Vanessa
Había desaparecido por la puerta sin dejar rastro, pero en ese momento él era la última cosa en mi lista, los tacones, me estaban matando, el vestido me asfixiaba y el peinado me hacia palpitar la cabeza. Sumado a todo mi mejilla ardi como el infierno y estaba segura que me habia cortado por dentro, ya que el sabor metalico me lo demostraba.
Tantas cosas pasaban por mi cabeza, que no fue hasta que repare donde estaba, era un cuarto, no mejor dicho una habitación, era casi del tamaño de mi departamento, en medio de todo se encontraba una cama vestida de las mejores sabanas, una montaña de alhmoadas y un pie de cama color crema que combinada con la habitación, a unos escasos centimetros, se encontba un sillón de dos plazas, el cual miraba hacia las ventanas, las que perimtian que la luz natural entrara en la habitación. Al fondo se encontraban dos puertas y a lado de una un enorme y lujoso tocador.
Era claro que estaba maravillada, pero debia recordarme que no era más que una simple prisionera y asi como podia encontrarme en ese lujoso lugar, podia terminar en una celda con poca luz y llena de moho.
Los minutos pasaban y yo tenía miedo de moverme, de dar un paso en falso, como si cualquier movimiento pudiera terminar de romper algo dentro de mí. No fue hasta que mis piernas flaquearon que arrastré los pies hasta el tocador. Me dejé caer sobre el taburete y, por primera vez en toda la noche, levanté la vista hacia el espejo.
La pelinegra había hecho un gran trabajo. El vestido era perfecto, el maquillaje impecable, el peinado seguía intacto pese a todo. Cualquiera habría dicho que la chica del reflejo era hermosa.
Lástima que esa chica no era yo.
Me quedé observándola en silencio, esperando sentir aunque fuera un poco de familiaridad. Algo. Lo que fuera. Pero no había nada. Sus ojos estaban vacíos. Su sonrisa parecía dibujada a la fuerza. Era una desconocida usando mi rostro.
Sin apartar la mirada, llevé las manos hasta mi cabello y comencé a quitar uno por uno los pasadores que sostenían el peinado. Cada metal que caía sobre la madera sonaba como una pequeña rendición. Poco a poco, los rizos perfectamente acomodados se deshicieron sobre mis hombros y, por un instante, sentí que también algo dentro de mí se aflojaba.
Después vino el maquillaje.
Tomé un paño húmedo y lo pasé sobre mi piel lentamente. La base desapareció primero. Luego el labial. Después la máscara de pestañas, negra y espesa, mezclándose con las lágrimas que no había notado que ya estaban cayendo.
Y ahí estaban otra vez.
Los pequeños moretones escondidos bajo capas de maquillaje volvieron a salir a la luz. Marcas violetas, rojizas, recuerdos impresos sobre mi piel. Cada una de ellas arrastró consigo un eco. Mis súplicas. Mis gritos. El sonido de mi propia voz quebrándose mientras nadie hacía nada.
La sonrisa falsa que aún intentaba sostener terminó por desmoronarse.
Lloré.
No de esa manera elegante que muestran en las películas. Lloré hasta sentir que me faltaba el aire, hasta que mi pecho dolió y mi cuerpo comenzó a temblar frente al espejo. Porque seguía sin reconocerme.
Aquella chica no era yo.
La chica que se reía por cualquier tontería, la que hablaba demasiado fuerte, la que soñaba despierta y hacía drama por cosas pequeñas… ella había desaparecido en algún momento y ni siquiera sabía cuándo ocurrió.
En su lugar quedaba esta desconocida de ojos apagados y labios rotos.
Una chica llena de moretones.
Una chica a la que le arrebataron la libertad.
Una chica que me observaba desde el espejo como si estuviera esperando que yo también la abandonara.
Necesitaba un baño, necesitaba cambiarme, neceistaba tener un poco de control.
Me deshice de los tacones, dejando al descubierto las heridas que los grilletes habian dejado. Mis pies por fin descansaron y el frío del mármol, bajo de ellos me recordó que seguía viva.
Caminé hasta las ventanas y las abrí de golpe. El aire frío chocó contra mi rostro húmedo, despejandome . Cerré los ojos y respiré profundo, una vez … y otra.
Mis manos se cerraron con fuerza.
El jardín que se extendia, se burlaba cruelmente, como si me dijiera que nunca sería capaz de alcanzarlo. Podia imaginar el pasto humedo bajo mis pies, la brisa despeinando mi cabello, el cielo sobre mi cabeza sin parades ni puertas cerradas.
Libertad
Una palabra tan simple y ahora tan lejana.
Limpie mis lagrimas con brusquedad, ya no lloraria. No más.
Con la mandibula tensa y la mirada fija al frente , enderece los hombros. No iba a derrumbarme. No se lo perimitiria. No todavía.
Dirigiendome hasta una de las puertas al fondo de la habitación, la cual resultó ser un baño tan grande que facilmente podría ser del tamaño de mi antigua sala. Mármol claro, espejos impecables, luces tenues y un abrera enorme ocupando uno de los dos extremos. Todo era demasiado… perfecto.
La segunda conducia a un vestidor.
Mis dedos temblaron mientras abría la llave de la ducha y dejaba que elagua comenzara a calentarse. El sonido lleno el silencio de la habitación, envolviendome lentamente.
Entonces lleve mis manos al vestido, deshacerme de el fue más dificil de lo que esperaba. La tela pesado cayó lentamente por mi cuerpo hasta acumularse a mis pies como una carga. Por un instante me quedé inmóvil, observandolo en el suelo. Aquel vestido había sido hermoso… pero sobre mí no era más que cadenas.
Los espejos se convirtieron en mi mayor enemigo, no queria verme, no queria enfrentarme a ese versión rota de mi misma. Cuando el vapor comenzó a empañar el cristal, entre bajo el agua caliente.
El calor chocó contra mi piel sensible, arrancámdome un suspiro tembloroso. Cerré los ojos y dejé que el agua recorriera cada rincón de mi curp mientras mis dedos con una delicadeza dolorosa, comenzaba a deshacer lo que quedaba del peinado.