LA PRIMERA ESCAPADA
Elena
El recuerdo del beso fue una distracción constante durante todo el día.
No importaba cuántas cifras de exportación revisara con los asesores que llegaron de Marvale ni cuántas veces releyera las cláusulas del tratado comercial en la biblioteca; la memoria del toque de Thiago regresaba a mi mente con una terquedad abrumadora. Sentía todavía en los pómulos la sombra tibia de sus pulgares cuando me retiró los lentes, y en mis labios el peso de los suyos: firmes, cálidos, rompiendo en tres segundos una vida entera de distanciamiento formal. Cada vez que cerraba los ojos, el pulso se me aceleraba de nuevo. Olía su fragancia a madera y brisa marina en el aire de la sala de música como si todavía estuviera parado a centímetros de mí.
Cuando la noche finalmente cayó sobre el palacio, la expectativa volvió la atmósfera casi irrespirable. En mi suite, Beatriz repasaba la agenda del día siguiente con el tono monótono que la caracterizaba, mientras Valeria permanecía de pie junto a la ventana, vigilante y erguida en su uniforme de la guardia real.
—La reunión con el comité de infraestructura está fijada a las ocho de la mañana, Alteza —dijo Beatriz, cerrando su libreta de cuero—. Sugiero un descanso temprano.
—Coincido —intervine de inmediato, buscando mantener una compostura impecable para no levantar sospechas—. Ha sido una jornada larga. Pueden retirarse por hoy. No necesitaré nada más.
Valeria me lanzó una mirada perspicaz, analizando mi rostro tras sus propios ojos entrenados, pero terminó por asentir.
—Dejaré la guardia en el pasillo principal, Princesa. Que tenga buena noche.
Esperé en silencio a que el sonido de la puerta doble al cerrarse fuera seguido por sus pasos alejándose por el pasillo. Unos minutos después, tres golpecitos suaves y rítmicos en la madera me hicieron dar un brinco.
Abrí la puerta solo un par de centímetros. Thiago se deslizó al interior de la habitación con esa gracia natural y ligera que siempre lo rodeaba. No vestía traje ni la rigidez de la corte; llevaba una chaqueta oscura sobre una camisa relajada que dejaba ver la línea de su cuello, inundando mi recámara con su frescura habitual y el aroma embriagador de su perfume.
—Puntual —murmuró con una sonrisa socarrona, cerrando la puerta a sus espaldas sin hacer un solo ruido—. Valeria y Beatriz acaban de doblar en el ala este. Tenemos el camino despejado.
—Thiago... esto es una locura —admití en un susurro, sintiendo que el calor me subía por el cuello al tenerlo de nuevo a solas en mi espacio privado—. Si nos descubren...
—No van a descubrirnos, Lena —interrumpió él, dando dos pasos hacia mí hasta quedar peligrosamente cerca. Su mirada bajó por un segundo a mis labios antes de sostener el brillo gris de mis ojos tras los lentes—. Este es el plan: saldremos por la terraza del invernadero privado. El guardia cambia de turno dentro de unos minutos. Es el único momento en que podemos cruzar sin llamar la atención.
Lo escuché paralizada, dividida entre el pánico de lo que haríamos y el pulso desenfrenado que su sola cercanía me provocaba.
—¿Y después? —pregunté, apenas capaz de articular la duda mientras él sacaba una pequeña llave del bolsillo de su chaqueta.
—Después nos espera mi auto en la carretera baja —respondió en un tono grave, inclinado lo suficiente para que su aliento tibio me rozara la mejilla—. Y la noche es completamente nuestra.
Cruzamos la terraza del invernadero en silencio, pegados a las sombras de la piedra. Thiago se movía como un felino, guiándome del brazo con la firmeza justa para no dejarme dudar. Cuando mi pie resbaló en la hierba húmeda del jardín, su mano reaccionó al instante, tomándome por la cintura y pegándome a su costado antes de que pudiera tocar el suelo. Sentí la solidez de su torso contra el mío, el calor de su cuerpo atravesando la ropa y ese perfume que me revolvía el estómago de una forma completamente nueva.
—Te tengo —susurró muy cerca de mi oído, manteniéndose a centímetros de mi rostro un segundo de más antes de soltarme.
Salimos por una puerta de hierro antigua que daba a la carretera boscosa. Allí, oculta bajo la copa de los pinos, descansaba un auto deportivo negro, sin insignias reales.
—¿De dónde sacaste esto? —pregunté, ajustándome los lentes mientras contemplaba el vehículo con incredulidad.
Thiago me abrió la puerta del copiloto con una inclinación burlona y esa sonrisa encantadora que empezaba a causar estragos en mí.
—Tengo mis contactos —dijo, guiñándome un ojo antes de inclinarse hacia mí dentro del auto para abrocharme el cinturón. Su rostro quedó a escasos milímetros del mío; pude ver la línea fina de sus pestañas, la firmeza de sus labios y sentir su respiración pausada sobre mi piel antes de oír el clic del seguro—. Le pedí a Démian que me consiguiera las llaves de uno de los juguetes del palacio. Tu hermano no le dice que no a una buena conspiración.
Rodeó el vehículo, se acomodó en el asiento del conductor y encendió el motor. El rugido grave del auto retumbó en mi pecho. Thiago se veía absolutamente en su elemento, como pez en el agua: una mano firme al volante, la otra sobre la palanca de cambios y esa mirada brillante cargada de audacia.
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Editado: 30.08.2026