Sin Obligación

CAPÍTULO 2

EL HEREDERO DEL SOL

Thiago

—Señor, el capitán informa que atracaremos en el puerto privado de Marvale en diez minutos.

El murmullo respetuoso de la tripulación apenas lograba competir con el rugido sutil de los dos motores diésel del Apolo, el yate de noventa pies que mi familia mantenía atracado en la costa suiza para mis desplazamientos. Cerré el pesado expediente de piel oscura que descansaba sobre mis piernas y dejé escapar un aliento largo, sintiendo el cansancio acumulado de las últimas semanas grabado en la nuca.

Seis años. Seis años exactos desde que abordé aquel avión hacia Europa para cursar mis títulos en Economía Internacional y Gestión Turística.

Los diarios de la alta sociedad europea adoraban catalogarme como el príncipe vividor de la costa mediterránea, el joven heredero que repartía su tiempo entre galas benéficas, regatas de vela y fiestas en villas privadas. La realidad era un poco más árida y bastante menos glamurosa: noventa créditos universitarios aprobados con honores, madrugadas enteras entre manuales de macroeconomía y la presión constante de saber que cada uno de mis pasos estaba diseñado para gobernar.

Me levanté del sillón de cuero del camarote principal y me ajusté los puños de la camisa de lino blanco. Frente al espejo, acomodé el cuello de mi saco azul marino. El sol del Mediterráneo ya empezaba a filtrarse por el ventanal, tiñendo el ambiente con ese tono dorado inconfundible que pertenecía exclusivamente a mi hogar.

Marvale no conocía las sombras ni la rigidez de las montañas. Mi principado era un santuario de turismo de súper lujo, una bahía resguardada de aguas turquesas donde los yates de las fortunas más grandes del mundo flotaban junto a la costa de piedra caliza. Restaurantes de estrellas Michelin, puertos deportivos impecables y un estilo de vida sofisticado, vibrante y vertiginoso donde el dinero y el poder se vestían de seda blanca.

—Dime que al menos dormiste dos horas, Thiago —dijo una voz arrastrada desde la puerta de la cubierta.

Mateo estaba apoyado contra el marco de la puerta, sosteniendo dos tazas de café humeante y un teléfono celular de tapa entre las manos. A sus veintiocho años, mi consejero personal no solo era la mente más afilada en asuntos de cancillería de Marvale, sino la única persona en el principado que se atrevía a hablarme sin el filtro del protocolo. Nos conocíamos desde que teníamos uso de razón.

—Dormiré cuando crucemos la frontera hacia Valdonia —respondí, aceptando el café con un gesto de agradecimiento mientras salíamos a la cubierta superior—. ¿Cómo está la agenda para hoy?

—Tu padre desempolvó a la guardia de honor para la llegada —suspiró Mateo, apoyando los codos sobre la barandilla de teca mientras la brisa marina nos despeinaba el cabello—. La prensa local lleva tres días especulando sobre tu regreso oficial tras culminar las dos carreras. Quieren al heredero brillante, dinámico y sonriente en la portada de los diarios de la tarde. Ah, y tu madre ordenó que tu equipaje vaya directo a las suites del ala este.

El Apolo redujo la marcha al adentrarse en las aguas tranquilas del puerto real. Ante nosotros, la bahía de Marvale se desplegaba en todo su esplendor: las terrazas de mármol del palacio cayendo en cascada hacia el mar, las palmeras meciéndose con la brisa constante y el sol reflejándose en las cristaleras de los hoteles de lujo. Era una estampa perfecta en su belleza.

—Seis años fuera y nada cambia por aquí —comenté, dando un sorbo al café amargo mientras observaba a los fotógrafos agrupados a lo lejos en el muelle privado.

—Todo cambia, Thiago —corrigió Mateo, mirándome de reojo con una sonrisa cargada de intención—. Especialmente las razones por las que volviste. Marvale te esperó seis años, pero el compromiso con las montañas no va a esperar un día más.

Sostuve la mirada de Mateo en silencio mientras el yate se apoyaba contra las defensas del muelle con un choque sutil. Mateo tenía razón. Regresar a Marvale no significaba únicamente tomar las riendas del turismo costero o sonreír ante las cámaras de la prensa.

Significaba que el tiempo de descuento había terminado.

Descendí por la pasarela del yate ajustándome los lentes de sol, mientras el murmullo de los fotógrafos y los flashes resonaban contra las baldosas de mármol del muelle. Pero antes de que Mateo o el equipo de seguridad pudieran marcar el paso hacia la comitiva oficial, dos torbellinos de quince años rompieron el cordón de protocolo.

—¡Llegó el graduado de honor! —exclamó Victoria, lanzándose a mi cuello sin importar los fotógrafos ni la prensa.

—¡Y parece que sobrevivió a los libros y la nieve! —añadió Valentina, rodeándome la cintura un segundo después.

Victoria y Valentina eran la luz incondicional de mis ojos. Nacidas con apenas tres minutos de diferencia, mis hermanas gemelas eran dos gotas de agua en apariencia —ambas con el cabello castaño cobrizo de nuestra madre y los ojos inquietos de los Marvale—, pero dos universos diametralmente opuestos en todo lo demás. Victoria era pura estrategia, perspicaz y analítica desde niña, mientras que Valentina era impulso, arte, de risa escandalosa y energía arrolladora. Verlas correr hacia mí rompía de inmediato cualquier armadura de cansancio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.