Sin Obligación

CAPÍTULO 4

EL CONSEJO REAL

Thiago

Cuando crucé el umbral de la fiesta de cumpleaños, la busqué de inmediato. Y al encontrarla, el aire se me atascó en los pulmones.

Elena llevaba un vestido de terciopelo azul que parecía diseñado exclusivamente para contrastar con su piel pálida. Había una elegancia innata en la forma en que sostenía la copa, una postura impecable frente a los ministros y diplomáticos que la felicitaban. Se movía con la soltura de quien conoce cada rincón de su hogar y no necesita esforzarse por encajar.

Pero bastó que nuestras miradas se cruzaran para que la coraza de la Princesa Heredera mostrase sus grietas.

Vi el momento exacto en el que se llevó el dedo índice al marco de sus lentes para ajustárselos. Un observador cualquiera habría pensado que era un gesto de rutina o coquetería pulida. Yo no. Conocía ese micro-movimiento desde que ella era apenas una niña y se ponía nerviosa al equivocarse en la lección de francés. Ese pequeño tic me reveló que, debajo de la soberana perfecta, el corazón de Elena estaba latiendo al doble de velocidad.

Más tarde, cuando la música de cámara amortiguó las conversaciones, la observé desde la distancia. La vi reír con frialdad formal ante las felicitaciones de un consejero, pero minutos después, al apartarse a un rincón con Clara, la hija del Sumiller Mayor, y su mejor amiga, su rostro cambió por completo. La rigidez de la espalda se disipó y esa sonrisa genuina, tímida pero luminosa, que solía guardarme en las cartas electrónicas, apareció por un instante.

Un poco después, mis hermanas gemelas la abordaron sin compasión. Victoria y Valentina la bombardearon a preguntas sobre la vida en las montañas, y Elena, lejos de mostrar la distancia propia de su rango, se inclinó hacia ellas con una dulzura natural, arreglándole con cuidado el broche del cabello a Valentina.

Al ver esa escena, el peso de los años en el extranjero, los títulos universitarios y los trajes de corte italiano parecieron esfumarse. Por un segundo volví a tener catorce años y ella once, y estábamos sentados en los escalones de piedra del palacio hablando de cosas absurdas.

Ahí estaba la Elena que yo conocía. La chica brillante, leal y profunda que no necesitaba máscaras.

La velada continuó con la pausada corrección que definía a la corte de Valdonia. A diferencia de las recepciones estruendosas de Marvale, donde la música retumbaba hasta el amanecer y el champán corría sin medida, aquí todo fluía con un compás medido y sobrio. Los invitados conversaban en voz baja, las copas se alzaban con brindis breves y la elegancia envolvía cada rincón del jardín acristalado.

Elena cumplió con cada estándar del protocolo con una gracia impecable. La vi atender a los diplomáticos, agradecer las felicitaciones de los consejeros y mantenerse firme en su papel de anfitriona perfecta hasta que las luces de las velas comenzaron a consumirse. Hubo momentos en los que nuestras miradas volvieron a cruzarse a través del salón, pero el espacio público y la presencia constante de la corte nos mantuvieron a una distancia prudente, como dos satélites que compartían la misma órbita sin atreverse a colisionar.

Pasada la medianoche, tras los últimos saludos de despedida y el retiro progresivo de los invitados, la reunión tocó su fin.

Un retén de la guardia real nos guio a mi familia y a mí hacia el ala este del palacio, el sector privado que históricamente nos albergaba cada vez que cruzábamos la frontera para pasar un fin de semana o una temporada de diplomacia. Los pasillos de piedra, tapizados con alfombras gruesas que ahogaban los pasos, olían a pino y a cera antigua. Sentir la familiaridad de aquellas habitaciones de techos altos y ventanales abovedados trajo consigo una ola ineludible de recuerdos.

Mis padres y mis hermanas se retiraron a sus respectivas suites, agotados por el viaje y la etiqueta de la noche. Yo, en cambio, me desabroché el nudo de la corbata, abrí los botones superiores de la camisa y me acerqué al gran ventanal de mi recámara, observando la silueta oscura de las montañas recortada contra el cielo estrellado.

Apoyé la mano contra el cristal frío del ventanal, contemplando en silencio las luces lejanas del valle.

Al despertar, la realidad nos caería encima con todo su peso. Los acuerdos, la política y la confirmación oficial del compromiso tomarían la escena, dejando poco espacio para nosotros. Moría por salir de la habitación, cruzar el pasillo a oscuras y llamar a la puerta de la recámara de Elena. Quería verla a solas, sin la rigidez de la corte, sin las miradas de los diplomáticos y sin la armadura de los títulos reales. Quería recuperar esa cercanía transparente que siempre nos había pertenecido, donde una frase a medio terminar o un silencio cómodo bastaban para entendernos.

Pero me contuve.

No habíamos quedado en vernos después de la fiesta antes de retirarnos a nuestras habitaciones, y no tenía idea de qué tan agotada estaría tras haber sido el centro de atención toda la noche. Además, la había notado extraña durante la velada. Había una distancia sutil en su mirada, un muro invisible que no lograba descifrar y que me dejaba con una opresión incómoda en el pecho. Moría por escuchar su voz real, la que guardaba para nuestros correos nocturnos, y preguntarle qué pasaba por su cabeza.

Pasé una mano por mi cabello y dejé escapar un suspiro pesado, apartándome del ventanal. Forzar las cosas a estas horas solo complicaría todo.




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