Sin mi ayer

Capítulo 17: Caleidoscopio

No volví a ver a Miguel durante algún tiempo. Luego del día en el que aparentemente el espíritu de su esposa me había echado de su apartamento, Miguel había dejado de responder mis mensajes y tampoco asistía a la terapia de grupo. Yo no me había atrevido a volver a su edificio, porque me dolía en lo más profundo de mi alma la forma en la que me había tratado. Sin embargo, tenía ganas de conversar con él sobre lo que había visto. No podía tratarse de alucinaciones suyas simplemente porque yo también había visto a su esposa o por lo menos eso creía en ese momento.

Aunque al principio me había asustado percibir el fantasma de la mujer, aquel suceso había despertado cierta esperanza en mí. Si los familiares de Miguel podían estar presentes en su vida, entonces quizá mi padre también me podía escuchar. Si bien el espíritu de mi padre no se había manifestado, comencé a sentir que cuidaba de mi familia y de mí.

Durante aquellas semanas salía a diario a buscar empleo. Me había propuesto como meta intentar convertirme en una persona más independiente y consideraba que el primer paso para lograrlo era conseguir un trabajo. Envié a hacer fotocopias de mi currículum y las llevé a casi todos los comercios de la zona.

Una mañana sonó mi teléfono y me informó un hombre con voz de fumador que estaba interesado en mi perfil y me ofrecía una entrevista laboral para el puesto de mesera en un bar. Arreglamos para que fuese ese mismo día a las siete de la tarde.

No lo podía creer. Estaba tan emocionada que le mandé un mensaje a mi madre y a Samuel. Ella me respondió con un corazón y un mensaje de felicitación. Mi hermano me envió desde el colegio una carita sonriente.

No sabía nada sobre ser camarera, pero Miguel me había descrito como una persona sociable con mucha facilidad para aprender y emprender nuevos desafíos, así que decidí adaptarme a la imagen que él tenía de mí. Me pasé el resto de la tarde jugando con una bandeja y la vajilla de mi madre. Iba y venía llevando platos y vasos y regalando mi mejor sonrisa a comensales imaginarios. Quería estar preparada.

Mi psicólogo me había advertido que podría tener que pasar por varias entrevistas en diferentes lugares hasta que pudiese conseguir un empleo estable, por lo que no tenía que tener demasiadas expectativas ante el primer llamado, pero era demasiado tarde. Ya me había hecho muchas ilusiones de que me contratasen.

Cuando mi madre llegó a casa junto con Samuel y Ariana, me entregó algunas bolsas con el logo de una tienda de ropa conocida. Yo estaba radiante y la abracé procurando no despertar a mi bebé que dormía en sus brazos.

—Gracias, mamá. No era necesario.

—Claro que sí. No voy a dejar que mi hija vaya a una entrevista mal vestida.

No pude evitar pensar en lo extraño que resultaba el mundo de los adultos. Cuando alguien necesita encontrar un trabajo, los empleadores en vez de escoger a las personas que necesitan más el salario, tienen en cuenta que se presenten con ropa elegante y que hayan gastado dinero en fotocopias y carpetas.

Llevé las bolsas al sofá y comencé a sacar mis nuevas prendas. Mi mamá me había comprado algunas camisas ajustadas de manga larga, un par de jeans elastizados y unas botas de cuero con las que me vería muy sensual. Estaba feliz con mi regalo. Sabía el sacrificio que hacía mi madre para darnos una buena vida a Samuel, a Ariana y a mí solo con su sueldo de secretaria y la pensión que le había dejado mi padre al morir.

—Te irá bien. Tengo un buen presentimiento, Leda.

Ella colocó su mano en mi hombro y yo le sonreí.

—Eso espero.

—Tranquila. Ve con confianza. ¿Te ayudo a maquillarte?

—Bueno. Gracias.

Noté que mi hermano tenía en la mano algunos juegos de video. Seguramente mi mamá se los acababa de comprar. Se acercó hasta donde estábamos nosotras. Parecía un poco tímido ante el acercamiento, pero dijo:

—¡Qué tengas suerte! Solo intenta no romper todas las copas el primer día —agregó tratando de sonar mordaz y subió a su habitación. Seguramente iría a jugar con su más reciente adquisición.

Al atardecer llegué a la dirección a la que me habían citado. El bar aún no estaba abierto, pero me esperaba en la puerta un hombre calvo con la piel de sus brazos completamente cubierta de tatuajes. Estaba fumando debajo de un cartel psicodélico que anunciaba el nombre del bar: Caleidoscopio.

—Leda Liebert, ¿verdad? —preguntó mientras yo me dirigía hacia donde él se encontraba.

—La misma —respondí asintiendo levemente con la cabeza.

—Soy Gustavo Márquez, puedes llamarme Gus. Para serte franco, estoy buscando alguien con poca experiencia laboral porque acabo de invertir todo mi dinero en comprar este sitio y de momento el sueldo que te puedo ofrecer es una porquería, pero las propinas suelen ser buenas. Va a depender mucho de cómo le caigas a la gente, pero no te preocupes eres bastante bonita, seguramente los muchachos te van a dejar unos cuantos billetes.




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