Sin Obligación

CAPÍTULO 7

COQUETEO Y ADRENALINA

Thiago

Un golpe seco y persistente contra la madera me sacó de un tirón del sueño.

—Thiago, levántate. Tienes diez minutos para estar abajo o tu padre va a dejarme sin empleo —la voz de Mateo resonó al otro lado de la puerta, seguida del sonido metálico del picaporte al girar.

Abrí un ojo, cegado por la luz que se filtraba entre las cortinas pesadas de la suite de invitados. Me pasé una mano por la cara, sintiendo el cuerpo pesado pero con una extraña corriente de energía recorriéndome las venas.

Mateo entró a la habitación con una carpeta bajo el brazo y la expresión seria que ponía cada vez que mi agenda amenazaba con salirse de control.

—Llegas tarde a la reunión con el rey Marcel y tu padre —dijo, dejándome una camisa blanca almidonada sobre la banca al pie de la cama—. Por favor, aterriza. Necesito que entiendas dónde estás y que te comportes. Hoy se firman los avances del protocolo de infraestructura.

—Tranquilo, Mateo, te va a dar un infarto —refunfuñé, despojándome de las cobijas para ponerme de pie.

Fui al baño y cinco minutos después estaba frente al espejo del vestidor abotonarme la camisa. Mientras ajustaba los puños, la imagen de la noche anterior me vino a la cabeza con una claridad demoledora. La risa de Elena al sentir el golpe del aire en la cara, la soltura con la que sostuvo la hamburguesa entre sus manos de princesa y la forma en que el brillo de sus ojos parecía desafiar a toda la corte de Valdonia.

—No te imaginas la noche que tuve —solté de pronto, mirando a Mateo a través del reflejo.

Mi consejero detuvo la revisión de los documentos y me lanzó una mirada de advertencia.

—Dime que no hiciste ninguna locura en este palacio, Thiago.

—Nos escapamos —sonreí de lado, pasándome la mano por el cuello mientras me acomodaba el saco—. La saqué en un auto que me consiguió su hermano menor.

Mateo me miró fijamente por unos segundos, como si intentara descifrar si me había vuelto loco o si hablaba en serio. Entornó los ojos, analizando la sonrisa que no podía quitarme de la cara, y terminó por soltar un suspiro cargado de ironía.

—¿Sabes que si sus padres se enteran la encerraran hasta el día del compromiso?

—Es increíble, Mateo. Estaba totalmente desinhibida... tiene una risa preciosa cuando se olvida del protocolo y se deja llevar. Extrañaba verla así.

—Bueno... al menos parece que no la vas a pasar tan mal con tu futura reina —comentó, acomodándose los lentes—. Ahora muévete, los Reyes te esperan.

El resto del día fue una maratón interminable de burocracia y diplomacia rígida. Pasé horas sentado en la mesa del gran salón, atrapado entre mapas de fronteras, acuerdos de comercio marítimo y discursos estructurados.

Marcel y mi padre hablaban con la solemnidad de dos soberanos trazando el destino de una nación, pero en mi mente solo resonaba una certeza inminente: en un año el compromiso sería oficial, y en menos de dos, estaría casado. La idea de ponerme esas cadenas antes me ahogaba; hoy, sin embargo, la imagen de Elena al otro lado del altar hacía que el peso de la corona se sintiera extrañamente distinto.

La jornada terminó exhausta, pero al caer la noche, el cansancio se evaporó de mi cuerpo como por arte de magia. La expectativa de la noche anterior había vuelto, multiplicada por diez.

Repetimos la misma maniobra. Esquivamos los turnos de la guardia en el invernadero, cruzamos la muralla norte bajo la sombra de los pinos y alcanzamos el auto escondido en la carretera baja. En cuanto Elena se deslizó en el asiento del copiloto, el aire dentro de la cabina volvió a cargarse de esa electricidad silenciosa que no nos había abandonado en todo el día.

Esta vez, el destino era distinto. Conduje internándome en las curvas del bosque fronterizo, el frondoso límite donde los dominios de Valdonia se fundían con los de Marvale. En medio de los árboles, iluminada por luces cálidas y envuelta en el eco sordo de la música, nos esperaba una mansión privada: el refugio clandestino de la aristocracia joven de ambos reinos, lejos de las miradas de la prensa y de los reyes.

Al estacionar, la miré de reojo.

—Es hora de tu primera lección, Lena —dije, inclinándome hacia ella. Estaba tan cerca que pude oler la frescura de su piel mezclándose con el cuero del auto. Estiré las manos y, con una lentitud deliberada, deshice el peinado pulcro que sujetaba su melena rubia. El cabello cayó sobre sus hombros en una cascada sedosa—. Primera regla: nada de tensiones. Hoy no eres la heredera al trono.

Le retiré los lentes con cuidado, guardándolos en mi bolsillo interior, y la invité a cambiárselos por los de contacto que traía preparados.

Entramos a la fiesta. Entre el murmullo de las risas, el sonido de las copas y la penumbra del lugar, comencé a cumplir mi promesa. La guié hacia la barra, pidiéndole un cóctel suave pero refrescante.

—Toma un trago pequeño —le murmuré al oído—. Deja que el líquido te entibie la garganta. Si te mareas un poco, no pasa nada, estoy aquí.

Elena dio el primer sorbo, arrugando ligeramente la nariz antes de soltar una risita que me retumbó directo en el pecho.




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