Decidí no ahondar ese asunto, de hecho, puse una venda sobre el tema. Sara me llamaba para charlar y yo evitaba ir a verla.
—Tenemos que hablar del tema.
—No, no quiero saber.
—Pero es sobre ti, me preocupas.
—Es que no entiendo —sollocé—, se supone que tendría una vida linda.
—Puede ser que Chéster se equivoque.
—Puede… ¿y si tiene razón?
Hubo un silencio en ambas partes y Sara dijo de pronto.
—¿Y si podemos cambiarlo?
—¿Cambiar?
—El destino, preguntémosle a Chéster sobre el tema.
Logró inquietarme y fui a su casa, su madre me recibió emocionada.
—Te habías perdido.
—Sí, quiero hablar con Sara.
Subí corriendo a la habitación y mi amiga estaba nerviosa.
—Creí que no vendrías.
—Espero funcione.
Nos sentamos a mirarnos.
—Mi tía me dijo un día que el destino puede cambiarse.
—Eso es alentador.
—Podemos intentarlo.
Me aferré a esa posibilidad. Sara sacó a los lápices y me los mostró.
—Chéster es nuestro amigo, nunca nos ha engañado.
—Sí, por eso me dio miedo todo.
Sara tomó tres lápices y yo los otros 3 y respiramos hondo.
—A la cuenta de tres… Uno, dos y tres.
—Chéster, ¿voy a morir?
Chéster: SÍ.
Fruncí el ceño y mi amiga me dio ánimo para que siguiera.
—¿Será este año?
Chéster: NO
Respiré aliviada, no me sentía lista para morir en ese momento.
—¿Será pronto?
Chéster: Sí.
Sara se inquietó y me envalentoné.
—¿Puedo cambiar mi destino?
Se tomó un tiempo para responder.
Chéster: SÍ.
—Te lo dije.
—Bien, se puede.
Sara propuso en ese momento.
—Tenemos que saber los detalles, para poder evitarlos.
Era escabroso, lo sé. Tenía miedo de saber.
—Chéster, ella es tu amiga, ¿morirá a los 20 años?
Chéster: NO.
Tenía 18, eso me daba dos años certeros de vida. Sara prosiguió.
—¿Morirá a los 21?
Chéster: SÍ.
Solté los lápices y miré con terror a mi amiga de toda la vida.
—Esto ya no me gusta.
—Vamos a cambiar el destino, debemos de saber las cosas.
Era turbio, pero tenía que resistir.
—Chéster, ¿será un accidente?
Chéster: NO
—Descartado.
—¿Será por una enfermedad?
Chéster: NO.
Podía sentir un frío en mi espalda, todo se ponía más turbio.
—Sara, ¿qué nos queda?
—No sé… Tal vez… No sé.
Supe lo que debía de preguntar y lo hice.
—¿Seré asesinada?
Chéster respondió: SÍ.
Sara sollozó y preguntó.
—¿Se puede cambiar su destino?
Chéster: SÍ.
—Lo ves, lo ves, sí se puede cambiar.
Yo no podía creer que mi vida se iba a acabar de esa forma.
—¿Será de día?
Chéster: NO.
—¿Será de tarde?
Chéster: NO.
—¿De noche?
Chéster: Sí.
—Me matarán de noche, rayos.
Sara me señaló.
—Ya tenemos un punto de partida, a los 21 años, de noche.
—Es aberrante.
—Vamos, a seguir.
Sara tomó el control y preguntó.
—¿Será en los tres primeros meses del año?
Chéster: NO.
—¿Será en los tres siguientes meses del año?
Chéster: NO.
—¿Qué pretendes con eso?
—Hay que sacar la fecha, el tiempo si queremos cambiarlo.
Respiré hondo y pregunté.
—¿Será entre agosto y octubre?
Chéster: SÍ.
Nos miramos y Sara preguntó.
—¿Será en agosto?