Sin Escape

Luz En La Oscuridad

Thomas

Era sencillo.

Y aun así, ese vestido resaltaba cada curva de su cuerpo. El corte alto dejaba ver sus piernas mientras giraba frente al espejo jugando con la tela entre sus dedos.

No dejaba de mirarse.

Podía imaginarla con el cabello suelto, un labial rojo sobre los labios y ese pequeño brillo en los ojos que parecía iluminar todo a su alrededor.

Ella no era consciente de ello, pero no había dejado de sonreír desde que salió del cambiador.

Y por un instante…

Solo un instante…

Recordé aquella noche.

Flashback

La lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza.

El trabajo se había extendido más de lo debido y la maldita carga nunca llegó a donde tenía que hacerlo. El imbécil de Erick había desaparecido con la entrega y, como si eso no fuera suficiente, tampoco respondía el teléfono.

Frustrado, lancé el celular al asiento del copiloto.

El motor seguía encendido y el coche todavía conservaba el calor de la carretera.

Esa noche definitivamente iba a matar a alguien.

Las luces de la ciudad eran mi única compañía mientras conducía de regreso a casa.

Llegué más temprano de lo habitual. Después de todo, era lo que le había prometido.

Giré la llave y entré.

Las luces estaban apagadas.

Algo inusual.

Mi cuerpo se tensó al instante.

Avancé con cuidado por el pasillo hasta que una tenue luz escapándose desde la habitación llamó mi atención.

Entonces los escuché.

Risas.

Susurros.

El sonido de las sábanas moviéndose.

Abrí la puerta de golpe.

Y todo dentro de mí se detuvo.

Ella estaba en mi cama.

Y Erick tenía las manos sobre su cuerpo.

No habían notado mi presencia… hasta que cerré la puerta.

En pocos segundos ella salió envuelta entre las sábanas, temblando mientras intentaba acercarse a mí.

—Thomas, yo…

Sus disculpas llenaron la habitación, pero su voz solo conseguía enfermarme.

Lo peor era que no parecía avergonzada.

Parecía molesta.

Como si esperara otra reacción de mi parte.

—Thomas, amor, por favor, di algo… lo que sea.

Tenía lágrimas en los ojos, pero no me provocaban absolutamente nada.

—Es irónico, ¿no crees? —murmuré dándole la espalda—. Mientras me rogabas que me quedara contigo… que me casara contigo… te acostabas con mi mejor amigo.

Su respiración se quebró.

—¿Y tú por qué crees que pasó esto? —espetó de pronto—. Siempre me dejabas sola. Siempre con tu maldito aire de grandeza. Siempre haciéndome sentir menos.

Señaló hacia la habitación con manos temblorosas.

—Él sí estaba ahí cuando lo necesitaba. Él me hacía sentir segura… amada.

Rompió en llanto.

Y aun así no sentí nada.

Entonces Erick salió de la habitación intentando acercarse a ella.

Grave error.

—Agradece que todavía no te he disparado —dije con calma, observando fijamente—. Y agradece que aún me queda algo de aprecio por ti… porque de lo contrario ya tendrías una bala entre los ojos.

El silencio se volvió absoluto.

—Y a ninguno de los dos se le ocurra volver a aparecer en mi vida.

Caminé hacia la puerta y, antes de salir, les dediqué una última mirada.

—Quédate con el apartamento. Consideralo un pago por tus servicios.

Después de eso, me fui.

La sangre me hervía bajo la piel.

Había sido traicionado.

Mis pensamientos eran un desastre. Los recuerdos de esa noche se mezclaban entre luces borrosas, lluvia y el ruido ensordecedor de un bar abarrotado.

Pero de algo sí me acordaba perfectamente.

De ella.

Del vestido blanco cubierto de rosas.

Del brillo en sus ojos mientras bailaba entre desconocidos como si el mundo todavía fuera un lugar hermoso.

Ella era luz.

Y yo llevaba demasiado tiempo viviendo rodeado de oscuridad.

Fin del Flashback

—¿Señor? ¿Qué le parece?

La voz de una de las empleadas me sacó de mi ensoñación.

—No es el adecuado para esta noche —respondí con frialdad.

—Pero a mí me gusta… —escuché decir a Vanessa.

Su voz sonó suave. Casi temerosa.

—Lo sé —contesté sin apartar la mirada de ella—, pero no para esta noche.

Sus labios formaron un pequeño puchero cuando creyó que nadie la observaba.

Un gesto infantil.

Extrañamente tierno.

Cuando desapareció nuevamente dentro del probador, tomé otro vestido del perchero y se lo entregué a una de las mujeres.

Dorado.

Un color que resaltaría perfectamente sobre su piel.

—El vestido de flores también nos lo llevaremos —añadí.

La mujer asintió enseguida antes de apartarlo cuidadosamente.

Después de eso, Vanessa se probó tres vestidos más.

Uno azul claro que la hacía parecer demasiado delicada para este mundo.

Otro rojo.

Mi favorito.

Y el último, dorado, justo como había imaginado para la cena de aquella noche.

Estaba a punto de pagar cuando Vanessa se acercó nuevamente a mí.

Había vuelto a ponerse la ropa de aquella mañana y la expresión en su rostro parecía más una súplica que otra cosa.

—¿Necesitas algo? —pregunté mirándola hacia abajo debido a nuestra diferencia de altura.

Estaba nerviosa.

Era evidente que no quería molestarme.

—Si no hablas, no podré ayudarte.

—Ropa… —alcancé a escuchar.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Te gustó algo más?

Negó rápidamente con la cabeza.

—Entonces…

Soltó un suspiro antes de comenzar a hablar atropelladamente.

—Quiero algo no tan llamativo, ya sabes… para estar en casa. Pijamas, un par de blusas, pantalones, shorts, faldas, vestidos casuales…

Bajó un poco la voz.

—Quiero mi ropa. Mis tenis, mis zapatos… mis tacones.

La observé unos segundos antes de responder.

—Haz una lista. Haré que alguien vaya por todo.




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