Sin Almas 2 © Los Gaía

32. LA VERDAD

Encima de su caballo, acabada y sin fuerzas pensé que nunca más volvería a abrir los ojos, sin energía, apenas para respirar dejé mi mente a un lado. Solo quería dormir, mis ojos se cerraron y aliviada los dejé. Afuera, en el cielo, un pájaro cantaba alrededor mío, escuché el aire pasar entre las delicadas plumas de sus alas hasta sentir sus pequeñas patas en mi espalda. El pájaro subió por mi columna, sentí sus pequeñas garras rasgar la superficie de piel helada, a cada paso me llamaba con un sonido estridente, alarmante, despertándome. Con su pico me jaló mi oreja y me cantó, en ese momento, me pareció el sonido más bello que había escuchado, tan hermoso que de la emoción mi pecho se subió, mi nariz me picoteó, mis pulmones se hincharon y el aire entró por mi boca ahora abierta. La imperiosa necesidad de acariciarlo me cosquilló la punta de mis dedos alentada por el nuevo estridente sonido de mi pequeño salvador. Con mi congelada mano, de un peso casi insostenible, dejé caer mis dedos sobre las delicadas plumas del pájaro. Y apenas la yema de mis dedos rozó los sutiles pliegues de sus alas que una fuerza cariñosa, fuerte, vivaz y energizante se propagó por todo mi cuerpo brindándome aquella fuerza que necesitaba para respirar, vivir y luchar.

 Con lentitud, bajé de mi caballo, para observar a mi pequeño salvador volar libre. Con una sonrisa, lo miré hasta perderlo de la vista, lo seguí hasta que la oscuridad de la noche nos separó.  De vuelta a la realidad, con mi caballo lo abracé con fuerza.

—Gracias, mi amigo. Ya te puedes ir —dije dándole una palma en su flanco.

Mientras mi caballo trotó quién sabía dónde,  la cólera  volvió a sumergirme y sin pensarlo dos veces me dirigí en el comedor donde sabía que todos estarían.

Sin pensarlo, caminé con prisa hacia el castillo, sin siquiera realizar que estaba totalmente mojada, descalza y llena de tierra.

La puerta del comedor se abrió, todos comían con tranquilidad, una sopa bien caliente mientras yo luché por mi vida. Y para su mayor decepción Julien también.

—¡¿Cómo te atreves?! —grité por la sala, mirando a Julien directamente a los ojos, acortando el espacio entre ellos—. ¡Me dejaste, sola! Ni siquiera me advertiste, ¡por qué!

Todos pararon de comer, escuchando, mirando, susurrando. Julien alzó los hombros y siguió comiendo como si nada.

—¡¿Me estás escuchando?!

Esta vez, los demás se miraban entre ellos, presintiendo que nada bueno iba a salir de ese encuentro. Julien podía ser el jefe de la Guardia Real, pero Nina era después de todo la hija de la Gran Diana.

—Toma asiento y come en lugar de hacer tanto drama, no eres la primera y no serás la última. Así que ahorra tu energía y come  —me aconsejó, sin siquiera mirarme de vuelta.

Las venas en mis sienes comenzaron a palpitar, pulseando mi fría sangre con fuerza crispando ambos puños a los lados. Y sin pensarlo miré su taza de sopa caliente y se la tiré en la cara bajo el grito de dolor de Julien.

—¡Has perdido la razón! —gritó mientras tomaba su propia camisa para secarse el rostro y amortiguar el dolor de la quemadura.

—Es solo un poco de sopa caliente, mientras que tú me dejaste allí —dije señalando con el dedo hacia afuera— en la piscina ahogándome. Eres un desgraciado y no confiaré en ti nunca más escuchaste, te quiero lejos. Eres un bastardo hipócrita, sumiso, miedoso, y poco hombre  —solté antes de escupirle en su cara.

—¡Suficiente! —lanzó François al llegar en la sala del comedor—. Si Ustedes tienen algún problema arréglenlo afuera.

—No tengo ningún problema, François  —dijo Julien—, Nina es muy susceptible.

—Eso veo Julien, eso veo —dijo, estaba por lanzarme sobre él con toda mi furia cuando él solo con un chasquido con sus dedos me mandó por los aires para aterrizar en las afueras de mi habitación.

—Julien no tiene la culpa sabes  —me dijo rebeca alcanzándome en la habitación.

—¿Ahora me hablas?

—No, sigo despreciándote. Pronto entenderás que nadie se resiste a François, ni Julien, ni tu abuela y tampoco tu abuelo. Escúchame con cuidado, no lograras sobrevivir aquí, vete antes de que sea muy tarde.

—No tengo a dónde ir, ni cómo irme.

—Te ayudaré, si quieres.

—¿De veras?

—Sí.

—A cambio de qué  —pregunté cautelosa.

—De François.

—Pero me dijiste que…

—Es un retorcido, malévolo, desgraciado pero es mío Nina. Y tú eres una distracción para él. Él te hará daño, te destrozará y a mí me dejará a un lado para estar contigo. Las dos perderemos, te ofrezco ser tu aliada hasta que logremos tu huida. Pero mientras aléjate de François.

—Pero es él que viene hacia mí, si no sabes cómo controlarlo estamos las dos perdidas. Tú lo conoces mejor. Tú deberías de retenerlo contigo para que me deje en paz  —solté antes de subir las escaleras tiritando de frío; necesitaba una ducha bien caliente.




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