El sonido de la lluvia golpeaba las ventanas del despacho como si quisiera entrar. Ziel Torrelli estaba sentado frente a su padre, con las piernas cruzadas y el ceño ligeramente fruncido. Había pasado toda la mañana pensando en qué excusa usar para escaparse esa noche con sus amigos, pero la expresión seria de su padre le borró cualquier idea.
—Hijo… —comenzó su padre, con esa voz grave que solo usaba cuando algo era realmente importante—. Necesito hablar contigo sobre tu futuro.
Ziel arqueó una ceja. —¿Qué hice ahora?
Su madre, de pie junto a la puerta, tenía los dedos entrelazados y una mirada que mezclaba orgullo y preocupación. Eso fue lo primero que lo alertó. Su madre nunca estaba nerviosa.
—Ziel —repitió su padre—. Hay un contrato. Un acuerdo antiguo. Tu abuelo lo firmó hace años… y ahora debemos cumplirlo.
Ziel soltó una risa suave, incrédula. —¿Contrato? ¿Qué clase de broma es esa?
Su padre no sonrió. No era una broma.
—Es un matrimonio —dijo finalmente—. Con la familia Volkov.
La sonrisa de Ziel se apagó como una vela bajo el agua. Parpadeó. Una vez. Dos veces. Luego soltó una carcajada más fuerte, casi teatral.
—Papá, por favor… —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Y en ruso, con un tono que mezclaba burla y rabia contenida, añadió: —Ты правда подвергаешь меня этому аду? (¿De verdad me estás sometiendo a este infierno?)
Su padre cerró los ojos un segundo, como si esa frase le hubiera atravesado el pecho.
—Ziel… no es algo que pueda deshacerse. Tu abuelo lo firmó. Y el abuelo de Vladimir también. Es un pacto entre familias. Un pacto que mantiene la paz.
Ziel se levantó de golpe. —Yo no quiero casarme. No quiero pertenecer a nadie. No quiero que mi vida esté escrita por dos viejos que ya ni están vivos.
Su madre se acercó y le tomó la mano con suavidad. —Mi amor… no queremos hacerte daño. Queremos protegerte.
—¿Protegerme? —Ziel se apartó, sin brusquedad, pero con firmeza—. Esto no es protección. Es una jaula.
El silencio se volvió pesado. Su padre no lo miraba como un enemigo, sino como un hijo al que estaba traicionando sin querer.
—Lo siento —murmuró—. Pero debes ir a la mansión Volkov. Hoy.
Ziel sintió que el mundo se le cerraba, pero no lloró. Nunca lloraba. Solo apretó los dientes y respiró hondo.
—Está bien —dijo finalmente—. Si quieren que cumpla este contrato, lo haré. Pero no prometo obedecerlo.
Mansion Volkov
La mansión era un monstruo de piedra negra y luces doradas. Ziel caminó detrás de su padre, con la cabeza en alto, como si no estuviera entrando en la boca de un lobo.
En el salón principal, un hombre mayor esperaba sentado. El padre de Vladimir. Retirado, pero aún con la mirada de alguien que había gobernado imperios.
—Vladimir —llamó el anciano.
El delta apareció desde el pasillo. Cabello blanco. Ojos azules como hielo recién roto. Postura impecable. Frío. Distante. Hermoso de una forma peligrosa.
Ziel lo miró sin bajar la vista. Vladimir hizo lo mismo.
El padre del delta extendió un documento sobre la mesa.
—Firma —ordenó.
Vladimir no se movió.
—No quiero casarme —dijo con voz baja, firme.
—No es una opción —respondió su padre—. Tu abuelo lo prometió. Y tú cumplirás su palabra.
Ziel observó la escena con una mezcla de rabia y curiosidad. Era extraño ver a alguien tan poderoso siendo obligado igual que él.
—No voy a firmar —insistió Vladimir.
El silencio se volvió tenso. El padre del delta apoyó una mano sobre el documento.
—Si no firmas, destruyes la alianza. Y si destruyes la alianza, destruyes todo lo que construimos. No te estoy pidiendo que lo ames. Solo que cumplas tu deber.
Vladimir apretó la mandíbula. Miró a Ziel. Ziel lo miró de vuelta, desafiante, sin miedo.
Finalmente, el delta tomó la pluma. Firmó.