El hombre encendió el cigarrillo con el mechero de ella — ese mechero plateado que le había regalado el día que se mudaron juntos, hace ya cuatro años — y observó la llama un momento antes de apagarla.
Ella ya tenía el suyo encendido. Estaba apoyada contra la cabecera, las sábanas revueltas alrededor de su cintura, el pelo oscuro cayéndole sobre el hombro izquierdo. Miraba el techo con esa expresión que él conocía bien: no estaba pensando en nada en particular. Simplemente existía. Era una de las cosas que más le gustaban de ella, aunque nunca se lo había dicho.
Fumaron en silencio. El humo de ambos se encontraba a medio camino entre los dos, se mezclaba, se deshacía. Afuera la ciudad murmuraba su ruido de siempre — coches lejanos, algún portazo, el eco sordo de una música que venía de no se sabe dónde.
Apagaron los cigarrillos casi al mismo tiempo, como siempre.
Él se tumbó. Ella se acomodó sobre él, la cabeza en su pecho. Cerró los ojos.
Y entonces frunció el ceño.
— ¿Qué tienes esta noche?
— ¿Qué?
— El corazón. Late muy fuerte.
Él sonrió en la oscuridad. — Es que te quiero mucho — dijo.
La mujer no sonrió.
— En serio — dijo ella —. Nótalo.
Él puso su propia mano sobre el pecho. Latía con normalidad, le pareció.
Quizá un poco acelerado, pero acababan de hacer el amor.
— Estoy bien — dijo.
Ella volvió a apoyar la cabeza. Cerró los ojos.
Pasaron quizá cinco minutos. Él estaba empezando a quedarse dormido cuando ella se incorporó de golpe y encendió la lamparita. Le miró como quien intenta entender algo complicado.
— No es normal.
Él abrió los ojos. Ella lo miraba con una expresión que no era exactamente miedo — todavía no — sino algo anterior al miedo. Esa fracción de segundo en que el cerebro recibe la información y aún no ha decidido cómo reaccionar.
— Esto no es normal — repitió ella.
Y entonces él también lo sintió.
No era un latido. Era un golpe. Seco, profundo, como si alguien llamara a una puerta desde dentro. Y luego otro. Y otro. Cada uno un poco más fuerte que el anterior, cada uno con un poco más de intención.
— Oye — dijo, sentándose —. Espera.
Pero no había nada que esperar. Los golpes seguían. Rítmicos al principio, casi musicales, y luego cada vez más irregulares, más urgentes.
Él se llevó las manos al pecho y presionó. Notó la vibración contra sus palmas. Notó algo que se movía debajo.
— Llama a urgencias — dijo.
Ella ya tenía el teléfono en la mano. Pero se quedó paralizada porque él acababa de soltar un sonido irreal — no era un grito, era algo más primitivo — y había caído de rodillas al suelo.
Los golpes desde dentro de su pecho eran mucho más audibles ahora. Secos y graves, como una pelota golpeando una pared de madera una y otra vez.
Ella retrocedió hasta que su espalda topó con la pared. Tenía el teléfono en la mano, pero había olvidado para qué lo necesitaba.
Él gritó.
Un grito largo, desgarrado, que empezó en algún lugar muy hondo y fue subiendo. Y entre el grito y el silencio que vino después, ella escuchó un sonido que no olvidaría nunca: el crujido húmedo y definitivo de algo que cede.
Él se aferró al alféizar de la ventana. Sus brazos simplemente fueron hacia allí, como atraídos. Apoyó la frente en el cristal frío. Lloraba. Sus pulmones ya no funcionaban bien.
— Cariño — dijo, o intentó decir.
Y entonces su pecho estalló.
No hay otra forma de describirlo. Estalló hacia afuera, el cristal de la ventana se hizo añicos, y algo salió disparado hacia la noche — algo rojo y palpitante y furioso, arrastrando tras de sí una maraña de venas y arterias, todo aquello que lo había mantenido en su sitio durante treinta y ocho años.
Por un momento ella lo vio flotando sobre las luces de la ciudad.
Libre.
Él yacía en el suelo. Sus ojos miraban el techo con una expresión que ella no sabía interpretar. No era dolor. Era algo parecido a la sorpresa, pero más tranquilo.
El charco era oscuro y enorme y crecía despacio.
Ella se quedó detrás de la cama, sentada en el suelo, las rodillas contra el pecho. Lloraba sin hacer ruido. Las lágrimas le caían por la cara y no hacía nada por limpiarlas.
Pasó tiempo. Quizá cinco minutos.
Poco a poco el llanto fue amainando. Su respiración se fue haciendo más lenta. Más regular.
De pronto se llevó las manos al pecho.
Y empezó a sentir un golpe.
Seco. Profundo.
Como si alguien llamara a una puerta desde dentro.