Sin límites

Capítulo 13

Walker está nervioso y preocupado por lo que está pasando, pero aún más por lo que siente por esa mujer que necesita sacarla lo más pronto del rancho El Crepúsculo, sin embargo, esa idea poco a poco va despareciendo de su mente.

Horas más tarde, la oscuridad era completa y el rancho parecía dormido, aunque no lo estaba.

Walker meditaba sobre las palabras de la bella joven por eso tomo la decisión de vigilar y estaba apostado en la parte baja del terreno, cerca del viejo molino. Sin lámparas. Sin ruido. Sólo el caballo atado más atrás y el rifle apoyado contra su hombro.

El viento traía olor a tierra húmeda y también a algo más.

Humo.

Sus ojos se afilaron rodeando el lugar, no era del molino que provenía el humo sino del granero. Unos de sus graneros cerca a los establos de los potros.

Sin pensar se giró bruscamente y fue cuando divisó una luz naranja que titilaba en la distancia.

—Malditos…— exclamó furioso.

Montó de un salto y el caballo emprendió la carrera. El viento golpeó su rostro mientras galopaba hacia la casa.

Las llamas comenzaron a alzarse cuando llegó. El granero estaba ardiendo. El fuego furioso lamía las vigas secas como si las conociera de memoria.

—¡Agua! —rugió mientras desmontaba a toda prisa—. ¡Despierten a todos!

Hombres salieron corriendo al escuchar la campana que los alertaba de algún peligro.

Y en segundos los hombres cargaban cubos con agua y corrían de un lado a otro.

Gritos.

El humo era espeso, sofocante y fue ahí el corazón de Walker se detuvo cuando la vio.

Marinela.

Corriendo hacia el establo menor, abriendo camino en medio de las personas con la intención de entrar al establo.

—¡¿Qué demonios haces?! —bramó él al tenerla cerca.

—¡Hay un potro dentro! — angustiada gritó ella para hacerse oír.

El fuego crepitaba con violencia, mientras que el techo comenzaba a ceder.

Walker maldijo al saber la intención de la chica. Sin perder tiempo la alcanzó antes de que cruzara la puerta.

La sujetó por el brazo.

—¡No entres! Es muy peligroso— dijo furioso.

Ella forcejeó frenética.

—¡Lo van a dejar morir!

Un relincho desesperado cortó el aire. Walker apretó la mandíbula.

El calor era brutal y el humo, asfixiante. Todo era un infierno

—Quédate aquí —ordenó.

Ella lo miró, furiosa. ¿Por qué siempre la tenía que tratar como si fuera una inútil?

—No soy de cristal— protestó.

Pero él ya se había soltado y entró.

Las llamas avanzaban por una pared lateral. El potro estaba atrapado entre una viga caída y una puerta trabada.

Walker se cubrió la boca con la manga y avanzó a duras penas.

El animal pateaba, aterrorizado.

Una chispa cayó sobre su hombro quemando su camisa, sin embrago, ignoró el ardor de la quemadura.

Empujó la viga, pero era muy grande y pesada y no cedía.

—Vamos… —gruñó.

El humo llenaba sus pulmones y pudo escuchar cuando otra viga crujió y fue ahí cuando la vio.

Marinela entró corriendo hacia él.

—¡Te dije que no entraras! — protestó el hombre mientras empujaba con todas sus fuerzas y soportaba el dolor.

—¡Cállese y ayude!

Se colocó del otro lado y sus manos pequeñas, pero firmes empujaron con fuerza. El crepitar del fuego y los gritos de los demás los impulsaba a seguir luchando. Y después de tanto esfuerzo la viga cedió lo suficiente para que ellos liberaran la puerta y el potro salió disparado.

Un estruendo seco se dejó oír y parte del techo colapsó detrás de la pareja. En segundos todo se vino abajo, y con rapidez Walker la empujó hacia la salida.

Rodaron fuera.

El aire frío golpeó sus rostros calientes y cubiertos de hollín, mientras que el fuego seguía rugiendo, al igual que los gritos de los trabajadores.

Pero el establo menor ya estaba vacío, solo era material lo que se perdía y no vidas.

Ella tosía y trataba de llenar sus pulmones con aire fresco.

Él se inclinó sobre ella.

—¿Estás loca? — le dijo angustiado y al mismo tiempo sorprendido por su valentía

—Tal vez— ella solo torció el gesto para esconder una sonrisa de satisfacción. Deseaba que él la viera con otros ojos, que la viera como la mujer que era.

Sus miradas chocaron. Sus rostros estaban tan cerca, solo a centímetros, podían saborearse aun sin tocarse.

Él se perdió en su mirada. El reflejo de las llamas danzaba en sus pupilas violetas. Parecía un festín de alguna fiesta pagana y ella era la diosa a la que le celebraban.

Walker sintió algo romperse dentro. El hielo que cubre su corazón por el daño de Dalila comenzó a resquebrajarse, y era amenazante ese descubrimiento.

No era solo deseo, sentía miedo. Un miedo real de perderla.

Respiró profundo sin dejar de mirar esos ojos violetas, con su fuerte mano la sostuvo por la nuca. No como dominio sino como el ancla que necesitaba para calmar su vida, su corazón.

—Si te hubiera pasado algo…

Ella lo miró con su corazón latiendo con fuerza. Sin burla y por primera vez sin desafío.

—No me pasó— trató de tranquilizarlo. Su respiración se mezclaba con la de él.

Todo dejó de existir. El calor del incendio. El frío de la noche. El temblor de lo descubierto.

Y entonces, sin planearlo, él rozó su frente con la de ella.

Un contacto leve e íntimo y muy intenso.

El mundo alrededor era caos, pero ese segundo fue silencio.

Hasta que Mario gritó:

—¡Señor! ¡El incendio es intencional! ¡Hay aceite en la pared trasera!

Walker se separó. La realidad volvió con violencia y se puso de pie separándose de la chica que temblaba.

—Cierren las entradas. Que nadie salga ni entre.

Sus ojos buscaron la oscuridad más allá de las llamas.

Alguien los observaba y él lo sabía. Todo había cambiado, ya no era advertencia. Era una guerra abierta.

Marinela se incorporó. Sus manos aun temblando y con su vestido manchado de ceniza. Con pasos lentos y pesados caminó hasta él.




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