Sin celos no hay paraiso

CAPITULO 4

La habitación estaba en silencio. Un silencio pesado, lleno de cosas no dichas, lleno de tensión contenida. Ziel estaba acostado en la cama, mirando el techo, con los ojos azules brillando en la oscuridad. Vladimir estaba a su lado, acostado también, pero rígido, como si incluso dormir fuera un acto disciplinado.

Ziel esperaba. Contaba los segundos. Escuchaba la respiración del delta. Lenta. Profunda. Controlada.

Hasta que, finalmente, escuchó lo que necesitaba: el ritmo cambió. Se volvió más pesado. Más profundo. Más relajado.

Vladimir Volkov estaba dormido.

Ziel sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa, de esas que anuncian caos.

Se levantó con cuidado, sin hacer ruido. Tomó su celular, su chaqueta, su arma con silenciador y abrió la puerta con la suavidad de alguien que ha escapado muchas veces.

Caminó por el pasillo de la mansión Volkov como si fuera suya. Bajó las escaleras. Salió por la puerta lateral. El aire nocturno le golpeó el rostro.

—Perfecto —susurró.

Marcó a su amiga.

—Lo logré —dijo, triunfante—. Se durmió. Nos vamos de fiesta.

—¡Sabía que lo harías! —gritó ella—. Te esperamos en la entrada del burdel.

Ziel colgó y se metió en el auto que había pedido por mensaje. No miró atrás. No pensó en Vladimir. No pensó en la boda. No pensó en nada.

Solo quería vivir.

El burdel no era un burdel común. Era una mezcla de discoteca, club privado y templo del deseo. Luces rojas, música fuerte, cuerpos moviéndose, risas, copas, humo, perfume caro.

Ziel entró como si fuera el dueño del lugar. Sus amigos lo recibieron con gritos.

—¡Ziel! —¡El recién casado! —¡El omega más libre del continente!

Ziel levantó una copa. —A mi libertad temporal —dijo, y bebió.

Bebió demasiado. Rió demasiado. Bailó demasiado. Sus ojos azules brillaban como si estuvieran hechos de electricidad.

Un hombre se acercó demasiado. Le tocó la cintura. Ziel lo miró con una calma peligrosa.

—No me toques —advirtió.

El hombre sonrió, borracho. —Vamos, solo quiero divertirme…

Ziel sacó el arma. Silenciador. Un movimiento rápido. Un disparo seco. El hombre cayó al suelo, inconsciente, sin sangre visible.

Ziel no se inmutó. Guardó el arma. Siguió bailando.

La música no se detuvo. La gente tampoco. Era ese tipo de lugar.

A kilómetros de ahí, Vladimir abrió los ojos de golpe.

Sintió algo. Un vacío. Un peligro. Un instinto.

Miró a su lado. La cama estaba vacía.

—Ziel… —murmuró, con los ojos amarillos encendiéndose.

Se levantó de inmediato. Revisó el teléfono de Ziel. GPS activo.

—Sabía que harías esto —gruñó.

Se vistió rápido. Traje negro. Arma. Llaves. Rabia.

—Maldito seas, Ziel —murmuró mientras salía de la mansión—. No vas a escaparte de mí.

Cuando Vladimir entró al burdel, el ambiente cambió. Los guardias se tensaron. La música pareció bajar. Las luces rojas se volvieron más oscuras.

Él caminó entre la gente como un depredador buscando a su presa.

Y lo encontró.

Ziel estaba en el centro de la pista, borracho, riendo, bailando, con los ojos azules brillando como si el mundo fuera suyo.

Vladimir lo vio. Sintió algo que no quería sentir. Celos. Rabia. Deseo. Protección. Todo mezclado.

Un hombre volvió a acercarse a Ziel. Vladimir no lo pensó. Lo apartó de un empujón que casi lo derribó.

Ziel lo miró, borracho, confundido.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz arrastrada.

Vladimir no respondió. Lo cargó sobre su hombro como si fuera un saco de harina.

—¡Oye! ¡Bájame! —gritó Ziel, golpeándolo con la mano.

—Cállate —gruñó Vladimir—. Nos vamos.

—¡No quiero irme! —No me importa.

La gente miraba. Los amigos de Ziel se quedaron congelados. El hombre que Ziel había disparado seguía inconsciente.

Vladimir salió del burdel con Ziel sobre el hombro, celoso, furioso, respirando rápido.

Lo metió al auto. Ziel seguía peleando. Vladimir también.

El auto avanzaba por la carretera nocturna, las luces de la ciudad pasando como destellos rápidos. Dentro, el ambiente era una bomba a punto de explotar.

Ziel estaba recostado contra la ventana, borracho, despeinado, con los ojos azules brillando de furia. Vladimir manejaba con una mano, la otra apretando el volante como si quisiera romperlo. Sus ojos amarillos ardían.

El silencio duró exactamente diez segundos.

—Eres un idiota —soltó Vladimir, sin mirarlo.

Ziel giró la cabeza, lento, con una sonrisa torcida. —Y tú eres un controlador de mierda.

Vladimir apretó más el volante. —¿Crees que escaparte en tu primera noche de casado es inteligente?

—¿Crees que casarme contigo es inteligente? —disparó Ziel, con la voz arrastrada por el alcohol.

Vladimir soltó una risa seca. —Eres insoportable.

—Y tú eres un delta con complejo de dios —Ziel levantó la mano y le dio un golpe suave en el hombro—. ¿Quién te crees que eres? ¿Mi dueño?

—Tu esposo —respondió Vladimir, sin dudar.

Ziel bufó. —No me hagas reír. Me casaron contigo, no te elegí.

—Y aun así te encontré en un burdel, borracho, rodeado de gente que no sabe quién eres.

Ziel lo miró con los ojos entrecerrados. —¿Celoso?

Vladimir no respondió. Pero su mandíbula se tensó.

—No vuelvas a escaparte —ordenó.

Ziel soltó una carcajada. —¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme? ¿Atarme? ¿Ponerme un collar?

—Si es necesario —respondió Vladimir, con una calma peligrosa.

Ziel lo insultó sin pensarlo. —Eres un enfermo.

—Y tú eres un desastre —replicó Vladimir.

—Un desastre libre —Ziel levantó la voz—. ¡Libre! ¿Escuchaste? ¡No voy a dejar que me controles!

Vladimir golpeó el volante. —¡Cállate! Estabas a punto de meterte en problemas. ¿Sabes lo que habría pasado si no llego?

Ziel lo miró con una sonrisa venenosa. —Lo resolví yo solo.




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