LANCE MORRIS
¿Quién es Isaac? ¿Por qué está en ese recuerdo que ni siquiera es mío?
No entiendo nada.
Me levanto como puedo del suelo y escupo el resto de sangre de mi boca.
Me duele la cara.
Venus.
¿Estará bien? ¿Si vinieron por mí habrán ido por ella?
Me acerco a la rendija.
—¿Venus? ¿Estás ahí?
—Sí. ¿Quién habla?
¿Qué?
—Lance. —Contesto desconcertado.
—¿Lance...? —Está por seguir hablando, pero algo hizo que se callara.
—¡¿Venus?!
No oigo respuesta.
La puerta de acero se abre de golpe, dejando ver a una de las personas que nos secuestraron en este lugar.
Se acerca a mí lentamente hasta quedar enfrente mío.
—¿Qué le hicieron a Venus?
—Nada.
—¡¿Qué mierda le hicieron a Venus?! —Grito enojado porque no responda.
—¡Agh! —Se queja mientras se sienta en el suelo al lado mío.
—Venus, Venus, Venus, Venus. ¿No sabes decir otra cosa que no se trate de Venus?
¿De qué habla? ¿Cuándo le he hablado de Venus?
—¿Qué le hicieron, Venus? —Insisto en saber.
Me mira sin decir nada.
—Mírame, Lance. Estoy delante tuyo y aun así no logras verme.
Me agarra el rostro con una mano apretándome la cara.
No entiendo qué sucede.
Se levanta un poco la máscara, dejando ver sus labios.
Acerca su rostro a mi cuello. No me muevo, no quiero que me vuelvan a golpear.
—Si tan solo dejaras de pensar en ella. —Pasa sus labios por mi cuello sin apoyarlos del todo.
—No sé de qué hablas.
Saca su cabeza de mi cuello.
—De Venus, de la perra esa te hablo.
Aprieta cada vez más mi cara.
Una mueca de dolor se forma en mi rostro. Sí que tiene fuerza.
—Por favor, no nos hagan nada. —Suplico.
Me suelta brusco y se levanta del suelo.
—A vos jamás te haría daño, Lance. Pero si hablamos de Venus, pues... con ella no puedo prometerte nada.
Una sonrisa macabra se forma en sus labios.
Se baja la máscara, tapándose, y sale de la habitación.
Mierda.
Tengo que salir de acá. No me importa lo que esa carta dijera, tengo que asegurarme de que Venus esté bien.
No me puedo quedar de brazos cruzados mientras no sé qué le están haciendo a ella.
Un dolor se instala en mi cabeza y un recuerdo aparece en mi memoria.
—Basta, Isaac. —El pequeño del recuerdo anterior está al lado de un chico más grande, como de trece años.
El pequeño tira de la remera del mayor.
—¡Isaac, basta! —Un puchero se forma en el labio del menor al escuchar el grito.
—No tengo tiempo para jugar, Isaac. Buscá a Lance, él seguro quiera jugar con vos.
¿Qué? ¿Conozco a estas personas? Si es así, ¿por qué no recuerdo conocerlas? Además, esto ni siquiera es un recuerdo mío.
—Está bien. —Una sonrisa aparece en el rostro del pequeño y, dando saltitos, sale de lo que parece el comedor, dejando al mayor estudiando.
Otro recuerdo llega a mi mente.
La madre del tal Isaac aparece en mi memoria.
—Isaac, hijo, voy a sacarte de acá, pero necesito que vuelvas y ayudes a tu hermano. —Un Isaac de quince años la mira desconcertado, sentado en el suelo de una habitación parecida a la mía.
—¿Hermano? ¿Hijo? ¿De qué habla, señora? —Pregunta confundido.
—Este es Lance, tu hermano mayor. Está encerrado en una de estas habitaciones. Yo no podré ayudarlo a él, pero sí pude ayudar a tu otro hermano, Dalek, y podré ayudarte a ti. Pero necesito que ustedes dos lo ayuden a él.
¿Hermanos? Tengo hermanos y una madre.
—¿Por qué no lo vas a poder ayudar?
—Porque tal vez sea demasiado tarde.
Luego de eso, todo se vuelve oscuridad.