CONFESIONES A MEDIAS
Elena
Los reinos nos separaban y el silencio entre los dos se había vuelto un abismo insoportable. La comunicación con Thiago era nula. No había correos en mi bandeja de entrada, ni notas clandestinas, ni llamadas improvisadas. Cada uno estaba atrapado en su propia rutina real, navegando en la incertidumbre de no saber con certeza qué pensaba o sentía el otro tras la noche que lo cambió todo.
Necesitaba desahogarme con alguien antes de que la cabeza me explotara. Por eso, hice llamar a Clara y, en cuanto logré un momento a solas durante la tarde, nos encerramos en mi recámara.
—¡¿Que hiciste QUÉ?! —el grito de Clara hizo que Valeria, al otro lado de la puerta preguntara si todo estaba bien.
—Shh, habla más bajo, Clara, por favor —supliqué, mirando hacia la puerta cerrada con el corazón en la garganta.
—¡Elena de Valdonia, te escapaste por las noches una semana completa y te entregaste al príncipe de Marvale en esta misma cama! —susurró mi amiga, bordeando el colapso y el escándalo absoluto—. ¡Si tu madre se entera de esto, te manda a un convento en las montañas y a él lo declara enemigo de estado! Esto es una locura desmedida.
—Lo sé, sé que fue arriesgado... —murmuré, abrazándome las piernas sobre el sillón del ventanal—. Pero pasó, Clara. Ya no hay vuelta atrás.
Escuché a mi amiga soltar un largo e incrédulo trago de aire.
—¿Y ahora qué? —preguntó con cautela—. No se han cuidado, no han vuelto a hablar y él ni siquiera te ha buscado formalmente. Elena... dime que no estás cayendo por él. Dime que esto solo fue la adrenalina del momento.
Me quedé congelada un segundo, apretando la tela de mi vestido entre los dedos.
La verdad me quemaba la garganta. Quería gritarle que no era solo adrenalina, que estaba completamente perdida por Thiago, que su recuerdo me perseguía en cada rincón del palacio y que la sola idea de que para él hubiese sido un juego me estaba destruyendo por dentro. Pero mi orgullo y el miedo a quedar expuesta me frenaron en seco.
—No es un problema mayor, Clara —mentí, forzando un tono ligero y despreocupado que me costó la vida sostener—. Será mi prometido y luego mi rey. Solo fue... una imprudencia. Algo que tenía que pasar para quitarnos la tensión de encima antes del compromiso real. Nada más.
—Más te vale, Lena —respondió ella, suspirando con cierto alivio—. Si ambos no sienten lo mismo y te desilusionas pueden haber grandes consecuencias. Tienes una corona que asumir en un par de años. No te puedes permitir perder la cabeza por Thiago de Marvale.
—No la estoy perdiendo —afirmé en voz baja, cerrando los ojos mientras la mentira se me asentaba en el pecho como una piedra helada.
—Y con respecto a la falta de protección —insistió Clara, bajando la voz a un tono severo—. Tienes que resolverlo. Habla con Beatriz bajo un estricto acuerdo de confidencialidad. Ella es tu asesora, maneja tus asuntos más delicados y sabrá cómo actuar sin hacerlo evidente. No puedes dejar esto al azar.
El consejo de mi amiga se me quedó clavado en la cabeza. Tenía razón; por más aterrada o avergonzada que estuviera, el riesgo de un embarazo no planificado era una bomba de tiempo.
En cuanto Clara se fue, mandé llamar a Beatriz a mi despacho privado. Mi asesora entró guardando las distancias, sospechando que el ambiente no estaba para formalidades habituales.
—Beatriz, lo que voy a decirte no puede salir de esta habitación bajo ninguna circunstancia —comencé, de pie junto al ventanal y con los brazos cruzados—. Si una sola palabra de esto llega a oídos de mis padres o de la guardia, consideraré tu actitud como una traición personal. ¿Queda claro?
Beatriz palideció ligeramente, pero asintió con una reverencia sobria.
—Tiene mi lealtad absoluta, Alteza. Puede confiar en mí.
—Necesito una píldora del día después —solté sin rodeos, manteniendo la mirada fija en ella, sin parpadear.
A Beatriz se le escapó un leve jadeo de sorpresa, pero la contuve al instante levantando una mano. No estaba dispuesta a tolerar preguntas, miradas de juicio ni comentarios sobre mi vida íntima o lo que había sucedido con Thiago hace dos noches. Mi tono de voz no daba espacio para la réplica.
—No quiero preguntas, no quiero especulaciones y no quiero que reacciones a esto —añadí con suavidad—. Solo necesito que te encargues de ello de manera discreta.
Mi asesora recobró la compostura profesional en un segundo.
—Entendido, Alteza —respondió en un murmullo eficiente—. Se lo encargaré a Valeria de inmediato. Ella puede salir a la ciudad y traerlo esta misma noche. Nadie más en el palacio se enterará.
Valeria cumplió la orden con la precisión militar de siempre. Entró a mi recámara en silencio y dejó sobre la mesa de centro una pequeña bolsa de papel sin membrete. Antes de dar media vuelta, me dedicó una mirada de clara reprimenda, con los labios apretados y el ceño fruncido en un reproche mudo por la imprudencia cometida. La ignoré por completo. No necesitaba sermones ni juicios de valor; solo necesitaba una solución inmediata para evitar un problema de estado.
Tomé la píldora con un vaso de agua, sintiendo cómo una parte del peso en mi pecho se disipaba, aunque el nudo de incertidumbre respecto a Thiago seguía intacto.
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Editado: 30.08.2026