Lo que Max nota sin saber que lo nota
Llevaban veintitrés días trabajando en el producto.
Max lo sabía porque Isabella llevaba la cuenta — en una esquina discreta de la carpeta compartida había una celda que actualizaba cada mañana con el número del día y el porcentaje de avance del concepto. Era innecesario. Era completamente Isabella.
Lo primero que Max hacía cada mañana, antes de abrir sus propios archivos, era mirar ese número.
No se había preguntado cuándo había empezado a hacer eso.
El martes por la mañana Isabella tenía reuniones fuera de la oficina — tres en distintos puntos de la ciudad, espaciadas con la precisión quirúrgica con la que Isabella espaciaba todo.
Max lo sabía porque estaba en el calendario compartido. Lo sabía también porque esa mañana en la cocina Isabella había llegado veinte minutos antes de lo habitual, con el cabello ya recogido y el teléfono en la mano, y había dejado dos tazas sobre la mesada sin decir nada.
Max las había encontrado cuando llegó.
Las dos tazas. Sin Isabella.
Había preparado el café igual.
La reunión de equipo era a las diez.
Sergio, dos ingenieros de desarrollo, Ana Lucía por videollamada desde las oficinas de Castillo Corp. El tema era la arquitectura del módulo de integración — el mismo nudo que Max e Isabella habían resuelto tres semanas atrás desde lados distintos y que ahora el equipo técnico estaba implementando con resultados que eran buenos pero no eran exactamente lo que Max tenía en la cabeza.
— El flujo de notificaciones — dijo uno de los ingenieros, compartiendo pantalla — . Funciona, pero hay un retraso de dos segundos entre el evento y la notificación al usuario.
— Dos segundos no es nada — dijo el otro ingeniero.
— Dos segundos es suficiente para que el usuario asuma que el sistema falló — dijo el primero.
Max miró la pantalla.
Y antes de que pudiera procesar conscientemente lo que estaba pensando, escuchó la voz de Isabella en su cabeza — no un recuerdo específico, sino el tono exacto que tendría si estuviera sentada a su derecha en este momento — diciendo: el problema no es el retraso. Es que el usuario no sabe que el sistema está procesando.
Max parpadeó.
Miró la pantalla de nuevo.
— El problema no es el retraso — dijo — . Es que el usuario no sabe que el sistema está procesando. Si añadimos un indicador visual durante esos dos segundos el usuario entiende que algo está ocurriendo y deja de asumir que falló.
Sergio lo miró.
— Eso cambia el diseño de la interfaz — dijo.
— Sí — dijo Max.
— ¿Lo consultamos con Isabella?
Max abrió la boca.
— Ya lo consultamos — dijo, antes de poder detenerse.
Sergio levantó una ceja.
— ¿Cuándo?
Max miró la pantalla.
No lo habían consultado. Era su propia conclusión, llegada por el camino de preguntarse qué diría Isabella antes de preguntarse qué pensaba él. Eran dos cosas distintas y hasta hace tres semanas no habría confundido una con la otra.
— Esta semana — dijo — . Seguimos.
Sergio anotó algo en su libreta con la expresión de quien ha notado algo pero ha decidido no comentarlo todavía.
Ana Lucía, en la pantalla de la videollamada, tenía exactamente la misma expresión.
Max siguió con la reunión.
Fue en el tercer punto de la agenda — un desacuerdo técnico menor sobre la base de datos — cuando ocurrió de nuevo.
Uno de los ingenieros propuso una solución. El otro señaló un problema con esa solución. El primero respondió. El segundo contrarrespondió.
Max los escuchaba con la mitad de su atención.
La otra mitad estaba construyendo, sin pedírselo, el argumento que Isabella usaría para resolver el desacuerdo en menos de dos minutos. No porque quisiera pensar en Isabella. Sino porque su cabeza lo hacía sola, con la naturalidad de un hábito que se instala antes de que nadie lo invite.
Está usando los datos del trimestre pasado — diría Isabella — . Necesita los del mes en curso para que el argumento sea válido.
Max miró al ingeniero que defendía su solución.
— ¿Esos datos son del trimestre pasado? — preguntó.
El ingeniero miró su pantalla.
— Sí — admitió.
— Usa los del mes en curso. El patrón cambia.
El ingeniero actualizó los datos. El patrón cambió. El desacuerdo se resolvió en noventa segundos.
Sergio lo miró de nuevo.
Esta vez no anotó nada.
Solo lo miró con esa expresión suya de cuando algo lo confirmaba sin necesitar confirmación.
La reunión terminó a las doce y cuarto.