Esa noche se ofrendaron tres azules a la vez, cosa que jamás había visto en los dos años que llevaba allí. La pequeña Sara, su abuelo Daniel y un chico que no conocía mucho al que todos llamaban Pinto. El chico había cometido una falta grave y estaba condenado desde hacía unas semanas. Pero Daniel solo había tenido la mala suerte de estar en el estadio tres de la enfermedad y tener más de setenta años. La pobre Sara no había cometido ninguna falta ni estaba en un estadio avanzado de la enfermedad, solo era un cabo que se quedaba suelto sin su abuelo y una boca más que alimentar.
Mi padre y yo estábamos en el portón de entrada como cabezas de guardia, como cada noche de ofrenda, junto a seis azules más. La noche era fría y el vaho que exhalábamos empañaba la horrible visión a la que teníamos que enfrentarnos. Los potentes focos que iluminaban la entrada marcaban un área concreta de muerte. Los vacíos se acercaban, lenta pero inexorablemente. Al principio no eran muchos, pero los tambores percutidos desde arriba del muro hacían de reclamo para que fueran acudiendo más.
En el palco estaba la que se hacía llamar Turquesa, por tener la mancha más clara. Esa particularidad la hacía más inteligente y, por ende, la líder de la comunidad. Turquesa oraba y movía los brazos en diferentes posiciones, invocando la buena suerte y el buen augurio. El resto de los azules, todos atentos en la grada del muro, murmuraba un cántico creando una atmósfera retorcida que bailaba según el tono.
Daniel, Sara y Pinto lloraban y suplicaban, atados de pies y manos entre ellos.
Mi padre aguantaba el tipo con la mirada al frente. Aunque ya lo habíamos vivido decenas de veces, seguía siendo insoportable volver a estar ahí. Cada vez más, porque conforme pasaban los meses conocíamos más a las personas que conformaban la comunidad.
Los vacíos ya estaban casi encima de ellos cuando Sara empezó a retorcerse entre las cuerdas. Gritaba e intentaba bracear para escapar de allí. Su abuelo la consolaba, pero su susurro acabó en grito cuando el primer vacío se abalanzó sobre él, mordiéndole en el hombro.
Cerré los ojos un segundo para evitar ver la escena completa, pensando que así no se repetiría en mis sueños cada noche y, al volverlos a abrir, vi que Sara salía del cerco de cuerdas y echaba a correr.
—¡No! —escuché berrear a Turquesa.
Los cánticos pararon, la Ofrenda no podía salir mal.
Mi padre reaccionó por puro instinto y salió tras la niña.
Yo, como cabeza de la guardia, no podía dejar mi puesto, y los demás guardias que nos acompañaban no sabían cómo actuar sin órdenes, como buenos azules.
—Tina y Juan, ¡corred y ayudad a mi padre! —les grité.
El caos entró en escena: una docena de vacíos dejaron su banquete para seguir a los que corrían y, a mitad calle, pude ver a mi padre volviendo con Sara en brazos. La niña se aferraba a él como cualquier criatura aterrorizada a la que salva su protector. Con el brazo que tenía libre, mi padre clavó la pica en el ojo del vacío que se acercó primero.
Pude ver cómo Sara despegaba la cara del hombro de mi padre y le cogía las mejillas con las dos manos diciéndole algo, deshecha en lágrimas. Mi padre arrugó su cara aguantando el llanto mientras se defendía de los que llegaban. Tina y Juan intentaban una y otra vez hacerse con el resto de vacíos, pero sus capacidades eran escasas.
Mi padre se paró en seco y me miró. ¿Cómo iba a devolver a la niña a la maraña de vacíos para que la matasen? ¿Cómo podía desobedecer a Turquesa, fastidiando todo el tinglado que tenían montado?
Y ahí, sin aviso, llegó la grieta más profunda de mi vida. Un vacío oportunista se abalanzó sobre mi padre y Sara, haciéndoles perder el equilibrio y sin dejar que pudieran reaccionar para salvar su vida.
—¡Papá! —Corrí hasta allí, ignorando el peligro y los gritos de Turquesa por dejar de defender el portón.
No pude hacer nada por ninguno de los dos. Esa noche no hubo una Ofrenda completa a pesar de haber cuatro sacrificios, a pesar de romperse mi vida en pedazos.
Turquesa gritaba desde el palco, con la cara desencajada, señalando el amasijo de cuerpo y vacíos con un dedo tembloroso. El sacrificio estaba incompleto, eso era lo único que importaba.
Cuando conseguimos, por fin, cerrar el portón y quedarnos dentro sanos y salvos, vino hacia mí. En dos zancadas la tenía delante, con las mangas de gasa flotando deprisa, y me agarró de la barbilla con fuerza, clavándome las uñas.
Esperaba el golpe, algo inaudito de ella hacia mí, pero la vi cambiar el rictus de furia por una mueca parecida a la ternura. Aflojó los dedos en mi cara y me acarició allá donde me había clavado las uñas.
—Pobre chica, sola en el mundo, sin madre y, ahora, sin padre —dijo con dulzura—. Menos mal que tienes a esta familia que te quiere y te protege.
Sonrió, se dio la vuelta y se marchó hacia el edificio comunal, como si no hubiera ocurrido nada, como si no acabara de perder a una de sus cabezas de guardia.
Me quedé paralizada en el sitio mientras los azules que habían visto la escena me miraban con caras de compasión, me acariciaban o me abrazaban. Pero yo sabía que no sentían nada de lo que me estaba destrozando, solo imitaban a su líder.