico habían sido los pilares de su carrera como investigador. Siendo esta una de esas excepciones particulares que hacían palpitar su corazón con una eufórica curiosidad.

El aire era denso, estaba impregnado de una incertidumbre con olor a fango, condensada y dispersa en el ambiente. El encargado, un anciano de manos temblorosas y mechones grisáceos que flanqueaban una calva impecable, le observaba a través de sus lentes agrietados, y desprovistos del brillo que quizás años atrás había disfrutado la montura desgatada de los mismos. Torció lo que pareció ser una sonrisa que no llegó a sus ojos mientras miraba hacia la casa de enfrente.

—¿Un conocido suyo? —preguntó el anciano—. Las personas no suelen tener razones para detenerse en este pueblo. Concluyo, sonriendo nuevamente, revelando una fila de dientes amarillentos.

Nathaniel asintió sin despegar la vista de la casa, mientras daba un sorbo al té que, por más que evitara pensar en ello, le había dejado un sabor cobrizo en los labios, ¿a metal o sangre?, pensó para sí mismo.

—Solo serán un par de noches —respondió.

El anciano le entregó la llave de una habitación del primer piso, justo al final del pasillo. Mientras ascendía por las quebradizas escaleras, el suelo se mantuvo inusualmente firme, sin emitir ningún ruido o quejido, nada en aquel lugar lo hacía, como si el pueblo entero se hubiera sumido en silencio.

Dentro de la habitación rondaba un aroma dulce, un ruido silbante que se paseaba por una rendija en la pared, enviando ondas de aire frio a su nariz. El tipo de olor, estático que antecede a una gran tormenta. Escuchando como la corriente de agua comenzaba a caer sobre el desagüe flojo desplegó sus pertenencias sobre la mesa: una libreta de notas, fotografías desgastadas, un reloj de bolsillo y una carta arrugada firmada con un: «Los quiere, mamá». Miró por la ventana hacia la casa que parecía aguardar por su visita. ¿Sabría su hermano que él estaba allí? ¿Sabría que el lazo de su pasado aún no se había cortado del todo?

Luego de varias semanas así como ligeros acercamientos desde las esquinas que rodeaban la casa, decidió acercarse para darse una idea de la seguridad de la misma, o en tal caso en forma de encontrar alguna apertura para entrar sin que se diera cuenta.

Había notado que en las noches siguientes una figura indescifrable envuelta en una enorme gabardina se deslizaba sobre el césped con un movimiento serpenteante. Y seguido de ello, dejaba una caja desbordante de duraznos frescos, redondos y robustos, y dentro de esta una nota: «Para Susan». Susan, la prometida que se había marchado hacía años, dejando tras de sí un vacío que su hermano aparentemente intentaba llenar con amor, un amor enfermo y solitario. Al amanecer los transeúntes tomaban y agradecían a la ventana del primer piso de aquella casa con una cortesía mecánica. Quizás por miedo, ignorancia, o un simple acto de deferencia a algo que no podían comprender.

Escuchaba sonidos de construcción en medio de la noche; golpes secos que sugerían que la mansión se estaba devorando a sí misma desde dentro. No parecía ser algo que importara mucho, a fin de cuentas, nadie se atrevía acercarse por más de unos cuantos minutos en el día. Sentía que su paciencia se agotaba, corroída por el clima descompensado y la indignación de saberse ignorado, un paisaje desalentador se mostraba justo al otro lado dela calle.

Nathaniel estaba dispuesto a encontrarse una actitud renuente del excéntrico ser que habitaba la casa, quien hacía algún tiempo no respondía las llamadas, no aceptaba invitaciones, ni recibía a las visitas que poco a poco fueron alejándose de su entrada. Su prometida no daba razón de él, tampoco se sabía mucho de ella, no más que había acudido en llamado de su familia para atender deberes de la nobleza, pero que nunca había vuelto a casa.

Se habían propagado rumores sobre ruidos de movimientos erráticos que parecían provenir del patio trasero, anunciando la presencia de rituales paganos que tenían lugar en la penumbra, apropiados a la delgada figura de un hombre que se esfumaba con los primeros rayos de luz. Eran estos sonidos y la cantidad de acontecimientos incongruentes que conturbaban su paciencia, que le hacían pensar que quizás aquel hombre lo hacía a propósito. Sin duda, su hermano sabría ya de su estadía y seguramente se había dedicado a idear unas series de bromas y jugarretas para verle ofuscado u asustado. Quizás se trataba de una invitación implícita a que le siguiera, a que entrara y lo confrontara. Que le diera alguna especie de explicación y que, se declarara como culpable de la creciente enfermedad de su madre, que con tanta devoción le había suplicado —no sugerido, suplicado— que encontrara a su hijo. Y a su vez, le arrebatara una excusa lo suficiente buena para su tan deplorable actuar.




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