LA PROPUESTA INDECENTE
Thiago
Me quedé unos segundos más apoyado en el marco de la puerta, escuchando cómo la última nota del violín moría lentamente en el aire de la habitación. Elena bajó el arco con delicadeza y dejó escapar un largo suspiro. Su espalda seguía rígida, tensa bajo la tela de su traje; esa armadura de protocolo que se había puesto desde temprano parecía estar pesándole más de la cuenta.
Di un par de pasos hacia el interior del salón, haciendo sonar mis zapatos sobre el parqué para no sobresaltarla.
—Tocas aún mejor de lo que esperaba, Lena —dije con suavidad.
Ella se giró rápidamente, ajustándose la montura dorada de los lentes sobre el puente de la nariz en ese gesto automático que delataba sus nervios.
—Thiago... —murmuró, dejando el instrumento con sumo cuidado sobre la mesa ratona que tenía a un lado—. No te escuché entrar.
—Estabas muy concentrada. —Me acerqué un poco más, manteniendo una distancia prudente para no abrumarla, y me apoyé contra el borde del piano de cola—. Parecía que estabas descargando todo el peso de la reunión del Consejo en esas cuatro cuerdas.
Elena bajó la mirada por un segundo, alisándose el borde del saco con los dedos.
—Fue... mucha información de golpe —admitió en voz baja, abandonando por primera vez en el día la compostura sobria de la princesa—. Sabía que este día llegaría, por supuesto. Nos preparamos toda la vida para esto, pero ver los mapas, los tratados y escuchar la fecha fija... te hace darte cuenta de que tu vida ya no te pertenece del todo.
La escuché en silencio, sintiendo una punzada de empatía. A diferencia de mí, que había tenido la libertad de salir, viajar y respirar aire fresco fuera de nuestras fronteras, ella había permanecido encerrada en esta fortaleza.
—Cuéntame de ti, Lena —le pedí, cambiando el tono a uno mucho más cálido y relajado—. De verdad. En las cartas me hablabas de tus lecturas y tus exámenes, pero ¿cómo fueron realmente estos años para ti?
Elena me miró a través de sus cristales y, por primera vez en todo el fin de semana, se esbozó en sus labios una sonrisa genuina, aunque algo cansada.
—Bastante monótonos, para ser honesta —respondió, cruzándose suavemente de brazos—. Mis estudios fueron completamente aislados dentro del palacio. Tutores privados, finanzas, derecho internacional y contabilidad del reino. Mis salidas se reducían a eventos benéficos muy puntuales o a supervisar las auditorías de los viñedos reales. Mientras tú estabas al otro lado del continente, mi mundo se resumía a esta biblioteca, estos jardines y los libros de contabilidad.
—¿Te aburriste mucho? —sonreí de lado.
—Un poco —reconoció con una risita sutil—. Pero la contabilidad del reino es sorprendentemente fascinante cuando entiendes los números. Y bueno... tus cartas eran un buen escape de la rutina.
Un silencio cómodo se instauró entre los dos, pero la mención de mi vida en el extranjero me puso en una encrucijada interior.
—Yo... bueno, completé mis dos carreras en la universidad —comencé a contarle, manteniendo el relato por la superficie—. Los primeros años en Suiza fueron intensos. El ritmo académico era exigente, pero logré mantener un promedio sobresaliente para que mi padre no tuviera excusas. Me enfoqué en la administración pública y en la gestión de infraestructuras.
Me detuve ahí. No le hablé de las noches interminables en los clubes de Mónaco, de las regatas llenas de excesos, ni de la atención constante de la prensa rosa sobre mi vida privada. No sabía exactamente por qué, pero frente a la pureza, la seriedad y la mirada transparente de Elena, mencionar esa parte de mi pasado se sentía fuera de lugar, casi como un insulto a la confianza que estábamos intentando reconstruir. Quería que viera al hombre que podía liderar a su lado, no al heredero rebelde del que hablaban las revistas.
No pude evitar curiosear un poco más. Por mucho que hubiera estado sumergida entre libros contables y auditorías de viñedos, por Dios, acababa de cumplir veintiún años. Alguna fiesta clandestina, alguna escapada nocturna con sus amigas o algún coqueteo en las galas tuvo que haber existido.
—Vamos, Lena —la mecí con una sonrisa astuta, cruzando los brazos sobre el pecho—. No me vas a decir que en todo este tiempo solo leíste balances financieros. ¿Ni una sola noche de escapada? ¿Ni un secreto que la corte de Valdonia no sepa?
Elena ladeó ligeramente la cabeza, mirándome con esa franqueza transparente y desarmante que siempre la caracterizó. No hubo vacilación ni vergüenza en su rostro, solo una verdad llana.
—Ninguno, Thiago —respondió con voz pausada—. Mis días han transcurrido entre este palacio y la agenda de la corona. Jamás he ido a una fiesta que no fuera oficial, no sé lo que es la vida nocturna de la que hablan las revistas... y ni siquiera he dado mi primer beso.
La confesión se quedó flotando en el aire silencioso de la sala de música.
Su respuesta me atravesó de una manera que no anticipé. Me la quedé mirando: la mujer deslumbrante que tenía enfrente, de mente brillante y elegancia natural, pura e intocada por el caos del mundo exterior. En un instante, un chispazo de anhelo denso y un deseo repentino e incalculable se me instaló en el pecho. La sola idea de su inocencia, sumada a la abrumadora certeza de que estaba destinada a ser mía, me aceleró el pulso.
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Editado: 30.08.2026