Ziel despertó lentamente, como si su cuerpo estuviera flotando entre dos mundos. La luz de la mañana entraba por la ventana de la mansión Volkov, cálida y suave, iluminando la habitación con tonos dorados.
Lo primero que sintió fue una mano en su cintura.
Una mano grande. Firme. Caliente.
Ziel abrió los ojos de golpe, sorprendido. Sus ojos azules se encontraron con la escena frente a él: Vladimir Volkov, dormido, respirando tranquilo, con el rostro relajado… casi indefenso.
Era extraño verlo así. Sin su postura rígida. Sin su mirada amarilla afilada. Sin su aura de delta impenetrable.
Por un momento, Ziel se quedó quieto, observándolo. Era la primera vez que veía a Vladimir sin sus murallas. Sin su control. Sin su máscara.
Y eso lo confundió.
Mucho.
Ziel movió un poco la cintura, intentando apartarse, pero la mano de Vladimir se ajustó inconscientemente, como si su cuerpo reaccionara sin permiso.
—¿Qué…? —murmuró Ziel, apenas audible.
Pero antes de que pudiera procesarlo, Vladimir abrió los ojos.
Los ojos amarillos se encendieron de inmediato. La calma desapareció. La vulnerabilidad se evaporó. Las murallas volvieron a levantarse como un castillo entero reconstruyéndose en un segundo.
Vladimir retiró la mano de golpe. Se incorporó. No dijo nada.
Ziel lo observó, confundido, molesto, herido sin querer admitirlo.
Vladimir se levantó de la cama sin mirarlo. Se vistió con movimientos rápidos, precisos, casi militares. Camisa negra. Corbata. Traje impecable.
Cada gesto era una muralla más.
Ziel frunció el ceño. —¿No vas a decir nada?
Vladimir se detuvo un segundo. Solo uno.
—Tengo trabajo —respondió, con la voz fría.
Ziel sintió un pinchazo en el pecho. No sabía por qué. No quería saber por qué.
Vladimir salió de la habitación sin mirar atrás.
La puerta se cerró.
Y Ziel quedó solo.
La mansión Volkov estaba silenciosa cuando Vladimir bajó las escaleras. Su expresión era dura, impenetrable. Pero por dentro, algo lo estaba carcomiendo. Algo que no quería nombrar. Algo que no quería sentir.
Llegó al garaje, subió a su auto y condujo hacia la sede principal del clan Volkov.
El edificio era enorme, oscuro, elegante. Un imperio construido sobre poder, dinero y miedo.
Vladimir entró sin saludar a nadie. Subió a su oficina. Cerró la puerta.
Y se dejó caer en su silla.
Respiró hondo. Dos veces. Tres.
Tomó un montón de papeles. Los revisó con rapidez. Pero su mente estaba en otro lugar.
En la cama. En la mano sobre la cintura de Ziel. En la calma que sintió por un segundo. En el caos que sintió después.
Golpeó el escritorio.
—Maldita sea…
—¿Todo bien, señor Volkov? —preguntó una voz femenina desde la puerta.
Vladimir levantó la mirada.
Era ella.
Su secretaria. Su amante ocasional. Una gárgola de ojos grises y piel pálida, con una belleza afilada y peligrosa. Leal al clan. Leal a él. Leal a su apellido.
—Entra —ordenó Vladimir.
Ella cerró la puerta y caminó hacia él con pasos elegantes.
—Te ves tenso —dijo, inclinándose un poco—. ¿Es por el matrimonio?
Vladimir no respondió.
Ella sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de dulce.
—Sabes que yo habría sido una mejor opción —susurró—. Yo sí soy capaz de portar el apellido Volkov. Pausa. —Esa omega… te está carcomiendo la mente.
Vladimir apretó la mandíbula.
—No hables de él —advirtió.
Ella se acercó más. Demasiado.
—¿Por qué no te casaste conmigo? —preguntó, con voz suave pero venenosa—. Yo habría sido perfecta. Pausa. —No como él.
Vladimir la miró con los ojos amarillos encendidos.
Ella tocó su mejilla. —Podrías haber tenido todo conmigo.
Vladimir no la apartó. Pero tampoco la buscó.
Ella se inclinó y lo besó. Un beso corto. Frío. Vacío.
Nada más.
Vladimir no respondió al beso. No lo profundizó. No lo devolvió.
Ella se alejó, molesta.
—Ese omega te va a destruir —dijo, con un tono que mezclaba celos y advertencia.