Sin Almas 2 © Los Gaía

La Llama

LA LLAMA

—Te descuidaste, François —le regaño la Llama.

—Lo sé —contestó François molesto—, le devolví las esperanzas.

—No me refería al amor, François, sino a su vida. Casi se mata.

—No volverá a pasar —respondió François los dedos crispados encerrados en puños de hierro.

—No, en efecto, tendrás que seducirla, atraerla hacia ti.

—La seduciremos —rectificó François—, Nina será de los nuestros, la convertiremos en nuestra más fiel aliada, será la reina de los Gaía. Su poder será ilimitado, buscaré cómo llegar hacia ella. Su debilidad será nuestra fortaleza, su poder nuestra arma, y su amor se convertirá en odio.  Cuando terminemos no habrá enemigo más despiadado que Nina.

—¿Cómo piensas hacerlo? —Inquirió la Llama. François esbozó una leve sonrisa, cerrando los ojos buscó a Vicente: allí estaba en la cafetería del palacio tomándose un café. Cuando abrió los ojos el café de Vicente estaba en llamas. Vicente no tardará en llegar. Satisfecho, se sentó en el sillón del Patriarca, su sillón. Él era el Patriarca ahora. Y riéndose solo gozó esa nueva sensación embriagadora de libertad y poder. De pronto paro de reír, se levantó y caminando por su despacho realizó con horror y desagrado que tenía que cambiar la decoración.

Justo cuando quitaba el retrato del viejo decrepitado y exjefe, Vicente llegó a la puerta.

—Entra —ordenó François antes que Vicente tuviese chance de tocar.

—¿Me llamó? —preguntó Vicente confiado y perplejo.

—Sí, tengo un trabajito que darte, acércate.

Vicente se aproximó hasta estar al frente de François, quieto, espero. François sacudió sus manos con fuerza y despacio las acerco sobre la cabeza de Vicente comprimiendo su cerebro hasta lograr conectarse con él, cada neurona, cada sinapsis, cada transmisión nerviosa hasta controlar por completo la mente de Vicente; y por fin, en un momento de total ausencia y vacío, François le transmitió el recuerdo de Nina con su amado llamado Adam.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Vicente.

—Lo antes posible, me urge —puntualizó François severamente.

—Lo tendrás para la tarde —contestó Vicente seguro.

—Me estás mal acostumbrando, Vicente —bromeó François.

—Complacer a mi jefe no es malacostumbrarlo, es mi deber —rectificó Vicente inclinándose ligeramente para saludar antes de salir.

“Los tenemos comiendo de las manos, pensó François y la Llama complacidos.”

 

Vicente buscaba en su memoria ese rostro, seguro de haberlo visto en algún lado, ¿pero a dónde? Siempre tenía las informaciones de sus enemigos, pero él no era un enemigo. Esa persona era poderosa. Algo le faltaba… ¿pero qué? Frustrado por la prisa, las imágenes de François fluyeron en su mente a una velocidad imparable. Temblando, Vicente encendió su Tablet, inquieto e impacientemente golpeando con sus dedos la pantalla.

Interminables segundos después ya conectaba con su correo, sin concentrarse leyó sus mensajes pensando siempre en esa imagen cuando ésta se materializó justo frente a sus ojos. Inaudito. Sin creer en su suerte agrandó la imagen, sí era él; el título de la imagen decía: “Adam De Ridefort, Gran Maestre de los Templarios”. Impactado se sentó sobre la silla: un Inmortal. Esa Nina estaba relacionada con los Templarios, ¿hasta qué punto? Miró con cautela la imagen de Adam, eso no podía ser bueno. Esta vez, François se metió en aguas muy profundas, inclusive para él.

Decidido, caminó de vuelta para la oficina de François, divertido por verle la cara cuando supiera en tan poco tiempo la respuesta a su pregunta y preocupado por las consecuencias de esa nueva confrontación directa.

—¿Qué pasa? —preguntó François apenas Vicente pisó el umbral de la puerta.

—Ya sé quién es —dijo simplemente Vicente.
François lo miró intrigado, asombrado y ansioso, por fin conocería la identidad de la persona que Nina amaba con tanta devoción.

—Se llama Adam de Ridefort es el nuevo Gran Maestre de los Templarios —anunció Vicente solemne.

François casi se estranguló con su  propia saliva, sin creer todavía en lo que escuchaba. Del impacto, se sentó mientras su mente afilada analizó todas sus nuevas e infinitas opciones, todas sin excepción, terminaban igual: guerra.

—Gracias, Vicente —dijo François señalándole la puerta—. Adam De Ridefort—anunció François en voz alta midiendo el efecto de pronunciar el nombre de su adversario — ¡Un maldito Templario!

Inquieto, François se levantó de su silla en un movimiento brusco, su respiración apenas controlada, intentó controlar sus emociones, por la rabia del enemigo. La rabia de saber que Nina amaba con tanta pasión a un ser tan despreciable lo volvía loco, y con un gesto de la mano tiró todos los objetos preciados de su escritorio. —Nunca dejaré que Nina vuelta a ti, ¡ella es mía! Destruiré tu orden de la misma manera que los tuyos han contaminado la nuestra. Ojo por ojo, sangre por sangre, y alma por alma. Caerás, Adam de Ridefort.




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