La tarde cayó sin prisa ni carreras, dejando llegar a la noche que viene cargada de emociones encontradas para la joven pareja que está en la casa grande del rancho El Crepúsculo.
Una joven cansada y muy desaliñada llegó a una habitación realmente grande y muy hermosa. Decorada con colores muy suaves que le impartían cierta tranquilidad. Sus ojos recorrieron el lugar y, para su sorpresa, notó que era de su total agrado. Ese lugar extraño y nuevo le daba una paz y tranquilidad.
Dejó escapar un largo y profundo suspiro y, sin perder tiempo, recorrió toda la habitación y se quitó la ropa que estaba muy sucia.
Con mucha prisa se metió de una vez a la ducha, donde abrió la llave y dijo que el agua fresca lavara su cuerpo. Con la cara levantada mientras el agua le azotaba las mejillas rojas por el calor, solo cerró y, sin querer, sus pensamientos volaron al hombre que la miraba con unos ojos de fuego.
—¿Me la vas a apagar, idiota? —maldijo en un murmullo.
Al recordar aquella mirada voraz, la joven se restregaba la piel para quitarse el hedor a bosta y a vaca.
—Solo será un corto tiempo— se animaba cada vez que recordaba agarrar aquellas enormes ubres llenas de leche— y mi padre se arrepentirá de haberme mandado a este lugar.
Durante media hora se mantuvo debajo de aquel chorro de agua lavándose una y otra vez. Lavaba su cabello y restregaba con frenesí su piel, aun enrojeciéndola por el maltrato.
Al momento de salir al baño, se sorprendió al ver a una mujer de edad mediana que llevaba una bandeja en las manos.
La mujer, al ver que la joven murmuraba, solo sonrió.
—¡Yo toqué! —murmuró la mujer.
—No la oí, aún estaba en el baño —señaló la puerta abierta—, como puede ver.
La mujer solo sonrió y caminó hacia una pequeña mesa para depositar la bandeja repleta de comida.
—Disculpe, señorita, que haya entrado sin su permiso. Estuve tocando en la puerta; al no contestar, me imaginé que aún estaba en el baño y yo vine a traerles estos alimentos —dijo mirándola a los ojos. —Mi nombre es Elena y soy la encargada de mantener la casa del patrón.
La joven la miró en silencio y luego se sonrió al ver aquella bandeja llena de deliciosos alimentos y en ese momento escuchó que las tripas de su estómago hablaban con ella.
—Hola, puedes llamarme Nela —dijo la joven mientras que agarraba una cuchara que estaba en la bandeja y al mismo tiempo se sentaba en una banca. La mujer tenía tanta hambre que devoraba aquellos alimentos sin ninguna moderación.
—¡Esto está realmente delicioso! —dijo ella con una sonrisa, ganándose el corazón de la señora Elena. La mujer la observa en silencio con cierta intriga. ¿Qué tiene ella, para que su patrón la deje estar en su rancho?
—¿Te llamas Nela o es un apellido? — preguntó sin disimular su curiosidad a la joven.
—Mi nombre es Marinela, pero me gusta que mis amigos me llamen Nela —respondió sin interés. La voz está cargada de dulzura al dirigirse a ella—. Muchas gracias por darme estos alimentos.
La chica agradeció con gentileza.
La mujer mayor la miraba con los ojos llenos de curiosidad; a ella se le hacía muy raro que su joven patrón le ordenara preparar aquellos alimentos. Ella no recordaba que él hubiese traído a una amante al rancho y mucho menos que aceptara a un trabajador tan bello como este. ¡De seguro que había algún gato encerrado en el asunto!
—Para mí es un placer servirte. Ahora descansa porque mañana tienes un día bastante duro. Te llamo a eso de las cuatro de la mañana.
Marinela llevaba un bocado a la boca cuando, al escuchar a la mujer, rápidamente se detuvo y la miró a los ojos.
—¿A las cuatro de la mañana? ¿Por qué tan temprano? — preguntó la joven llena de incredulidad.
—La verdad es que no lo sé, pero esa es la orden del patrón. Que acompañes al joven Mario a revisar las cercas del rancho. Mario madruga porque el sol es más recio al mediodía. Él luego te explicará todo lo que tiene que ver con eso — dijo la mujer, restándole importancia a la curiosidad que tenía la chica.
Los ojos de la joven brotaban chispas de furia al recordar al hombre de la oficina; colocó la cuchara sobre el plato y dejó escapar un largo suspiro de desesperación.
—Al parecer vas a jugar duro conmigo — murmuró pensativa. Sus bellos ojos brillaron contenciosos debido a su molestia—. No te preocupes que estoy más que dispuesta a darte batalla, porque voy a ganarle esta partida a mi padre. Él me prometió que, si yo aguantaba estos seis meses aquí, cancelaría el matrimonio con ese viejo decrépito, y estoy más que dispuesta a soportar a este desagradable caporal para salir bien librada de este asunto.
Al terminar de cenar, se demoró más en acostarse que en quedarse dormida. Apenas su cabeza tocó la almohada, se durmió profundamente. Aunque para ella solo fueron unos segundos cuando sintió que una suave mano la despertaba con delicadeza.
—Señorita Lennox, ya es hora de levantarse — la dulce voz de Elena la despertó.
La joven solo se limitó a mirar con asombro por la ventana que aún estaba muy oscuro.
—¡Tan pronto! —murmuró la desaliñada chica que se sentaba en la cama con los ojos llenos de sueño y el cuerpo todo dolorido—. Jamás en mi vida he sufrido tanto y no quiero ni imaginar lo que pasará hoy.
La joven presentía que ese día sería para ella inolvidable.
Eran las cinco de la mañana cuando terminaba de arreglarse. Se maquilló con parsimonia. Vistió unos pantalones jean y una camisa de manga corta, que realzaba su busto. Luego se calzó unos finos zapatos deportivos.
Se dio una última mirada en el espejo y bajó con una enorme sonrisa de triunfo. Sin imaginar las penurias que ibas a pasar en el camino.
Mario, al verla, resopló lleno de inconformidad; no era justo que una joven tan bella tuviera que sufrir.
—Señorita Lennox, ¿no trajo otra clase de calzado? —le preguntó Mario.
Ella lo miró con arrogancia, no entendiendo lo que implicaba esa pregunta casual.
Editado: 02.03.2026