Sin límites

Capítulo 10

El polvo todavía flotaba en el aire cuando Walker montó de nuevo.

No miró a Marinela al ofrecerle la mano esta vez.

Simplemente la sostuvo abierta.

Ella dudó una fracción de segundo. No por orgullo. Por lo que esa mano representaba.

Confianza y golpeteo fuerte en su pecho le inquietaba. ella no podía fijarse en ese hombre. ella debía verlo como su enemigo y no como algo más….

La tomó.

Subió con menos torpeza que antes. Sus piernas aún temblaban por la estampida, pero no iba a permitir que él lo notara. Se acomodó delante de él. La cercanía volvió a tensar el aire entre ambos, aunque ahora no era provocación lo que ardía, sino algo más peligroso: conciencia.

Walker espoleó el caballo.

—Vamos al camino viejo.

El animal respondió con un relincho corto y arrancó.

El trayecto fue más silencioso que el anterior. El viento silbaba entre los árboles, arrastrando hojas secas. Marinela podía sentir el pecho de Walker expandirse y contraerse detrás de ella, firme, controlado. Pero la rigidez en su brazo, el que sostenía las riendas, delataba algo más que concentración.

Estaba enfadado.

No con ella.

Con quien hubiera osado entrar a su tierra.

El camino viejo apareció entre los matorrales como una cicatriz olvidada. Era estrecho, con rodadas profundas marcadas en la tierra húmeda. Huellas recientes.

Walker desmontó sin hablar.

Mario apareció desde el otro extremo, sudoroso.

—Se internaron hacia el cañadón —informó—. No son aficionados. El peso del vehículo era alto. Camioneta grande. Quizá dos.

Walker se agachó, tocó el barro con los dedos, lo frotó entre ellos.

—Salieron antes del amanecer —murmuró—. El suelo aún conserva humedad en el fondo de la marca.

Marinela observaba en silencio. No entendía de rastreo, pero entendía de estrategia. Y aquello no era improvisado.

Se inclinó, examinando una rama rota a un costado.

—Aquí hubo alguien a pie —dijo.

Walker la miró.

—¿Cómo lo sabes?

Ella señaló el tallo.

—La fractura es lateral. No la aplastó un neumático. Fue una bota… o alguien que se movía rápido.

Walker sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.

No era solo determinación lo que tenía esa mujer.

Era cabeza y tal vez hasta un corazón, que le pareció deseable.

Mario carraspeó.

—Señor… si cruzaron hacia el cañadón, pudieron haber pasado al terreno de Luján.

El nombre cayó como una piedra.

Walker se enderezó despacio.

—No —respondió con calma tensa—. Luján no se atrevería.

Pero no sonó convencido.

Marinela sintió el cambio. La tensión dejó de ser externa. Se volvió política.

—¿Quién es Luján? —preguntó.

Walker montó de nuevo.

—Un vecino con más ambición que ganado.

—Y menos escrúpulos —añadió Mario.

Walker lanzó una mirada que lo silenció.

—No acusemos sin pruebas.

Pero su mandíbula estaba rígida.

El cañadón descendía en una pendiente abrupta, cubierta de maleza espesa. El arroyo serpenteaba al fondo, brillando bajo la luz del mediodía.

Walker dejó el caballo atado en la parte alta.

—Desde aquí seguimos a pie.

Marinela tragó saliva. El terreno era inestable. Resbaladizo.

—Si bajamos, quedamos expuestos —advirtió ella.

Walker giró la cabeza, sorprendido.

—¿A qué?

—A cualquiera que esté observando desde arriba.

Él escaneó el borde contrario.

Tenía razón.

Mario descendía ya con cautela.

—Si hay alguien, no se mostrará —murmuró Walker—. Esto es advertencia, no emboscada.

Pero la mano no se separó del arma.

El descenso fue lento. Piedras sueltas rodaban bajo sus botas. Marinela perdió equilibrio una vez debido a los zapatos pocos aptos para ese tipo de terreno; Walker la sostuvo por la cintura con un movimiento rápido, firme.

El contacto fue breve.

Pero intenso.

Cuando llegaron al fondo, el aire era más frío. Húmedo. El murmullo del agua se mezclaba con el zumbido de insectos.

Y entonces lo vieron.

Una de las reses.

Atada a un árbol.

Viva.

Pero marcada.

Un símbolo quemado en el lomo.

La piel aún humeaba.

Marinela sintió que el estómago se le contraía.

—Dios…

Walker avanzó despacio. La vaca respiraba agitada, ojos desorbitados.

El símbolo era claro. No era una marca de hierro tradicional.

Era un mensaje.

Un círculo atravesado por una línea vertical.

Mario soltó una maldición.

—Eso es de Luján.

Walker se quedó inmóvil.

El agua del arroyo corría como si nada.

Pero dentro de él, algo ardía.

Se acercó al animal, cortó la cuerda con precisión y examinó la quemadura.

—No es para robar ganado —dijo en voz baja—. Es para humillar.

Marinela dio un paso adelante.

—¿Por qué no se lo llevaron?

Walker levantó la vista.

—Porque querían que lo encontrara.

El silencio pesó.

Marinela miró el símbolo.

No entendía la guerra rural, pero entendía el orgullo masculino herido. El desafío.

—¿Qué va a hacer?

Walker se puso de pie.

Sus ojos estaban oscuros.

—Responder.

Mario asintió de inmediato.

Pero Marinela dio un paso frente a él.

—No.

Walker parpadeó.

—¿No?

—Eso es lo que quieren. Que reaccione. Que cruce el límite. Si lo hace, se convierte en agresor.

Mario soltó una risa incrédula.

—Señorita, esto no es un salón de debates.

Ella lo ignoró.

Sus ojos seguían clavados en Walker.

—Si Luján lo provoca públicamente y usted responde sin pruebas, la comunidad tomará partido. Y no todos estarán con usted.

Walker sostuvo su mirada.

El viento movía el cabello de ella, pegándolo a su mejilla sudorosa. Sus pupilas violetas ardían con intensidad.

No estaba temblando.

Estaba pensando.

—¿Y qué propone? —preguntó él.




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