Sin celos no hay paraiso

CAPITULO 2

La mañana del día siguiente comenzó con un silencio incómodo en la casa Torrelli. Ziel no quería levantarse, no quería vestirse, no quería escuchar a nadie. Pero su madre entró a su habitación con esa suavidad que siempre lo hacía suspirar, aunque estuviera furioso.

—Mi amor… solo necesitamos que estés listo —dijo ella, acomodándole un mechón del cabello blanco—. No tienes que aceptar nada. Solo… estar.

Ziel apartó la mirada. Sus ojos azules, fríos y brillantes, reflejaban una mezcla de rabia y resignación. No era culpa de sus padres. Era culpa de un contrato viejo, absurdo, que lo estaba robando de su propia vida.

Lo vistieron con un traje blanco impecable. Demasiado perfecto para alguien que quería escapar. Su padre lo observaba con orgullo y tristeza al mismo tiempo.

—Estás hermoso —murmuró su madre.

Ziel no respondió. No quería estar hermoso. Quería estar libre.

La iglesia era enorme, bañada en luz dorada, con flores blancas y espinas negras decorando los pasillos. Ziel entró con paso firme, aunque por dentro ardía.

Pero apenas cruzó la puerta, algo lo detuvo.

Una muchacha vestida de blanco estaba parada cerca del altar, sosteniendo un ramo. Sonreía como si fuera la protagonista de la ceremonia.

Ziel sintió cómo la sangre le hervía.

—¿Qué… es esto? —preguntó, con la voz baja pero afilada.

La muchacha se acercó con una sonrisa dulce. —Soy parte del protocolo. Debo entregarte esto —extendió el ramo hacia él.

Ziel la miró como si le hubiera ofrecido una cadena.

—Quítalo —ordenó.

Ella negó con la cabeza. —Es tradición.

Ziel respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.

Luego, sin pensarlo, sacó el arma de la funda oculta en su traje. La iglesia entera se congeló. El silencio cayó como un golpe.

—Te dije que lo quitaras —su voz era tranquila, pero sus ojos azules ardían.

La muchacha retrocedió, temblando. —No puedo… es parte del ritual…

Ziel bajó el arma. No disparó. No la tocó. Solo tomó una copa de vino de la mesa cercana, la levantó… y se la arrojó encima.

El vino rojo manchó el vestido blanco como sangre fresca.

La gente quedó muda. Nadie respiró. Nadie se movió.

Ziel guardó el arma con calma. —Ahora sí puedes quitarlo —dijo, con una sonrisa fría.

Desde el fondo del salón, Vladimir Volkov observaba todo.

Cabello blanco. Ojos amarillos, intensos, brillantes, casi felinos. Traje negro impecable. Postura de delta que no teme a nada.

Pero había algo distinto en su mirada esta vez.

No era enojo. No era molestia. No era sorpresa.

Era curiosidad. Una chispa peligrosa. Como si acabara de ver algo que no sabía que necesitaba.

Ziel levantó la cabeza y lo vio. Sus ojos azules chocaron con los ojos amarillos de Vladimir. Luz contra fuego. Libertad contra control.

Vladimir inclinó apenas la cabeza, como si estuviera aprobando el caos.

Ziel sintió un escalofrío. No de miedo. De reconocimiento.

Ese hombre no quería un omega dócil. No quería un matrimonio perfecto. No quería flores blancas ni protocolos.

Quería algo nuevo. Algo que no pudiera controlar. Algo que lo desafiara.

Y Ziel acababa de demostrar que era exactamente eso.




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