Sin Obligación

CAPÍTULO 9

EL ECO DE LAS SÁBANAS

Elena

Entre la bruma del sueño, lo primero que percibí fue la pesadez de mi propio cuerpo. Sentía los músculos agotados, una languidez desconocida abriéndose paso por mis piernas y un calor persistente entre las sábanas de seda que me envolvían. Un dolor leve, un eco sutil pero innegable en el centro de mi vientre, me recordó de golpe que el mundo había cambiado para siempre durante la madrugada.

Antes de que pudiera abrir los ojos, un susurro suave, apenas un hálito de aire tibio, rozó mi oído.

—Descansa, mi princesa...

Apenas un segundo después, sentí un reguero de besos tibios sobre mi piel desnuda. Comenzaron en la curva de mi hombro descubierto, subieron lentamente por el contorno de mi cuello y se detuvieron en el borde de mi mandíbula con una presión tierna y pausada. El aroma a madera y brisa marina me envolvió por un instante perfecto.

Y después... nada.

El silencio volvió a adueñarse de la recámara. Pero estaba muy dormida. Medio abrí los ojos con pesadez, la habitación estaba vacía. Afuera las cortinas pesadas apenas dejaban filtrar la luz grisácea del amanecer; el reloj de pie aún no daba las seis. Seguramente lo había soñado. Mi mente debía estar jugando conmigo. Con un suspiro entrecortado, me acurruqué de nuevo en la almohada y dejé que el sueño me arrastrara otra vez.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que el rítmico de nudillos contra la madera rompió la calma. Era Beatriz.

—Elena, sé que aún es temprano, pero los Reyes de Marvale y su familia están por partir —la voz de mi asesora resonó desde el vestíbulo privado—. Y el príncipe Thiago ha preguntado por ti. Dice que quiere despedirse antes de subir al helicóptero.

Thiago.

La sola mención de su nombre me hizo sentarme como un rayo en la cama. El corazón se me disparó contra las costillas con fuerza. La sábana cayó hasta mi cintura, dejando al descubierto mi piel desnuda y sensible, una evidencia visible de lo que habíamos compartido apenas unas horas atrás.

—¿Puedo pasar, Elena? —la voz de Beatriz sonó más cerca, con ese tono de insistencia que presagiaba que giraría el picaporte en cualquier segundo.

—¡Espera, Beatriz! —exclamé de inmediato, esforzándome por proyectar una firmeza que no sentía mientras me apresuraba a subir la sábana hasta el pecho—. Dame cinco minutos, por favor.

Un murmullo de resignación al otro lado de la puerta me confirmó que me había ganado un margen de maniobra. Solté el aire y miré a mi alrededor. Estaba completamente desnuda. Jamás en mis veintiún años había dormido sin pijama, pero la noche anterior las prendas habían estorbado.

Removí las sábanas de seda con cierta torpeza. Esperaba encontrar alguna mancha de sangre, según todo lo que había leído y escuchado en murmullos sobre la primera vez, pero no había nada. Sin embargo, el estado de la cama era delator: parecía como si hubiésemos tenido una auténtica guerra sobre ella. Los cojines de terciopelo estaban repartidos por el suelo y las cobijas arrugadas en un enredo caótico.

Un alud de flashes me golpeó de lleno, haciéndome estremecer. La memoria auditiva trajo de vuelta los gemidos ahogados de Thiago cerca de mi oído, el vaivén pausado pero firme de sus caderas y la presión deliciosa de su cuerpo musculoso aplastando el mío contra el colchón. Cerré los ojos con fuerza, apretando los muslos cuando una ola de calor repentino me recorrió la columna para concentrarse en un punto peligrosamente sensible en mi bajo vientre.

«Espabila, Elena», me ordené a mí misma en un susurro.

Giré sobre la orilla de la cama y apoyé los pies en el suelo. Pero al intentar ponerme de pie, mis rodillas temblaron violentamente. Mis piernas se sentían de gelatina, completamente desobedientes. Como un ciervo recién nacido intenta dar sus primeros pasos. Una risa floja y nerviosa se me escapó de los labios ante la absurda comparación con Bambi.

Como pude, me puse en pie y me arrastré hasta el gran espejo de mi vestidor.

Mi aspecto estaba tan desordenado como la cama, pero mi rostro se veía radiante. Tenía el cabello rubio revuelto sobre los hombros, los labios marcadamente rojos e hinchados por la voracidad de sus besos y un par de marcas tenues, sombras en tono violeta, decorando mi clavícula y el centro de mi pecho. Pero lo más impactante era lo invisible: esa plenitud interna, la vibración secreta bajo la piel que me hacía sentir como si todavía estuviera viviendo cada segundo de la madrugada.

Había sido una noche absolutamente fantástica.

—¡Elena! No vas a alcanzar a despedirlos y la Reina te regañará por maleducada —la voz de Beatriz volvió a resonar desde el vestíbulo, ahora con un tono de franca desesperación.

Volví a reaccionar, dejando de contemplarme en el espejo. Fui a toda prisa al baño, me lavé la cara con agua helada y en menos de dos minutos salí corriendo para vestirme con lo primero que encontré: un vestido sencillo de corte recto y mis lentes de montura dorada.

Antes de abrir la puerta, me giré hacia la cama. Un ataque de pánico me oprimió el pecho; Beatriz notaría de inmediato que allí había pasado algo si veía ese desastre de sábanas. Me abalancé sobre el colchón para estirar la colcha a la carrera y acomodar los cojines, pero al mover la almohada principal, algo llamó mi atención.




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