Sin límites

Capítulo 15

El olor a pólvora como el disparo aún parecía vibrar en el aire cuando el eco terminó de morir entre los árboles.

El peón yacía inmóvil junto a la camioneta ladeada. La sangre oscurecía la tierra bajo su cabeza. Walker no bajó el arma de inmediato. Sus ojos recorrían la ladera como cuchillas, buscando el mínimo movimiento, la sombra que respirara diferente a ellos.

—No fue Luján —murmuró Marinela detrás de él, la voz más firme de lo que se sentía por dentro.

Walker no respondió. Su mandíbula estaba rígida, el pulso apenas perceptible en el cuello. Dio dos pasos más, revisó el cuerpo con rapidez. Sin teatralidad. Sin compasión.

—Le dispararon para callarlo —dijo al fin.

Mario llegó jadeando, arma en mano.

—Señor… el tirador estaba en lo alto. Usó la oscuridad como cobertura, aquí somos blanco facil.

Walker levantó la vista hacia la arboleda superior. Una leve ondulación en las copas delataba el viento… o algo más.

—Nos miraban desde antes de que lo bajáramos del vehículo.

Marinela sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la noche ni con el frio. Se acercó despacio, observando el rostro del muerto.

—Dijo “del que viene después”- murmuró en voz baja, pero audible

Walker la miró por primera vez desde el disparo. El brillo en sus ojos no era rabia. Era cálculo.

—Eso no fue improvisado —continuó ella—. Nos trajeron hasta aquí. ¿Para qué?

—Para medir mi reacción y las de mis hombres—completó él.

Silencio.

El olor a pólvora aún flotaba.

Mario tragó saliva.

—¿Qué hacemos con el cuerpo? - preguntó sin quitar la vista de la arboleda que demarca con finura la sabana-. No lo podemos dejar aquí. Los buitres harían fiesta.

Walker respiró hondo.

—Lo llevamos al rancho. Nadie toca nada hasta que yo lo diga- la orden fue dada.

Se inclinó, tomó al hombre por el abrigo. Marinela se agachó del otro lado sin pedir permiso.

—No —ordenó Walker.

—No soy de cristal —replicó ella, mirándolo directo a los ojos.

Sus dedos se rozaron al levantar el peso muerto. El contacto fue breve, pero lo suficiente para que algo eléctrico cruzara entre ellos. No era el momento, y sin embargo el cuerpo no entiende de guerras ni estrategias.

Subieron al caballo juntos. El cuerpo fue asegurado sobre la camioneta dañada que Mario conduciría de regreso. El trayecto fue silencioso, pero no vacío.

Marinela no se aferró por miedo esta vez. Se sostuvo con firmeza en el torso de Walker, sus manos abiertas sobre su pecho. Sentía la respiración de él, profunda, medida. Bajo la tela, su corazón golpeaba con fuerza constante.

—No puedes enfrentarte a esto solo —susurró ella, casi pegada a su oído.

—No estoy solo —repitió él.

Pero el tono ya no era desafiante ni vulnerable.

El rancho apareció entre sombras y brasas. El granero aún humeaba, los hombres seguían apagando los últimos focos de fuego. Cuando vieron la camioneta y el cuerpo, el murmullo se extendió como pólvora.

Elena salió al portal. Su mirada pasó del cadáver a Walker.

—Esto se salió de las manos.

—No —corrigió él—. Esto apenas empieza.

La reunión se improvisó en la casa grande. Caporales, peones de confianza y Mario. El cuerpo fue cubierto en el patio trasero.

Marinela permaneció de pie junto a la ventana. Nadie la invitó a quedarse. Nadie le pidió que se fuera.

Walker apoyó las manos sobre la mesa.

—No fue Luján directamente. Lo están usando… o lo están superando.

—¿Superando? —preguntó uno de los hombres.

—El símbolo era provocación. El incendio fue presión. El disparo… limpieza.

Silencio.

—¿Quién viene después? —preguntó Mario.

Walker negó lentamente.

—Alguien que no quiere solo ganado.

Los hombres intercambiaron miradas inquietas.

—Quiere territorio —dijo Marinela desde la ventana. Era algo que había visto en muchas ocasiones. En las selvas de concreto. El poder y el dinero lo era todo.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Walker no la interrumpió.

—Si desestabilizan este rancho —continuó ella segura de sí misma—, si lo hacen parecer débil o imprudente… lo aíslan. Y luego lo compran, lo toman o en peores ocasiones los destruyen.

Uno de los caporales frunció el ceño.

—Eso suena a guerra organizada.

Walker asintió apenas. La mujer sabia de estrategia.

—Lo es- confirmó el dueño del rancho.

Se hizo un silencio más pesado que el anterior.

—Desde esta noche —ordenó él—, turnos dobles. Nadie patrulla solo. Las entradas quedan vigiladas. Y nadie habla en el pueblo de lo que pasó.

—¿Y Luján? —insistió Mario.

Walker lo miró.

—Mañana voy a verlo. Quiero saber que esta pensando ese hombre o mejor aun con quien se está aliando

Un murmullo se levantó. Ninguno de los hombres estaba de acuerdo de entrar la la boca del lobo.

Marinela dio un paso adelante.

—No vayas a confrontarlo y mucho menos solo- dijo la chica.

Walker giró hacia ella, ofuscado por la situación.

—Entonces… ¿qué propones? - le preguntó algo intrigado por el comportamiento de la mujer.

—Ve a observarlo- dijo ella con una sonrisa maliciosa en su rostro.

Él le sostuvo la mirada entendiendo lo que implica sus palabras.

—Si esto lo supera, y también está en riesgo. Y si ese hombre está involucrado… lo sabrás por cómo reaccione al cuerpo.

El silencio se hizo expectante.

Walker tomó la decisión sin apartar los ojos de ella.

—Mario, prepara el caballo temprano.

La reunión se disolvió.

Horas después, el rancho parecía finalmente en calma.

Marinela no podía dormir.

Se quitó el vestido manchado de hollín y sangre, se lavó el rostro con agua fría. El reflejo en el espejo mostraba a una mujer distinta. No la heredera sofisticada. No la joven desafiante y caprichosa. Ahora había una mujer que había visto morir a un hombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.