El aire quedó suspendido entre ellos. A pesar de estar en espacio abierto no se escucha nada. Solo la respiración de la pareja que solo se mantiene con la mirada fija en cada uno de ellos.
La pregunta de Walker no fue un simple desafío; fue un disparo. Quería hacerla huir de ese lugar, lejos de él y así evitarse la tentación antes de su matrimonio.
—¿En la cama? —repitió él, con esa voz grave que parecía arrastrarse por la piel como humo caliente, necesitaba aterrarla—. Estoy dispuesto a comprobar esa valía.
Marinela al oírlo apretó sus manos con furia, no retrocedió ante aquella provocación.
El viento levantó una hebra de su cabello húmedo de sudor y se la pegó al labio inferior. Tenía el pulso desbocado, pero no por miedo. No iba a permitir que la redujera a un cuerpo, a un objeto.
Le sostuvo esa mirada lasciva.
—Usted se equivoca conmigo —dijo, despacio, sin gritar—. No necesito demostrar nada en una cama. Lo que tenga que probarle, se lo voy a probar aquí. En su terreno.
La sonrisa de Walker se tensó. Aquello no era lo que esperaba. Había anticipado una bofetada, un insulto, lágrimas, su huida…. pero jamás esa serenidad, que rezumaba peligro.
Mario apareció al trote desde la distancia, con el rostro desencajado.
—¡Señor! —gritó antes de desmontar—. Hay problemas en el lindero norte. La cerca cayó en dos tramos y el ganado está inquieto. Hay huellas de ruedas… alguien entró anoche.
La atmósfera cambió en un segundo.
Walker giró la cabeza hacia Mario, pero sus ojos regresaron a Marinela. Esa no era una situación menor. Sabotaje. Robo. Provocación.
—¿Cuántas reses? —preguntó, ya sin rastro de burla. la situación no estaba para el coqueteo.
—No lo sé con certeza, pero al menos quince no están donde deberían.
Walker apretó la mandíbula. Eso no era casualidad. Y si alguien estaba intentando medir su reacción, había elegido mal el día.
—Mario, rodea por el este. Yo iré por el arroyo. Si los encontramos moviendo ganado, no quiero enfrentamientos sin respaldo.
Mario asintió y montó de nuevo.
Walker iba a espolear su caballo cuando sintió la presencia de ella detrás.
—Yo voy con usted- dijo decida a mostrar su valor.
Él soltó una risa corta.
—Esto no es un paseo turístico, señorita Lennox. y no estoy para ser niñero.
—Y esto no es una serpiente inofensiva —respondió ella, señalando hacia el norte—. Es su rancho. Si soy su auxiliar, mi lugar está donde hay problemas.
Walker la observó un segundo más de lo necesario.
Había miedo en sus pupilas violetas. Claro que lo había. Pero también había algo más: determinación y tuvo que reconocer que le gustaba y mucho.
—Suba —ordenó, extendiéndole la mano.
Marinela vaciló apenas un instante antes de aceptar. Sus dedos encajaron en la palma grande y callosa de él. El contacto fue eléctrico. Él la alzó con facilidad y la acomodó delante de él en la montura.
Demasiado cerca.
Podía sentir la firmeza de su pecho en su espalda. El calor de su cuerpo atravesaba la tela delgada de su blusa. El caballo arrancó y el mundo comenzó a sacudirse bajo ellos.
El paisaje se volvió una ráfaga de polvo y sol.
El viento le azotaba el rostro, le arrancaba lágrimas involuntarias. Marinela se aferró a la crin del animal al principio, pero el trote se volvió galope y perdió estabilidad. Sin opción, llevó las manos hacia atrás… y se sostuvo del brazo de Walker.
Él sintió el gesto y su sonrisa ladea asomo por un instante, sin embargo, no dijo nada.
El lindero norte apareció como una herida abierta en la tierra. Dos postes arrancados. Alambre cortado con precisión. Huellas profundas de neumáticos que se internaban hacia una arboleda.
Walker detuvo el caballo en seco.
—Baja —dijo sin titubeos.
Marinela descendió con torpeza, pero esta vez no cayó. El miedo le había tensado cada músculo. Dolían y esta sensación le hacia olvidar el peligro de la situación que se les avecina.
Se agachó junto a la cerca caída.
—No fue improvisado —murmuró pensativa, tocando el corte limpio del alambre—. Esto no se rompe así solo.
Walker la miró de reojo. No era la misma joven altanera que exigía que le cargaran maletas.
—No —confirmó—. Fue alguien que sabía lo que hacía.
Un crujido seco rompió el silencio.
Ambos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Movimiento entre los árboles.
Walker reaccionó primero. Sacó el arma que llevaba en la cintura, sin teatralidad, sin amenaza innecesaria. Su cuerpo se tensó, protegiéndola instintivamente.
—Quédate detrás de mí —ordenó en voz baja.
El corazón de Marinela golpeaba contra sus costillas con violencia. No era un juego. No era una prueba absurda de ubres o cercas. Era real.
Volvió a escucharse el crujido.
Y luego, un mugido desesperado.
Una res salió disparada desde la arboleda, seguida por otra. No eran ladrones. Era peor.
El ganado estaba desorientado, alterado. Algo los había espantado.
—¡Retrocede! —gritó Walker muy tarde al ver que se les aproxima una estampida.
Demasiado tarde.
Tres vacas irrumpieron en estampida, levantando una nube densa de polvo. Marinela quedó congelada, el suelo vibrando bajo sus pies.
Walker la empujó con fuerza hacia un costado, rodando ambos fuera de la trayectoria del ganado. El aliento se le escapó cuando su espalda golpeó la tierra.
La manada pasó a metros, furiosa.
Cuando el estruendo cesó, solo quedó el jadeo entrecortado de ella… y el peso de él sobre su cuerpo.
Sus rostros estaban a centímetros.
El polvo se había adherido a la piel húmeda de Marinela. Sus labios temblaban apenas. Walker sostenía su cintura para evitar que se incorporara demasiado rápido.
Sus miradas chocaron.
No había burla ahora.
Había algo más crudo.
—¿Estás herida? —preguntó él, con una voz que ya no tenía filo.
Editado: 02.03.2026