Sin Obligación

CAPÍTULO 1

EL REINO DE CRISTAL Y NIEVE

Elena

Lo que más me gustaba de Valdonia es el silencio. Mi reino tenía un silencio frío, denso, apenas interrumpido por el crujido sutil de la escarcha que se formaba sobre las hojas de los viñedos. Desde el gran ventanal del castillo de la familia real, el paisaje se desplegaba como un grabado en tonos grises y azucena. Valdonia no es un reino de estridencias ni de lujos escandalosos; nuestra elegancia radicaba en la sobriedad, en las fachadas de piedra clara talladas a mano, en las chimeneas de las que siempre brotaba una delgada columna de humo blanco y en las terrazas de viñas que habían alimentado nuestras arcas por generaciones.

Me ajusté los lentes por el puente, alineando la montura dorada con la comisura de los ojos mientras el reflejo de la pantalla del ordenador parpadeaba frente a mí. La luz verdosa del monitor resaltaba sobre la madera oscura del escritorio del despacho real. Un rumor sutil y rítmico, el zumbido constante del disco duro de la enorme torre beige instalada bajo la mesa, rompió la calma del lugar.

Era casi una ironía: mientras mi mundo personal permanecía congelado en la tradición, la tecnología avanzaba a pasos agigantados. Corría el año 1997, y los balances de exportación del vino de reserva real ya no se asentaban únicamente en gruesos libros de cuero con letras caligráficas, sino en hojas de cálculo electrónicas que yo misma organizaba hasta altas horas de la madrugada.

Revisé la fila final de números. El margen de ganancia de la cosecha del año anterior superaba en un doce por ciento al del trimestre anterior. Sonreí ligeramente, apenas un gesto imperceptible en los labios, y guardé el archivo antes de que el sistema emitiera su clásico chasquido de procesamiento.

Faltaban apenas unas horas para que el sol iluminara por completo los picos nevados y, con él, llegará el inicio de mi cumpleaños número veintiuno.

Para cualquier otra mujer de mi edad, cumplir veintiún años significaba la libertad absoluta, la mayoría de edad social, la oportunidad de tomar las riendas de su vida sin pedir explicaciones a nadie.

Para la Princesa Heredera de Valdonia, significaba exactamente lo contrario: la cuenta regresiva oficial para el cumplimiento de un contrato dinástico. El peso del deber no era una metáfora que leyera en mis libros de historia; era una presencia física, una presión constante en los hombros que me obligaba a mantener la espalda recta, la barbilla levantada y la compostura intacta ante cada mirada de la corte.

Pasé los dedos por el marco superior de mis lentes y me los quité un segundo para frotarme el puente de la nariz. Al abrir los ojos, el mundo a mi alrededor se volvió borroso, una acuarela de sombras y luces suaves. Me gustaba esa sensación momentánea de desconexión, pero duró poco. Me volví a colocar los lentes y la nitidez volvió con fuerza imparable: el sello real en el tintero, las cortinas de terciopelo azul marino, la elegancia impecable y helada de mi encierro de oro.

En solo dos días, las delegaciones oficiales cruzarían la frontera. Las tierras de la costa se reunirían con las tierras de la montaña. Y mi rutina perfecta y controlada cambiaría para siempre.

El crujido leve de la pesada puerta de roble interrumpió la quietud del despacho. No necesité girarme para saber quién entraba; el eco de los pasos suaves pero firmes sobre el parquet pulido era inconfundible.

—Elena, querida, sigues despierta.

La voz de mi padre, el Rey Marcel, traía consigo esa calidez habitual que siempre lograba disipar el frío de la estancia. Cruzó la habitación con su porte erguido y se detuvo a mi lado, apoyando una mano grande y tibia sobre mi hombro. Al mirar su rostro, noté las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, surcos que no ocultaban la mirada de devoción absoluta con la que siempre me observaba.

Para el reino era un soberano firme y un estratega brillante para los negocios vinícolas; para mí, era el padre que se sentaba a escucharme hablar sobre proyecciones financieras con un orgullo que no le cupo jamás en el pecho.

—Solo afinaba los balances de la cosecha tardía antes de que comience el protocolo de mañana, padre —respondí, ofreciéndole una leve sonrisa mientras cerraba la sesión en el ordenador.

—Siempre tan impecable —suspiró, dándome un apretón afectuoso en el hombro—. Pero a veces olvido que dentro de esta brillante economista hay una joven a la que he protegido demasiado. Tu madre ya tiene todo listo para la recepción de mañana. Sabes cómo es.

No hizo falta que dijera más. La Reina Sofía era la personificación misma del rigor y la etiqueta de Valdonia. Para mi madre, una princesa no cometía errores, no mostraba vacilaciones y jamás permitía que una emoción desordenada arruinara la pulcra fachada de la corona.

Fue ella quien moldeó mi postura, quien me enseñó a caminar con gracia medida y quien vigiló de cerca que mi educación no tuviera una sola fisura. Si mi padre era el corazón de mi mundo, mi madre era el armazón de hierro que sostenía la estructura.

—Será mejor que vayas a la cama, Elena.

Me levanté de la silla y crucé junto a mi padre la estancia. En cuanto salimos al pasillo, la figura alta y sobria de la Inspectora Valeria Rivas dio un paso al frente desde la sombra del pasillo. Valeria, mi guardaespaldas personal, vestía su impecable traje oscuro de corte militar. Rara vez hablaba si no era estrictamente necesario, pero su sola presencia transmitía una seguridad absoluta. Con su postura rígida y su mirada analítica, supervisaba cada esquina de la estancia. Jamás le había dado un problema porque yo era la princesa perfecta que no rompía las reglas.




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