Ella aún estaba con su ropa interior cuando la puerta se abrió dando paso a ese hombre que la atormenta a toda hora y sobre todo por los sentimientos que despierta en ella. Abrió enorme los ojos al verlo delante de ella. Él se había quitado la camisa y tenía una venda improvisada rodeaba su hombro herido. La luz de la lámpara delineaba cada músculo, cada tensión contenida.
Marinela tragó saliva de manera involuntaria y sin perder el aplomo agarro lo miro que vio para cubrirse.
—¿Qué haces aquí? — le preguntó la mujer.
—Necesito saber algo— sus ojos oscuros solo la miraron y en silencio se acercó despacio. Era como si hubiera visto una vaca o un ternero, ella no vio ninguna emoción al verla casi desnuda. Esto la desilusionó y se regañó de manera mental— ¡Tonta!
Él solo caminó más cerca de ella.
—Cuando dijiste que conocías hombres orgullosos que se destruyen solos… ¿hablabas de tu padre?
El silencio se cargó de pasado, un pasado que pesa sobre sus hombros.
Ella sostuvo su mirada.
—Sí— dijo sin tapujo.
Walker dio un paso más. Esta fascinado con la actitud de la mujer. Nunca se hace pasar por mojigata y eso le gusta.
—¿Y de qué lo destruyeron? — insistió.
Marinela solo dejo escapar un largo y cansado suspiro.
—De creerse invencible— al decir las palabras una mueca asomo en su bello rostro.
Ahora Walker esta casi sobre ella y sus respiraciones se mezclaron.
—No quiero que hagas lo mismo— el joven trago con fuerza.
Él alzó la mano, dudó… y finalmente rozó su mejilla con los dedos. No como dueño, sino como quien comprueba que algo es real. Ella era realmente preciosa tanto por dentro como por fuera.
—No me compares con él— gruñó el hombre.
Ella, solo respingo nerviosa por su tacto. Sus manos eran callosas, pero se movía con delicadeza.
—No lo hago— musitó.
Su pulgar bajó hasta el borde de su mandíbula. Lento y muy deliberado. La deseaba con locura, pero se ponía límites.
—Entonces no me mires como si estuviera a punto de perderlo todo— su mano tibia seguía en su rostro, torturándola de manera provocadora.
Ella cerró los ojos un segundo. Sintió el calor de su mano, la firmeza contenida.
—Porque lo estás —susurró.
Sus labios quedaron a centímetros.
El deseo no era urgente. Era profundo. Cargado de todo lo que no podían permitirse ninguno de los dos.
Walker apoyó la frente en la de ella. Igual que en el incendio. Pero ahora no había fuego externo que los distrajera.
—En pocos meses me caso con una Lennox.
Ella abrió los ojos llena de sorpresa, pero de igual manera disimulo.
—Lo sé— mintió.
—Y tú eres una Lennox— replico9 el hombre, rogando desde muy al fondo que no fuera ella.
—No la que eligieron para ti— respondió con extrema dulzura.
El aire se volvió más denso.
—No me provoques —advirtió él.
—No te estoy provocando— sonrió.
Su mano descendió por su cuello, apenas rozando. La piel de ella se erizó bajo el contacto.
Walker cerró los ojos, conteniendo algo más grande que el deseo.
—Si cruzo esa línea…
—La guerra no será solo afuera, si no….
Silencio.
Un golpe seco resonó en el patio y ambos se separaron de inmediato, perdiéndose de inmediato aquella atmosfera intima sugerente a toda intimidad, tanto de cuerpo como de alma.
Gritos.
Walker salió primero. Marinela lo siguió sin pensar.
En el patio trasero, la lona que cubría el cuerpo estaba en el suelo y para sorpresa de todos vacía.
Mario corría hacia la puerta abierta del corral.
—¡Se llevaron el cadáver! — gritó a todo pulmón.
Walker maldijo en palabras confusas.
—¿Cómo? – logró preguntar a Mario que está cerca de ellos.
—Dos hombres salieron en medio de la oscuridad. Se aprovecharon del cambio de turno.
Marinela sintió la comprensión como un disparo interno.
—No querían que hablara… ni muerto.
Walker giró hacia ella.
—Quieren borrar pruebas. Dejarnos sin ningún tipo de defensa— argumento Walker.
Un disparo estalló desde el perímetro y los hombres de inmediato que tienen los nervios afilados les respondieron.
La noche volvió a arder en tensión.
Walker tomó el rifle de un peón y verificó que tuviera los cartuchos. Caminó a prisa y miró a la joven que lo seguía de cerca.
—Quédate en la casa— le ordenó.
Pero la mujer no está dispuesta que la hagan a un lado.
—No— contestó sin impórtale las palabras de él, tomó una pistola del cinturón de Mario y lo siguió.
—Marinela— protestó el vaquero furioso con ella.
—No me dejes otra vez— le sostuvo la mirada.
La mirada que intercambiaron fue intensa, cargada de todo lo no dicho.
—Entonces no te apartes de mí —cedió él.
Se movieron hacia el corral. Sombras entre las cercas. Un hombre saltó la valla.
Walker disparó al suelo, cortando la huida.
El intruso giró, apuntó.
El mundo se redujo a dos respiraciones.
Marinela vio el brillo del arma antes que Walker.
—¡George!
Lo empujó.
El disparo rozó el aire donde él estaba un segundo ante. Walker reaccionó con precisión brutal.
Un tiro y el hombre cayó.
Silencio.
El olor a metal volvió a invadirlo todo.
Walker bajó el arma lentamente. Se volvió hacia ella.
—¿Estás herida?
Ella negó. Las manos le temblaban.
Él la sujetó por los hombros.
—No vuelvas a hacer eso.
—Te salvé.
—Y casi te expones.
Sus respiraciones chocaban.
—No puedo quedarme mirando mientras te disparan— dijo casi para sí misma.
La intensidad en sus ojos era casi insoportable.
Walker deslizó las manos desde sus hombros hasta su cintura. No como posesión. Como ancla.
—Esto se está acercando demasiado a ti.
—Ya estoy dentro.
Un instante más y el límite volvió a desdibujarse.
Pero Mario interrumpió.