SEDA Y FUEGO
Thiago
El rugido de los motores modificados vibraba directamente en las plantas de los pies, una descarga eléctrica que competía con el ritmo frenético de mis propias venas. Estábamos en la línea de salida de un tramo clandestino al borde del bosque fronterizo, envueltos en el olor a caucho quemado, gasolina y el frío de la madrugada.
—Thiago, esto es una locura, te lo dije mil veces, vámonos ya —me suplicó Elena por enésima vez, con los ojos muy abiertos bajo la luz tenue del tablero, negándose con la cabeza mientras se aferraba con los nudillos blancos al borde del asiento.
—Solo una, Lena. Te lo prometo —le insistí con una sonrisa desafiante, girándome hacia ella para acomodarle un mechón rubio detrás de la oreja—. Una sola carrera y nos vamos al palacio. Confía en mí.
La velocidad, la adrenalina pura de las últimas noches y la proximidad de tenerla a ella ahí, con su vestido corto, la piel brillante y los labios entreabiertos por el nerviosismo, me tenían al cien por ciento. No sabía qué hacer con el fuego líquido que me corría por las venas, era un calor incontrolable que amenazaba con desbordarse en cualquier segundo.
El semáforo improvisado cambió a verde.
Pisé el acelerador a fondo. El coche salió disparado como un proyectil, devorando las curvas cerradas de la carretera con una violencia sorda. Elena soltó un grito ahogado que rápidamente se transformó en una risa limpia, mezcla de terror y éxtasis puro. Volamos sobre el asfalto durante aproximadamente cinco minutos, cruzando la meta en el primer lugar con una ventaja mínima sobre los demás competidores.
Apenas crucé la meta y detuve el auto en un claro apartado entre los árboles, la euforia estalló en la cabina.
Elena, emocionada, con el rostro encendido y los ojos brillantes, se desabrochó el cinturón de seguridad y, sin medir las consecuencias del espacio, se tiró literalmente sobre mí para abrazarme. El auto deportivo era demasiado pequeño. Su peso cayó de golpe sobre mi regazo, y de inmediato sentí todo su cuerpo caliente, suave y vibrante pegado al mío. El pecho de Elena se presionó contra el mío, haciendo que chocáramos en una colisión de respiraciones cortas y aceleradas. Podía sentir los latidos salvajes de su corazón retumbando a través de nuestras ropas, un tambor desbocado que latía al unísono con el mío.
Se quedó congelada un segundo al notar la intimidad de la postura, levantando la barbilla para mirarme con los ojos muy abiertos.
No aguanté ni medio segundo más.
La tomé con ambas manos de la nuca y la besé.
La besé con hambre, con un deseo desesperado, con todo lo que llevaba atragantado en el pecho desde el momento en que me confesó en el salón de música que jamás había estado con nadie. Fue un beso voraz, hondo, donde vertí toda la frustración de los días pasados y la necesidad insaciable de tenerla.
Elena exhaló un suspiro tembloroso contra mi boca, rindiéndose de inmediato. Sus manos pequeñas se aferraron a las solapas de mi chaqueta, y sentí cómo todo su cuerpo se derretía contra el mío, cediendo sin reservas a la marea.
En ese instante, me sentí invencible. No importaban los reyes, el protocolo, ni el compromiso formal que nos esperaba en un año. En ese habitáculo oscuro, con su perfume embriagándome y su calor quemándome la piel, tuve la certeza absoluta: no le pertenecía a nadie más. Toda ella era mía.
No supe en qué momento la devolví al asiento del copiloto, ni a qué velocidad diabólica crucé la carretera para regresar al palacio. El trayecto entero fue una bruma borrosa impulsada únicamente por el pulso salvaje que me reventaba en las sienes.
Minutos después, el mundo se redujo al espacio a oscuras de su recámara.
Estaba ahí, de pie contra la madera pesada de su puerta, besándola febrilmente. Todo el autocontrol que había intentado mantener durante toda la semana se desintegró en un instante. Mis manos la buscaban con desesperación, enmarcando su rostro, bajando por el contorno de su cuello hasta acorralar su cintura, mientras Elena correspondía a cada roce con la misma intensidad.
Había un ansia nueva en la forma en que se aferraba a mí, un fuego dormido que finalmente había despertado y que se alimentaba de mi propia prisa.
Me separé apenas un milímetro, rompiendo el contacto de nuestros labios para mirarla a los ojos. Las respiraciones de ambos sonaban ruidosas, entrecortadas en el silencio de la habitación.
—Elena... —murmuré con voz áspera, rasposa por el deseo—. Dime si estás segura de avanzar. Dímelo ahora, porque si no me detienes ya, no voy a poder hacerlo.
Elena no dijo una sola palabra. Sus ojos grises, oscuros y ansiosos, sostuvieron mi mirada sin un solo rastro de duda. En lugar de responder, deslizó sus manos pequeñas por debajo de mi chaqueta y subió lentamente por la tela de mi franela hasta tocar la piel desnuda de mi abdomen. El contacto de sus dedos fríos contra mi torso ardiendo me provocó un sacudón violento, haciéndome apretar la mandíbula.
—Mañana se acaba la semana de visita, Lena —le advertí en un susurro entrecortado, sintiendo cómo sus uñas se clavaban suavemente en mi espalda—. Nos vamos muy temprano a Marvale... no nos veremos en semanas.
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Editado: 30.08.2026