Trixie Santoro:
1 de marzo 2009
La pista se extiende ante mí como un lienzo de asfalto y tierra, bañada por luces intermitentes que apenas logran atravesar la espesa niebla que se forma al caer la noche. Es un lugar salvaje, sin reglas, donde los coches rugen como fieras. A un lado, se alzan estructuras industriales abandonadas, mientras que la otra cara de la pista se pierde en la oscuridad. Los espectadores están dispersos, algunos en vehículos, otros a pie, creando un ambiente cargado de energía, como si cada respiración se suspendiera en el aire.
La línea de salida está marcada por neumáticos quemados, y la pista, aunque improvisada, tiene una agresividad en sus curvas cerradas y saltos impredecibles. La superficie es rugosa, áspera, un desafío constante para los pilotos que nos disponemos a enfrentarlo. La vibración del suelo se siente en cada acelerón, y el eco de los motores retumba en cada rincón.
Mi auto rojo destaca como una declaración de guerra. Con líneas afiladas y una pintura que refleja la luz en destellos de fuego, mi coche exuda poder. El rojo oscuro se desvanece en franjas plateadas que cruzan el capó, y las llantas negras, como un felino acechando, completan la imagen. Mi auto no solo parece rápido, también desafía a cualquiera que se atreva a competir.
El viento agita mi cabello pelirrojo y el cuero de Hunter. Miro hacia él, ya no tan concentrado en su maldito motor. La cuenta regresiva está por empezar, y no voy a quedarme atrás.
—¿Vas a seguir manoseando el motor o piensas correr en algún momento? —le lanzo con una sonrisa desafiante, cruzándome de brazos.
Él me mira con esa sonrisa ladeada que me vuelve loca, como si supiera exactamente lo que hace.
Me apoyo contra el capó de mi coche rojo mate, cruzándome de brazos. El viento agita mi camiseta de The Cure, y mis botas de plataforma rozan la tierra. Mi delineado negro me hace sentir más dura que nunca. Hunter está ahí, acariciando su Mustang negro como si fuera su única verdadera relación.
Aunque no lo quiera admitir, me está empezando a irritar.
—Deja de sobar el motor como si fuera tu novia —murmuro, rodando los ojos.
Él levanta la cabeza y me dedica esa sonrisa arrogante que tanto odio. Sabía lo que hacía.
—¿Estás celosa porque paso más tiempo con mi coche que contigo? —me responde con esa mirada que siempre sabe cómo calarme.
El tono desafiante me hace rodar los ojos, pero no voy a darle el gusto de que me moleste. No hoy.
—Por favor, no me interesa competir con un montón de fierros —respondo, bufando con aire de indiferencia. Mi mirada se fija en su coche, como si eso hiciera alguna diferencia.
De repente, cierra el capó de un golpe y se acerca caminando con su actitud arrogante, esa que me pone tan nerviosa. El olor a cuero y cigarro me rodea, y aunque intento mantener la calma, la sensación de su cercanía me revuelca por dentro.
—Claro que te interesa —susurra cerca de mi oído, su voz cargada de esa arrogancia que parece inquebrantable.
Odio su hipocresía . Sé que es mi amigo, pero cuando se vuelve competitivo, su doble moral se vuelve insoportable. Y aun así, aquí estoy, deseando que no tenga razón. Cada vez que me mira así, siento que sabe más de mí de lo que me gustaría admitir.
Estúpido juego, pienso, pero la forma en que me mira no deja lugar a dudas. Es como si estuviera jugando un juego que no puedo ganar.
Me giro sin decir nada más, intentando dejar atrás la tensión que ha creado. Sabía que, en el fondo, había algo más bajo esa fachada de chico invencible, pero no iba a dárselo tan fácil.
Un escalofrío recorre mi espalda, pero no voy a dárselo. Mantengo mi expresión impasible y lo desafío con la mirada.
—Te voy a destrozar en la pista, Cavaleri.
Él suelta una carcajada, echando la cabeza hacia atrás, como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.
—¿Tú? Princesa, tu precioso auto rojo gótico no tiene oportunidad contra mi Mustang negro —me señala, con diversión en la voz.
—Llámame princesa otra vez y verás cómo te dejo tragando polvo de la carretera —respondo con la misma sonrisa desafiante.
La voz del megáfono corta nuestro momento.
—¡Pilotos a sus autos! ¡La carrera comienza en cinco minutos!
Nos miramos, un último desafío antes de dirigirnos a nuestros coches.
Dentro del auto, el mundo desaparece. Lo único que escucho es el rugido del motor y el latido acelerado de mi corazón. Estoy lista. Sé que esta carrera no es solo por gloria, es por control, por demostrarle a Hunter que no solo soy capaz de ganar, sino también de manejar mi propia vida, incluso cuando él cree que tiene el control de todo.Y esta vez, no habrá frenos.
—¡Claro, Hunter! Me estoy muriendo de celos, ¿no lo notas? Lo nuestro era tan especial… hasta que lo destrozaste con tu linda y asquerosa hipocresía
A través de los retrovisores, lo veo acercarse, y su risa burlona es el último empujón que necesito para pisar el acelerador.
—Si querías mi atención, princesa, solo tenías que pedirlo… pero supongo que el drama te divierte más.
El escalofrío regresa, pero lo ignoro. Sé que él juega conmigo… pero yo sé jugar mucho mejor.
—Guárdate el encanto para después de la carrera —le digo, dejando caer la sonrisa más desafiante que tengo. Miro a Hunter, todavía apoyado en su coche, acariciándolo como si fuera su amante. Mi tono es relajado, pero mi mirada está fija en él, esperando ver cómo se le tuerce la expresión. —Quiero que tengas suficiente energía para aguantar la humillación cuando te deje atrás.
Me río por dentro. No sé si realmente lo haré, pero me gusta verlo incómodo. Si hay algo que sé hacer bien, es jugar con su ego. Mi mirada se desliza sobre su Mustang negro, tan arrogante como él, pero sé que mi coche tiene lo que hace falta para destrozarlo en la pista. A veces, hasta disfruto más del juego antes de empezar que de la carrera misma.
—Aunque si prefieres retirarte ahora —añado, sin perder mi tono mordaz—, lo entendería. No debe ser fácil saber que vas a perder antes siquiera de arrancar.
Lo miro de reojo, buscando ese destello de incomodidad que siempre aparece cuando lo llevo al límite. Y sí, lo veo. Su mandíbula se tensa ligeramente, los ojos se clavan en mí, pero hay algo en su postura que se endurece. No puedo evitar notar cómo su respiración se hace más controlada, cómo se mueve un poco más rápido, como si quisiera guardar la calma. La forma en que sus dedos se aprietan alrededor del volante, esa pequeña señal de que se está resistiendo a lo que está por venir.
Es repugnante, sí, esa reacción de estar al borde de perder el control. Pero también es fascinante. La forma en que mi desafío lo activa, como si le diera un impulso para volverse aún más peligroso, más impredecible. Y eso... eso me pone aún más a prueba.