LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS
Elena
El crujido de la seda de mi vestido al ajustarse en la cintura era el único sonido que rompía la calma de mi recámara. Beatriz tiró con destreza sutil de las cintas traseras del corsé, asegurando la prenda tal como mi madre exigía para cada acto de representación oficial.
—Un milímetro más a la izquierda y el escote no cumplirá con la etiqueta de la corte de Valdonia, Beatriz —comenté con una sonrisa diminuta, observando mi reflejo en el espejo de tres cuerpos.
—Su Alteza, la Reina Sofía ha inspeccionado este diseño —respondió Beatriz con tono pausado, alisando la caída de la falda de un tono azul medianoche profundamente elegante—. Está impecable. Un equilibrio perfecto entre la dignidad de la corona y la sobriedad de nuestras montañas.
Ajusté con cuidado la montura dorada de mis lentes. Eran de marco amplio y una extensión indiscutible de mí misma; sin ellos, el mundo perdía su nitidez, y en una noche como esta, necesitaba ver cada detalle con una claridad absoluta.
A diferencia de las majestuosas y ruidosas celebraciones de la costa de Marvale, en Valdonia las festividades reales se caracterizaban por un aura de intimidad reservada. No había cientos de invitados ni orquestas estruendosas. El gran jardín de invierno del palacio —una estructura acristalada rodeada de pinos y senderos de piedra pulida— albergaba apenas a una centena de personas: los miembros de ambas familias reales, sus consejeros de mayor confianza, algunos amigos cercanos y un par de ministros de Estado.
La iluminación era tenue, compuesta por decenas de velas de cera de abeja y arañas de cristal que proyectaban destellos cálidos sobre el pavimento de mármol. Al fondo, un cuarteto de cuerda interpretaba melodías suaves.
—¡Elena! —un grito ahogado resonó desde el umbral de la puerta antes de que el sonido de unos zapatos de vestir sobre el parquet anunciara la llegada de mi hermano.
Démian, a sus doce años, luchaba visiblemente contra la rigidez de su primer traje formal de corte militar. Llevaba la corbata ligeramente torcida y los bolsillos sospechosamente abultados.
—Démian, si mi madre descubre que llevas frutos secos en los bolsillos, te enviará a la biblioteca hasta el próximo año —lo advertí con ternura, inclinándome ligeramente para enderezarle el nudo de la corbata.
—Es para los ciervos del jardín posterior —protestó él en voz baja, haciendo un gesto de incomodidad mientras me miraba de arriba abajo—. Estás muy bonita, Lena. Pareces una reina de verdad, aunque con tus lentes de siempre.
—Los lentes se quedan, Démian —sonreí, dándole un apretón cariñoso en las mejillas antes de ponerme de pie—. Acompáñame abajo antes de que el protocolo determine que vamos tarde.
Al cruzar el pasillo hacia las escaleras principales, sentí la mirada atenta de la inspectora Valeria, situada estratégicamente cerca de la entrada. Un asentimiento casi imperceptible de su parte me confirmó que la seguridad del recinto estaba completamente desplegada.
El jardín de invierno relucía bajo la luz de las velas. Mi padre, el Rey Marcel, me recibió al final de la escalinata con una mirada rebosante de orgullo, tomándome de las manos para besar mi frente con calidez, mientras mi madre me dedicaba una sonrisa fugaz y un asentimiento de aprobación al comprobar que mi postura y vestido eran impecables.
Pero mientras aceptaba las primeras felicitaciones de los pocos presentes, mis ojos buscaron de manera casi involuntaria la entrada del salón. La comitiva de Marvale acababa de cruzar el umbral.
El murmullo contenido del salón pareció congelarse por un segundo cuando los Reyes Eduardo y Sara hicieron acto de presencia, junto a ellos la figura de Thiago destacaba con un magnetismo imposible de ignorar.
Ahí estaba.
Ya no era el muchacho delgado que recordaba. El hombre que avanzaba a paso firme por el mármol vestía un traje de etiqueta azul oscuro ajustado a la perfección a unos hombros notablemente más anchos. Su piel conservaba ese tono dorado pulido por el sol costero, y su cabello castaño, peinado hacia atrás con elegancia despreocupada, enmarcaba unos rasgos que habían perdido toda la suavidad de la adolescencia para volverse marcadamente masculinos, definidos y maduros.
Al erguirse, sus 1,88 metros de estatura imponían una presencia que dominaba el espacio, pero lo que me detuvo el aliento fue su mirada. Esos ojos azules e intensos se fijaron directamente en los míos a través del salón.
Sentí un vuelco repentino en el estómago, un nudo de nerviosismo sutil que jamás había experimentado con él. La familiaridad cálida de nuestros correos electrónicos nocturnos chocó de frente con la abrumadora realidad de su presencia física. El chico con el que bromeaba sobre presupuestos detrás de una pantalla era ahora un hombre hecho y derecho, un heredero de elegancia intimidante que caminaba hacia mí con una seguridad aplastante.
—Princesa Elena —dijo al detenerse frente a mí, rompiendo la distancia.
Su voz había cambiado; ya no tenía un tono juvenil, sino un timbre grave, profundo y aterciopelado que me envió un escalofrío involuntario por la nuca.
El príncipe hizo una reverencia impecable, pero al incorporarse, una inclinación casi imperceptible en la esquina de sus labios trajo de vuelta al Thiago de siempre. Me tomó la mano derecha con lentitud, rozando apenas sus nudillos cálidos contra los míos antes de depositar un beso protocolario sobre el dorso de mi piel.
#4807 en Novela romántica
#1408 en Chick lit
romance +18, juvenil amor reino casamiento principe, romanc problemas friends to lovers
Editado: 30.08.2026