Sin Obligación

CAPÍTULO 12

LA GRIETA DEL DEBER

Elena

Llegó la noche y, con ella, la cena que Mateo había organizado en aquel exclusivo restaurante a las afueras de la ciudad. El ambiente era idílico, iluminado por la luz tenue de las velas y con una vista panorámica impresionante hacia el valle, pero entre nosotros la tensión se podía cortar con un cuchillo.

Las palabras de la reportera aún resonaban en mi cabeza. En cuanto los meseros nos dejaron a solas en la terraza privada, Thiago no esperó un segundo más para romper el muro.

—Elena, por favor, mírame —pidió en un murmullo.

Alcé la vista despacio, sosteniéndole la mirada detrás de mis lentes.

—Lo del teléfono fue un accidente.

Hizo una pausa, pasándose una mano por el cabello con evidente frustración y una sombra de vergüenza en el rostro.

—Y me disculpo por no pensar en el correo electrónico, de verdad. Fui un idiota. Jamás se me ocurrió revisar esa bandeja de entrada en medio del caos del palacio. Pero necesitas saber la verdad: la semana en Valdonia fue maravillosa para mí. No me arrepiento de nada y no he dejado de pensar en ti ni un solo segundo.

Guardó silencio un instante, fijando sus ojos azules en los míos con una intensidad que me hizo temblar por dentro.

—Por favor, Elena... necesito saber cómo te sientes tú.

—Yo también lo pasé bien, Thiago. Fue una semana llena de muchas experiencias nuevas para mí —respondí con una serenidad ensayada, tomando un sorbo de agua para amortiguar el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta.

Por dentro, mi mente era un hervidero de recuerdos que me quemaban la piel. Escondida detrás de mi postura erguida, revivía cada instante de aquellos días en Valdonia: las escapadas clandestinas con la adrenalina a flor de piel, las conversaciones interminables hasta la madrugada, la calidez de sus manos, su risa sincera y, sobre todo, la dulzura devastadora con la que me tomó entre sus brazos en mi recámara. Había sido mágico, transformador. Me había sentido viva, humana y completamente enamorada.

Pero no podía permitirme decírselo. No después de lo que había presenciado esta tarde en la costa. No cuando los fantasmas de sus excesos, sus exnovias y su reputación flotaban entre nosotros como una advertencia implacable.

¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo nunca habló conmigo de esto? pensé que éramos amigos de verdad.

—Me alegra escuchar eso, de verdad —interrumpió él, dejando escapar un suspiro de alivio mientras una sonrisa cálida iluminaba su rostro—. Sabía que lo que sentimos esa noche no era una ilusión mía, Lena. Estaba aterrado pensando que me odiabas.

—No te odio, Thiago —continué, manteniendo el tono neutral—. Solo prefiero que seamos prudentes. Lo que ocurrió en mi palacio fue fruto de la tensión y la cercanía, pero ahora estamos en Marvale. Tenemos responsabilidades, una agenda que cumplir y un compromiso político que no podemos arruinar con nuestros asuntos personales.

—Claro, entiendo —asintió él rápidamente, acomodándose en la silla con una soltura renovada—. Lo importante es que aclaramos lo del teléfono y el correo. Todo está bien entre nosotros. Vamos a hacer un gran trabajo con esta visita oficial.

Thiago siguió hablando durante el resto de la velada, visiblemente relajado y satisfecho. Para él, las explicaciones habían bastado: el malentendido técnico estaba resuelto, la química seguía intacta y el camino volvía a estar despejado. Se le veía pleno, tranquilo, convencido de que la tormenta había pasado sin dejar rastro.

Yo solo me limitaba a sonreír y asentir en los momentos precisos.

Cuando la cena finalmente concluyó y regresamos al palacio bajo la custodia de nuestros escoltas, Thiago me acompañó hasta el pie de la gran escalinata. En un movimiento ágil y sin importar la mirada discreta del personal de guardia, me tomó suavemente por la cintura, acortó la distancia y me despidió con un beso profundo en los labios que me dejó la piel de gallina y el pulso acelerado.

Se separó apenas unos centímetros, mirándome con una chispa de expectación contenida en los ojos.

—Si quieres... puedo ir a tu recámara más tarde —me murmuró en la penumbra del pasillo, rozando con sus nudillos mi mejilla—. Cuando todo el mundo esté dormido y el pasillo quede completamente despejado.

El corazón se me saltó un latido, pero la alarma interna se encendió de inmediato. No podía dejarlo entrar. No con la cabeza hecha un caos y las dudas carcomiéndome por dentro.

—No, Thiago... hoy no —respondí en un susurro apresurado, buscando una excusa rápida para cortar la tensión—. Estoy... estoy en mis días. Me siento cansada y prefiero descansar sola.

Thiago entornó los ojos con ternura, lejos de molestarse, y esbozó una sonrisa comprensiva mientras me acariciaba el hombro.

—No pasa nada, Elena. No tiene que suceder nada —insistió en voz baja, volviendo a acercarse—. Puedo ir solo a hacerte compañía, nos acostamos y dormimos juntos. Solo quiero estar contigo.

—De verdad prefiero que no —me excusé de nuevo, dando un pequeño paso hacia atrás para marcar distancia y forzando una sonrisa amable—. Me duele bastante el vientre y solo necesito tomar algo y dormir de corrido toda la noche. Mañana nos espera un día largo con la agenda.




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