La vida en el campo siempre se ha caracterizado por ser dura y muy demandante, aun para aquellos que tanto lo aman, pero para aquellos que vienen de la ciudad y que son mimados, la cuestión es muy diferente. Mario en ningún momento imaginó que su vida se iba a convertir en una pesadilla con una hermosa mujer.
La mujer se comportaba más como una niña que como una adulta y esto lo llevaba bastante incómodo. No renegaba en voz alta por no faltar al respeto a la dama, pero ya iba al borde de su poca paciencia.
—Dame las cuerdas que yo llevo el caballo — dijo la joven de manera altanera.
Mario frunció el ceño molesto.
—¿Las cuerdas? ¿Qué cuerdas? — preguntó el confundido por lo que ella le estaba pidiendo.
—Ese lazo con el que tú llevas el caballo —dijo ella molesta—. ¿No me crees capaz de lo que soy? ¿Crees que no soy capaz de llevar el caballo? —preguntó ella mostrándose insolente.
Hombre, solo llenó sus pulmones de aire para no ser grosero. De no llevar él las riendas del animal, lo más seguro ella estaría bien lejos y perdida.
—Señorita Lennox, yo no sé si tiene o no tiene experiencia con cuestiones de campo, pero desde el momento en que la vi subir el caballo, sé que usted muy pocas veces, por no decir que ninguna vez, subió a un caballo — dijo cortante.
Las mejillas de la joven se pusieron coloradas al ser descubierta. Era verdad, ella no tenía ningún tipo de experiencia sobre andar a caballo, y que, al tratar de montar, el pie al estribo casi cae al suelo de no ser por la ayuda de ese hombre. Sin embargo, no le iba a dar el gusto de que la echaran de ese lugar; necesitaba vencer a su padre.
—Tal vez no tenga experiencia, pero creo que ha llegado el momento de tenerla — dijo ella como si tratara de escribir sobre un papel.
Mario solamente la miró de reojo y movió la cabeza de manera negativa. ¿Por qué le tocaba a él lidiar con esa citadina?
—Pos, lo siento por uste, yo llevo el caballo – cortó él y siguió andando sin darle más importancia a la joven que solamente se removía incómoda en la montura del caballo.
—Al parecer este chico no quiere ayudarme mucho que digamos— murmuró la joven.
El sol comenzó a despuntar y el amanecer tomaba fuerza a medida que iluminaba los cielos; el paisaje mostraba una imagen majestuosa delante de aquella joven que por primera vez estaba en esas tierras.
—¡Esto es muy bello! — dijo ella llena de melancolía—. Me hubiera gustado venir a este lugar en otras circunstancias.
Mario simplemente la miró de reojo, sospechando de ella.
—¿De verdad qué viene a hacer usted a esta tierra?— preguntó él sin mirarla, concentrado en el camino.
Ella viró la mirada para ocultar sus sentimientos.
—¡Vine a trabajar! — dijo ella como si fuera lo más lógico—. ¿Acaso no parezco una trabajadora decente y normal?
Mario la miró a los ojos y sonrió de medio lado.
— Uste me perdona, señorita —dijo el malhablado el joven—, uste tendrá cara de todo, menos de trabajadora. Sus manos son muy suaves con solo verlas. No imagino el tocarlas y su forma de hablá y caminá demuestran que es una mujer de ciudad. Que nunca han dado en el campo y esa forma de vestir lo confirma…
Marinela frunció el ceño.
—¿Otra vez va a estar hablando de mi ropa? —criticó ella molesta — Mi ropa es cómoda y me gusta…
Mario solamente resopló al ver la pertinencia.
—Lo que trato de decirle es que uste no está vestida de la manera adecuada para estar en este lugar. Sus costosos zapatos son muy blandos y pueden penetrar las espinas de las ramas y lastimarle los pies, y su pantalón es muy delgado; cuando terminemos de recorrer las cercas, va a recordar esta conversación —dijo él con cierta burla.
Ella giró la mirada para concentrarse en el bello amanecer.
Realmente se sentía enamorada del lugar, de aquel sol que resplandecía sin precedente.
Cuando llegaron al lugar de una de las cercas, Mario bajó del caballo y luego la ayudó a ella a desmontar y, sin descanso, empezaron a caminar las cercas, revisando una a una. Ella, fastidiada con el calor, el hambre y el aburrimiento, comenzó a acosar al hombre sin saber que lo llevaría a los extremos.
—¿A qué hora nos vamos? — preguntó ella sudorosa.
Mario se guardó silencio.
—Es que tengo mucha hambre – insistió — Oye, Mario, te pregunté ¿a qué hora nos vamos a la casa? Tengo hambre.
El joven trabajador simplemente se enderezó de donde estaba a acuclillado y echó el sombrero hacia atrás para mirarla a los ojos.
—Señorita Lennox, realmente es necesario que hagamos el trabajo antes que caliente el sol — dijo con cierta madurez — de lo contrario será imposible seguir trabajando. Y usted no podrá entregar lo que pidió el patrón, le solicitó…
—¡A mí me importa un carajo lo que diga ese caporal! —interrumpió ella rezongando como lo había hecho toda la mañana. —Él no es el dueño del rancho. Además, mi padre…
Mario, que la estaba escuchando, la miró fijamente y, al verla callada, ladeó su sonrisa; era como sospechaba.
—¿Su padre? ¿Qué? —insistió en que ella terminara aquella frase que cortó de manera abrupta.
—No me prestes atención — dijo nerviosa por su metedura de patas — lo que pasa es que cuando tengo hambre hablo mucho.
Ella, disimulando se movió para evitar mirarlo.
—Casi meto la pata al decir que su padre era uno de los dueños de los ranchos que estaba por administrar.
— ¡¿Cuál es la demora?! — se escuchó la voz potente que hizo que la joven se estremeciera de los pies a la cabeza—. ¿Por qué aún no han terminado el trabajo?
Editado: 02.03.2026