Elena salía con una taza de café de la cocina cuando vio la ropa que llevaba la joven para salir a cabalgar. Esta frunció el ceño al ver que ni Mario ni el mismo Walker habían dicho nada. Ese tipo de ropa no era la adecuada para la montura de un caballo, debido a que la tela, por ser demasiado delgada, causaría escoriaciones en las entrepiernas y glúteos.
Sus ojos miraron al dueño del rancho y observó que este miraba a la chica con cierta ansiedad y tal vez desespero al ver que se alejaba al establo a buscar los caballos.
—¿Cómo es posible que a esa niña no le hayan dicho nada? — protestó la mujer, ganándose una mirada furiosa de George. – Esa niña va a llegar con la piel hecha mier…
George Walker solo la miró con sus ojos oscuros llenos de rabia.
—Ese es su problema — la interrumpió con brusquedad—. Si ella venía para el campo, debe saber qué tipo de ropa y calzado debe usar aquí.
—Pero…
—Además, le dije a Mario que le diera unas perneras al menos para que se proteja las piernas de las espinas, pero es tan insolente que no aceptó la ayuda, ni las recomendaciones. Así que se atenga a las consecuencias —dijo él tomando la taza de café que le ofrecía Elena y se dirigió a la oficina dejando a Elena con las palabras sin salir de su boca.
Sin embargo, el café estaba más amargo que de costumbre y lo dejó sobre la mesa, mientras se dirigía hasta ventana para mirar el camino por donde se había marchado la pareja. Sus pensamientos no se apartan de la mujer que salió al campo.
La mujer solo deja escapar un largo suspiro.
—Solo espero que no le pase nada malo a esa tonta — murmuró pensativo el hombre.
Las horas pasaron y Elena preparaba la mesa para el desayuno. En ese rancho se acostumbraba a desayunar a las ocho y treinta de la mañana debido a que se dividía en dos jornadas, para evitar los fuertes golpes de calor, pero eran casi las nueve y la pareja que había salido a revisar las cercas no aparecía por ningún lado. El dueño del rancho estaba sentado a la cabecera en la mesa, malhumorado y muy pensativo, mientras que tamborileaba los dedos sobre la tabla de madera pulida.
—¡Qué raro que no han llegado! —murmuró la mujer—. Es bien raro.
La mujer habla sin preocupación y sin darse cuenta de que sus palabras solo avivan la furia y preocupación del hombre por la mujer que está afuera en el campo. A ella le extraña porque conoce la puntualidad de Mario.
—Ese joven sabe que no doy comida después de nueve de la mañana. Irán a pasar hambre esos dos en la primera jornada de la mañana — dijo la mujer solo para picar la curiosidad del hombre que hacía todo lo posible por disimular su preocupación hacia la mujer.
Él sabe que Mario es un experto en el campo y no comprende por qué aún no han llegado, sabiendo las reglas de la casa grande.
—Mario sabe lo que hace, así que no veo por qué tiene que tener problemas o llamaría para pedir ayuda — cortó Walter de tajo.
Elena lo miró con los ojos cargados de furia.
—Usted sabe muy bien que él anda con la descocada esa que vino de la ciudad. ¿Quién sabe? Falta ver si no se ha caído del caballo, se ha partido una pierna o tal vez hasta el cuello…
La mujer se calló cuando vio aquella mirada helada sobre su rostro que le hizo estremecer. Ella sabe que se ha pasado los límites al hablar así con su jefe, pero realmente se siente desesperada al ver la tranquilidad que tiene él con la ausencia de la pareja.
—Sírveme el desayuno, que tengo hambre — dijo Walker molesto.
Elena rápidamente le sirvió el desayuno y este lo picoteó todo sin probar bocado alguno. Se levantó y fue donde estaban los caballos y agarró el más arisco de todos; era un caballo de color negro brillante, sus crines eran tan largas que lo hacían ver orgulloso y altanero.
Subió con presteza a la silla de montar y espueleo al animal y echo a correr por aquella sabana. El corazón del hombre galopa aún más rápido que las patas de aquel bello animal y cuando él logro ver en la distancia la silueta femenina cerca a uno de los rollos de alambre sintió que su corazón dejaba de latir.
—Es solo una distraída— murmuro mientras el apretaba las riendas y dejaba al caballo caminar a un paso lento mientras él aplacaba cada una de sus emociones que lo mantienen en vilo.
Sus ojos analizan a la mujer que tiene las mejillas coloradas y los ojos muy abiertos. Y es ahí cuando él comprende por qué ella está tan quieta o casi paralizada. Una enorme serpiente le enrolla una de sus piernas.
—¡Quieta! —dice él con cierta burla en la cara.
Ella abrió los ojos.
—«Este estúpido solo se está burlando de mí» —pensó la desdichada mujer mientras siente que el animal rastrero sube con lentitud por su torneada pierna.
Ella ve como los ojos del hombre brillan llenos de maldad y es cuando un pensamiento negativo llega a su mente. ¡Él la quiere muerta!
Editado: 02.03.2026