Sin estrés, sin ansiedad

Capítulo 1. El inicio.

Pensé que mi corazón iba a detenerse. No sentía un dolor intenso en el pecho ni me faltaba el aire como suele mostrarse en las películas. Lo que sentía era algo mucho más extraño. El corazón empezó a latir tan rápido y con tanta fuerza que podía percibir cada golpe en la garganta. Era la misma sensación que queda después de correr durante mucho tiempo y llegar al límite, cuando el pecho parece no dar más y uno solo quiere detenerse para recuperar el aire. La diferencia era que yo llevaba varios minutos completamente quieta, sentada frente al computador, esperando que empezara una reunión. Y eso fue lo que más me asustó. Nunca me había pasado algo parecido.

Al principio pensé que se me pasaría. Respiré profundo, aparté la vista de la pantalla durante unos segundos e intenté volver a ver la pantalla. No pude. Cada latido parecía más fuerte que el anterior. Era como si el corazón estuviera haciendo un esfuerzo desproporcionado por algo que yo no entendía. Recuerdo pensar, con absoluta claridad, que si seguía latiendo de esa manera terminaría por pararse. Sé que hoy esa idea no tiene sentido desde el punto de vista médico, pero en ese momento me parecía la única explicación posible. Nunca había sentido algo parecido y estaba convencida de que algo muy grave estaba ocurriendo.

Cerré el computador y salí de la casa. Ni siquiera recuerdo si avisé que no iba a entrar a la reunión. De un momento a otro el trabajo dejó de importar. Lo único que quería era que aquellos latidos se detuvieran. Mientras caminaba intentaba convencerme de que todo pasaría en unos minutos, pero el corazón seguía golpeando con la misma fuerza contra el pecho y la garganta. Cuanto más atención le prestaba, más fuerte parecía latir.

Entonces pensé en los pollitos.

Hacía pocos días una de las gallinas de mi casa había sacado varias crías. Todas las mañanas, antes de empezar a trabajar, les llevaba comida y les cambiaba el agua. Aquella mañana hice exactamente lo mismo, pero por un motivo completamente distinto. Pensé que, si conseguía mantener las manos ocupadas, dejaría de escuchar mi corazón. Tomé el alimento, lo esparcí en el suelo y vi cómo los pollitos corrían detrás de la gallina. Después cambié el agua, lavé los recipientes y los llené otra vez. No lo hacía porque fuera urgente atenderlos. Lo hacía porque necesitaba concentrarme en algo que no fueran aquellos latidos que parecían querer salirse por mi garganta.

Durante unos segundos funcionaba. Mientras estaba pendiente de los animales dejaba de pensar en el corazón. Pero apenas terminaba una tarea, la sensación volvía con la misma intensidad. Entonces buscaba otra cosa que hacer. Cualquier cosa. Recoger un recipiente, mover un balde, limpiar un poco el patio. Necesitaba mantener la mente ocupada porque estaba convencida de que, si me quedaba quieta escuchando los latidos, terminaría desesperándome.

Poco a poco el corazón empezó a disminuir la velocidad. Pensé que todo había terminado. Sin embargo, apenas los latidos comenzaron a calmarse apareció un mareo intenso y el frío. Sentía las piernas débiles y la cabeza pesada. Miré alrededor y me di cuenta de que estaba completamente sola en la casa. Fue la primera vez que pensé que, si aquello seguía empeorando, nadie podría ayudarme.

Cuando mi mamá llegó le conté lo que acababa de pasar. Todavía seguía mareada y le pedí que me llevara a urgencias. Mientras nos preparábamos para salir empecé a sentirme un poco mejor y finalmente decidimos no ir. Los síntomas disminuyeron, pero el miedo no. Durante el resto del día no dejé de hacerme la misma pregunta: ¿qué acababa de pasar?

Durante mucho tiempo pensé que todo había empezado aquella mañana, cinco minutos antes de una reunión de trabajo. Más adelante descubriría que estaba equivocada. Aquella crisis no fue el principio de la historia. Fue el momento en que mi cuerpo dejó de susurrar y empezó a gritar.

Esa idea de que el problema estaba en mi corazón no nació esa mañana. Desde hacía varios días notaba una sensación extraña en el pecho. A veces era una opresión, otras veces un malestar difícil de explicar. No era constante, pero aparecía lo suficiente como para preocuparme. Cada vez que ocurría recordaba un episodio de años atrás.

Tiempo antes me había presentado a la Armada. Había superado las pruebas psicológicas, las entrevistas y más de veinte exámenes médicos. Recuerdo especialmente el electrocardiograma. Al terminar, la persona que me atendió me dijo que había aparecido una pequeña alteración, aunque enseguida aclaró que aquello podía deberse a los nervios y que, por sí solo, no indicaba una enfermedad cardíaca.

En ese momento no le di importancia.

Hasta que empezaron aquellos síntomas.

Por eso, cuando esa mañana mi corazón comenzó a latir con una fuerza que nunca antes había sentido, mi primera reacción no fue pensar en ansiedad. Pensé que aquello que años atrás había parecido una simple observación en un examen finalmente se había convertido en un problema real. Estaba convencida de que el corazón era el origen de todo.

Los síntomas no desaparecieron. La opresión en el pecho seguía apareciendo de vez en cuando y el miedo era cada vez mayor. Esa misma semana decidí ir al hospital. Necesitaba saber si realmente tenía una enfermedad cardíaca.

Los médicos hicieron lo que yo esperaba que hicieran: revisar si mi corazón estaba bien. El electrocardiograma mostró una alteración leve , una arritmia del seno y una onda T un poco baja, del tipo que el médico no consideró grave. Era casi la misma observación que ya me habían hecho años atrás, en el examen de la Armada: algo que aparecía en el papel, pero que no explicaba por sí solo lo que yo estaba sintiendo.




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