Sin límites

capítulo 12

La noche cayó sobre el rancho El Crepúsculo con una lentitud engañosa.

Desde la galería, el horizonte parecía en calma. Un cielo oscuro, profundo, tachonado de estrellas. El viento apenas movía las copas de los álamos. El mundo exterior fingía normalidad.

Pero dentro de la casa grande, nada estaba en calma.

Walker permanecía inclinado sobre la mesa del comedor, ahora convertida en centro de estrategia. Un mapa extendido ocupaba casi toda la superficie. Había marcas nuevas en lápiz, líneas rectas, círculos, anotaciones rápidas. El lindero norte estaba señalado con fuerza excesiva, como si el grafito pudiera perforar el papel.

Mario apoyaba ambas manos sobre la madera, serio.

—No fue improvisado, señor. El disparo fue de advertencia… pero el siguiente no lo habría sido.

Walker no levantó la vista.

—Lo sé.

Su voz era baja. Controlada. Pero había algo denso debajo. Algo que ardía.

Al otro lado de la habitación, apoyada en el marco de la puerta, Marinela observaba en silencio.

Había cambiado la ropa por un vestido sencillo de algodón. El cabello recogido en una trenza suelta. Sin joyas. Sin maquillaje. El rostro aún conservaba el rastro del día: una leve marca en el pómulo, una sombra de agotamiento bajo los ojos violetas.

Pero su postura no era la de una invitada, era la de alguien que había decidido quedarse sin importarle el riesgo o el peligro.

—Si querían intimidar —dijo ella finalmente—, no eligieron mal el momento.

Walker levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

El aire entre ambos vibró con algo que ninguno quería nombrar.

—Habla —ordenó él, sin dureza.

Mario miró a la joven, todavía incrédulo de que ella participara en una reunión así.

Marinela se acercó a la mesa. Señaló el mapa.

—Primero sabotean la cerca. Después marcan una res con un símbolo. Luego disparan. No es escalada impulsiva… es progresión.

Walker la observaba sin pestañear.

—Continúa.

—Están midiendo su reacción. Si usted responde atacando, se convierte en el agresor. Si no responde, parece débil. Quieren obligarlo a cometer un error visible.

Mario frunció el ceño.

—¿Y entonces qué propone? ¿Invitarlos a cenar?

Marinela no lo miró, pero sonrió de medio lado.

—Propongo que dejemos que crean que estamos desorganizados.

Walker apoyó lentamente el lápiz sobre la mesa.

—Explícate.

Ella inhaló.

Sentía su mirada sobre la piel y el ardor de ese fuego que le transmitía. Como si pudiera tocarla sin moverse.

—Que piensen que el disparo lo desestabilizó. Que usted está reaccionando con rabia. Moviendo hombres sin plan. Que no sospecha nada concreto.

Walker ladeó la cabeza.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, los vigilamos. No el lindero norte. Eso es lo obvio. Vigilamos los caminos secundarios. Las entradas menos visibles. El arroyo más abajo del cañadón. Si vuelven, no lo harán por donde ya los vimos. Eso seria algo tonto y además ellos quedarían descubiertos

El silencio fue espeso entre los dos hombres que la escuchan con mucha atención.

Mario miró a Walker.

Walker seguía mirándola a ella.

—Tienes experiencia en esto —dijo al fin, no como pregunta.

Marinela sostuvo la mirada.

—Tengo experiencia en sobrevivir a hombres que creen que siempre tienen la razón- dijo con cierta burla.

Algo cruzó por el rostro de él. Algo oscuro. Personal.

Mario carraspeó inquieto por el ambiente cortante, frio.

—Señor… puedo organizar dos hombres en el sur y uno cerca del molino viejo.

Walker asintió sin apartar los ojos de Marinela.

—Hazlo. Y que nadie dispare a menos que yo lo ordene.

Mario salió.

El silencio quedó suspendido.

Sólo ellos dos.

El mapa entre ambos.

La noche más allá de las ventanas.

Walker rodeó la mesa lentamente.

Cada paso medido.

Marinela no retrocedió, no podía. Era como si estuviera fija en el suelo.

—Hoy pudiste haber muerto —dijo él, deteniéndose frente a ella.

No era reproche. Era hecho.

—Tú también —respondió ella tranquila.

Sus dedos aún recordaban la sangre caliente en su hombro.

Walker alzó la mano, como si fuera a tocarle el rostro. Se detuvo a medio camino.

—No te quedes si esto te supera- dijo para hacerla huir.

—No me supera- ella solo sonrió al responder.

Él la miró más de cerca.

—Estabas temblando en el arroyo.

—Y aun así lancé una piedra.

Una sombra de sonrisa cruzó la boca de Walker.

—Sí.

El aire se volvió más denso.

Más íntimo.

—No me utilice como excusa para ser imprudente —susurró ella.

Él dio un paso más.

Ahora la mesa ya no existía entre ellos. La distancia poco a poco desaparecía.

—Y tú no me des órdenes en mi propia casa.

La tensión subió como una llama lenta.

Marinela inclinó apenas el mentón.

—Entonces deje de tratarme como si fuera un estorbo. Una tonta incapaz.

Walker respiró hondo. La tenía demasiado cerca y ella lo enloquecía de deseo.

Podía oler su piel. El jabón simple. El rastro leve de sudor que aún no se había ido del todo. Algo dulce debajo.

Su voz bajó.

—No eres un estorbo.

El corazón de ella se descompasó.

—Entonces deje de intentar asustarme para que me vaya.

Un silencio largo los envolvió.

Él sostuvo su mirada.

—Si quisiera asustarte… lo sabrías.

La electricidad entre ambos cambió.

Ya no era confrontación.

Era otra cosa.

Marinela sintió el calor subirle por el cuello.

—¿Eso es una amenaza?

Walker inclinó el rostro apenas más cerca.

—Es una advertencia.

Y entonces, sin tocarla, se apartó.

—Quédate dentro esta noche.

Salió del comedor.

Ella permaneció quieta con su pulso aún más acelerado.

No sabía si estaba más furiosa… o más consciente de él.




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