SOMBRAS DEL PASADO
Thiago
Por fin tenía un teléfono en mis manos. Era un aparato analógico cuya pantalla buscaba señal de forma errática, encendiéndose y apagándose cada vez que lograba enganchar una red. Sin embargo, no sirvió de nada. En ninguna oportunidad Elena respondió.
Quien sí respondió un par de veces fue a Beatriz. Su voz al otro lado de la línea sonaba exasperantemente formal, disculpándose en nombre de la corona e indicando que la princesa se encontraba en medio de un trabajo de campo y de oficina maratónico, atrapada en una agenda completamente saturada que no le dejaba un segundo libre. Entendí el mensaje entre líneas: las barreras del palacio de Valdonia se habían vuelto a levantar.
Así pasaron dos agónicas semanas.
Hoy, por fin, dos autos con la comitiva oficial de Valdonia cruzaron los portones de Marvale. Vi a Elena bajar del vehículo vistiendo su traje más sobrio, impecable, envuelta por completo en su modo ejecutivo más frío y distante. Apenas me dedicó un saludo de cortesía frente a las cámaras y la guardia real, actuando como si la semana juntos jamás hubiera existido.
Pero no iba a permitirlo. No iba a dejar que sus corazas, su distancia o nuestras diferencias de personalidad fueran un obstáculo ahora. Ya probé lo que es tenerla entre mis brazos, y no pienso dar un solo paso atrás.
Aproveché el primer momento en que la comitiva nos dio un respiro para arrastrarla con discreción hacia una de las galerías laterales del palacio, lejos de la mirada inquisitiva de los ministros y las escoltas.
—Lena, tenemos que hablar. Ahora —dije en un murmullo firme, interceptando su paso.
Ella se detuvo y acomodó sus lentes. Su rostro era hermoso, incluso bajo esa máscara de neutralidad perfecta que quería mostrar.
—Thiago, si es sobre los temas del comité de cooperación bilateral, tenemos la primera reunión en media hora...
—Sabes perfectamente que no me importa el comité ahora mismo —la interrumpí, dando un paso hacia ella para acortar la distancia, aunque ella retrocedió medio metro de inmediato—. Llevo dos semanas intentando comunicarme contigo. Dos semanas en las que he parecido un idiota pegado a un aparato de porquería.
Elena alzó una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho en una postura claramente defensiva.
—¿Un aparato de porquería? Vaya, qué gran excusa. Yo pensé que simplemente habías decidido seguir con tu vida tras obtener lo que querías.
La punzada de culpa y rabia me atravesó el pecho. ¿Eso era lo que había estado pensando todo este tiempo?
—Mis hermanas arruinaron mi teléfono el mismo día que llegué a Marvale —expliqué, bajando el tono pero apretando los dientes—. La antena se destruyó. El protocolo de seguridad de mi padre tardó casi una semana en entregarme un reemplazo encriptado. Hablé con Beatriz un par de veces y lo único que me dijo fue que estabas saturada de trabajo.
Elena parpadeó, sorprendida por un segundo, pero rápidamente recuperó la frialdad. Soltó un suspiro amargo y miró hacia el jardín interior.
—Mi madre me vio distraída los primeros días —confesó con voz baja pero distante—. Notó que no soltaba el teléfono celular, adivinó que algo pasaba y me lo quitó. Le prohibió a Beatriz rotundamente volvérmelo a entregar a menos que fuera estrictamente necesario para asuntos de estado.
La sangre me hirvió en las venas. La impotencia de escuchar cómo la manipulaban me enfureció al instante.
—¡Elena, por favor! —exclamé, dando un paso al frente sin importarme su distancia—. Eres una mujer adulta, eres la futura reina de Valdonia. Tienes que empezar a marcar límites sobre tus cosas privadas. No puede ser que te traten como a una niña castigada cada vez que se le antoja.
Elena apretó los labios y sus ojos grises echaron chispas detrás de los cristales de sus lentes.
—No te atrevas a juzgar cómo manejo la relación con mi madre o con mi palacio, Thiago. Tienes una visión muy idílica de la libertad porque en Marvale te lo han permitido todo. Pero para mí, esto no es un juego.
—¡No estoy jugando! —protesté, llevándome las manos a la cabeza—. Estaba desesperado por saber cómo estabas. Por saber cómo te sentías después de... después de lo que vivimos.
—Pues si tan desesperado estabas, debiste buscar la forma —reprochó ella, clavándome la mirada con un dolor contenido que intentó disfrazar de altivez—. Te escribí por correo electrónico. El mismo día que te fuiste. Y no me contestaste.
Me quedé helado. Las palabras se me atoraron en la garganta y sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua helada.
¿Correo electrónico?
La correspondencia virtual había sido nuestra vía de comunicación durante años, sí, pero siempre la asocié a mi época universitaria en el extranjero. Nos escribíamos una vez por semana, cuando me sentaba con calma frente al portátil.
Desde que volví a Marvale, inmerso en la vorágine de las audiencias reales, las inspecciones y la burocracia, no me había cruzado por la cabeza revisar esa cuenta. Ni siquiera tenía aún una computadora personal instalada en mi recámara; todos los asuntos digitales del palacio pasaban por los ordenadores de la oficina central y Mateo manejaba la correspondencia oficial.
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Editado: 30.08.2026