LANCE MORRIS
—Te dije que tu amiga gustaba de vos. —Habla Venus rodando los ojos.
—Perdón, pero ¿qué iba a saber yo que mi mejor amiga gustaba de mí y además estaba loca? —Me defiendo.
—Pues si me hubieras escuchado, nada de esto hubiera pasado.
—Okey, tenías razón. ¿Contenta?
—Lo hubiera estado si me hubieras escuchado en un principio, pero no. Claro, él tenía que creer que eran celos.
—¡Basta! —El grito de Abril nos hace callarnos.— Dejen de discutir como si no estuviera acá.
Hacemos silencio.
—No entiendo qué es lo que le ves a ella. —Se acerca a mí con un cuchillo en su mano.
Lo acerca a mi cara y lo pasa lentamente por mi rostro.
—Aléjate de él. —Habla Venus, lo que hace enojar a Abril, y le golpea la mejilla con fuerza.
—No la toques. —Trato de desatarme, pero no puedo.
Se vuelve a acercar a mí.
—Yo hago lo que quiero y si ahora mismo quiero matarla, voy y la mato.
—Por favor, no lo hagas. —Le suplico desesperado.
—Estoy harta de verlos. ¡Papá! —Lo llama y enseguida entra el sujeto aún con la máscara.
—¿Qué sucede, hija?
Nos mira a nosotros y luego a él.
—Llévalos a sus habitaciones.
El hombre se nos acerca y nos desata para agarrarnos a ambos y sacarnos de aquel cuarto.
(...)
Veo como tiran a Venus adentro de su habitación, me lleva a mí hasta mi cuarto y me tira dentro.
Atrás de él aparece de nuevo Abril.
—¿Por qué haces esto?
—Porque vos sos mío y no voy a dejar que esa zorra nos separe.
Está por irse, pero mi voz la detiene.
—¿Dónde están mis hermanos? ¿Qué hiciste con ellos?
Se voltea a verme.
—¿Tus hermanos...? —Finge pensarlo.— Están muertos.
Sin más sale de la habitación, dejándome solo.
¿Muertos? No, eso no puede ser verdad. ¿Los mató?
No, no. ¿Por qué?
Si están muertos, entonces ya no tengo motivos para salir de acá, ya no tengo con quién ir.
Ya no quiero, ni necesito salir de acá.
Ya no tengo razones para escapar.
(...)
—¡Isaac!... ¡Isaac! —Grito llamando a mi hermano de cinco años.
Lo busqué por toda la casa y no logro encontrarlo.
Estamos jugando a las escondidas y ahora me tocaba a mí buscarlo.
A mí nunca se me dio bien buscar, pero a Isaac se le daba muy bien encontrarme, siempre lo lograba.
Él siempre me decía, cada vez que me iba a la escuela, que no importara qué tan lejos me fuera, él siempre iba a encontrarme.
En ese momento me parecía muy tierno que dijera eso, pero ahora me pone triste recordar eso y saber que ahora él no podrá encontrarme.
Porque está muerto.
Perdóname, Isaac, todo esto es mi culpa.
—Bu. —El grito de Isaac detrás mío me hace girarme asustado.
—Te encontré. —Me río.
—Tenías que esconderte, no buscarme. —Le acaricio el cabello.
—Siempre te voy a encontrar, solo tenés que esperarme.
Me río de vuelta.
—Así no funciona el juego. —Lo agarro de la mano y lo llevo a merendar.
Te esperé, pero esta vez no creo que puedas encontrarme.