Sin Escape

The Crown

El arma seguía descansando entre mis dedos cuando las enormes puertas de madera comenzaron a abrirse. El brillo blanco del metal contrastaba con la oscuridad del pasillo, casi como si no perteneciera a aquel lugar. Nunca había sostenido una pistola durante tanto tiempo y, aun así, el peso ya no me parecía extraño. Era fría, impecable, tan pulida que las luces de los candelabros se reflejaban sobre ella como diminutos destellos plateados.

El gran salón nos recibió envuelto en una calidez engañosa. Las paredes revestidas en tonos dorados parecían absorber la luz de los enormes candelabros de cristal que colgaban del techo, bañando cada rincón con un brillo cálido y ostentoso. El mármol blanco del suelo reflejaba cada paso que dábamos, mientras las largas mesas rebosaban copas de cristal, botellas de champaña y arreglos florales cuidadosamente acomodados. Hacía apenas unos minutos aquel mismo lugar me había parecido elegante. Ahora solo veía un escenario construido para esconder la sangre que corría bajo sus cimientos.

Las conversaciones murieron en cuanto crucé el umbral.

No fue Thomas quien captó la atención de todos.

Fui yo.

Decenas de personas dejaron de hablar al mismo tiempo. Algunos ocultaban la sorpresa detrás de una sonrisa educada; otros ni siquiera intentaban disimular el desprecio con el que observaban el arma que seguía descansando en mi mano.

Podía sentir cómo esperaban que la soltara.

Que demostrara miedo.

Que confirmara que no pertenecía allí.

Respiré profundamente y seguí caminando.

Cada paso era una declaración.

No estaba huyendo.

No estaba temblando.

Ya no.

Philip dio un paso al frente en cuanto me acerqué. Extendió la mano con la naturalidad de quien llevaba años realizando el mismo gesto. Era evidente que esperaba que le entregara el arma antes de comenzar la celebración.

Mis ojos se detuvieron apenas un instante sobre su palma abierta.

Después seguí caminando.

Escuché cómo soltaba una leve risa por lo bajo antes de hacerse a un lado.

Había entendido el mensaje.

Me acerqué a una de las mesas y tomé una copa de cristal. El vidrio era tan fino que parecía capaz de romperse con la mínima presión de mis dedos. Las burbujas de la champaña ascendían lentamente hasta la superficie, brillando bajo la luz dorada del salón. El arma permanecía en mi mano derecha; la copa, en la izquierda.

No pronuncié ningún discurso.

No tenía nada que decirles.

Simplemente levanté la copa unos centímetros mientras recorría el salón con la mirada.

Thomas permanecía inmóvil al otro lado de la habitación. Sus ojos nunca abandonaron los míos. No sonreía. No asentía. No necesitaba hacerlo.

Él también entendía lo que acababa de ocurrir.

Uno a uno, los presentes comenzaron a levantar sus copas.

Primero los hombres más cercanos.

Después el resto.

Hasta que todo el salón imitó el mismo gesto.

Thomas levantó la suya al final.

—Por la reina.

El eco de decenas de voces respondió al unísono.

—Por la reina.

Bebí un pequeño sorbo sin apartar la mirada de ninguno de ellos.

Ya no veía hombres esperando mi caída.

Veía personas aguardando mis órdenes.

Ahora soy yo la que manda.

La música seguía sonando mientras las conversaciones se mezclaban con risas y brindis que hacía rato habían dejado de interesarme.

Apoyé el codo sobre una pequeña mesa de mármol junto a una de las enormes columnas del salón. El arma descansaba frente a mí, girando lentamente bajo la punta de mis dedos. La hacía rotar una y otra vez sobre la superficie pulida, observando cómo el blanco del metal atrapaba la luz de los candelabros.

Nunca imaginé que terminaría jugando con una pistola en medio de una fiesta.

Mucho menos que nadie se atrevería a decirme nada.

Busqué a Thomas con la mirada.

Nada.

Ni rastro del hombre al que todos llamaban rey.

Fruncí ligeramente el ceño.

Uno de los hombres que vigilaban la entrada se acercó de inmediato al notar mi expresión.

—¿Necesita algo, señorita?

Suspiré con evidente aburrimiento mientras hacía girar el arma una vez más.

Recorrí el salón con la mirada.

Las mismas sonrisas falsas.

Los mismos brindis.

El mismo teatro.

—Termina con todo este circo.

El hombre dudó apenas un segundo.

Miró el lugar donde normalmente habría estado Thomas.

Después volvió a verme.

Inclinó la cabeza.

—Como ordene.

En cuestión de minutos la música comenzó a apagarse. Los invitados entendieron la indirecta y empezaron a despedirse en silencio, abandonando la mansión uno por uno.

Nadie cuestionó mi decisión.

Nadie pidió permiso al verdadero dueño de la casa.

Bastó una sola orden.

Mis tacones resonaban sobre el mármol pulido de la mansión, rompiendo el silencio que había quedado tras la celebración. Había recorrido casi la mitad de los interminables pasillos y Thomas seguía sin aparecer. Era como si el hombre capaz de controlar a todos hubiera decidido desvanecerse justo cuando yo necesitaba encontrarlo.

Los guardias evitaban mirarme directamente. En cuanto mis ojos se cruzaban con los suyos, bajaban la cabeza con un respeto casi incómodo. Sabían dónde estaba. Estaba segura. Pero ninguno se atrevía a responder cuando les preguntaba.

Apreté los labios.

Aquello empezaba a irritarme.

Fue entonces cuando una delgada línea de luz escapando por debajo de una pesada puerta de madera llamó mi atención. Me detuve frente a ella y, por instinto, me deslicé los tacones hasta quitármelos. El frío del mármol desnudo me recorrió la planta de los pies y un ligero escalofrío ascendió por mis piernas.

Toda mi atención estaba al otro lado de aquella puerta.

—Tommy... —canturreó una voz que habría reconocido en cualquier parte.

Michel.




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