LOS SILENCIOS
Thiago
La agenda diplomática continuó su curso durante los días siguientes, pero la cercanía que habíamos construido en Valdonia se había evaporado por completo.
Cada conversación entre nosotros duraba apenas unos minutos, los estrictamente necesarios para repasar las líneas del acuerdo frente a las cámaras y los ministros. Todo giraba alrededor del protocolo, las posturas ensayadas y los gestos calculados. Elena se había vuelto a poner esa armadura de hielo, respondiendo con monosílabos cordiales pero distantes cada vez que intentaba buscar su mirada.
Decidí no presionarla. Interpreté esa frialdad repentina como una petición silenciosa de espacio, un refugio que ella necesitaba para procesar el escándalo de la prensa en la costa y el peso de lo que se nos venía encima. Supuse que forzar las cosas ahora solo lograría distanciarla más.
La visita oficial finalmente llegó a su fin y las comitivas comenzaron el repliegue. Vi partir los vehículos de Valdonia sabiendo que, por el momento, se habían agotado todas mis oportunidades de hablar con ella a solas.
Sin embargo, no me preocupaba.
En un año estaríamos comprometidos de forma oficial ante el mundo entero, y mientras ese plazo se cumplía, los tratados nos obligaban a vernos todos los meses. De ahora en adelante, nuestros encuentros tendrían que ser cada vez más frecuentes y cercanos para proyectar la imagen perfecta que la prensa exigía. Tarde o temprano, la coraza de Elena tendría que ceder; tendría todo el tiempo del mundo para hacerle entender que lo nuestro no era un error.
Al final, intenté tranquilizarme buscando refugio en la lógica más simple: Elena era mi amiga. Mi amiga de toda la vida. Habíamos compartido la infancia, las risas espontáneas y una complicidad que nadie más en este mundo cerrado de coronas y protocolos entendía. Estuvimos muchos años separados por mis estudios en el extranjero y nuestras obligaciones en reinos distintos, así que era perfectamente normal que necesitáramos un periodo de ajuste para volver a adaptarnos el uno al otro. Pero el cariño estaba ahí. Nos queríamos, nos llevábamos bien y estaba seguro de que podíamos superar estas diferencias mínimas.
Ella será mi reina y yo seré su rey.
Teníamos todo a favor para construir una buena vida y ser felices juntos; no me cabía la menor duda de que era solo cuestión de tiempo.
Así, entre una marea ininterrumpida de trabajo, reuniones de gabinete e inspecciones que consumían mis días por completo, los meses volaron en el calendario hasta que llegó agosto, trayendo consigo los preparativos para la gran Fiesta del Sol en el reino.
Durante ese tiempo, apenas había podido escuchar de ella en revistas, periódicos o noticias. Sin embargo, esta vez no cometí el mismo error del pasado: me volví casi obsesivo con el correo electrónico. Estaba sumamente atento a la pantalla y a diario revisaba la bandeja de entrada para verificar si ella me escribía. No me despegaba de la cuenta; apenas veía saltar una notificación con su nombre, respondía de inmediato, casi al instante, con la esperanza de iniciar una conversación fluida.
Aun así, la respuesta de Elena nunca era inmediata. Demoraba días enteros —a veces casi una semana— en volver a escribir. Y cuando lo hacía, sus mensajes eran breves, cordiales y carentes de cualquier atisbo de calidez, como si los redactara un secretario de Estado y no la mujer que había tenido entre mis brazos.
Esa lentitud comenzó a sembrarme una inquietud amarga en el pecho que no lograba sacudirme. Me preocupaba de verdad. Me quedaba mirando la pantalla a oscuras, repasando una y otra vez sus breves líneas, preguntándome en qué me había equivocado. Estaba completamente convencido de que habíamos quedado en buenos términos luego de aquella cena, de que el malentendido del teléfono y las sombras de la prensa habían quedado aclarados. Pero esta distancia helada a través de las pantallas me demostraba que algo andaba muy mal y que el abismo entre los dos, lejos de cerrarse, no hacía más que profundizarse.
La Fiesta del Sol no era un evento cualquiera; era el acontecimiento más emblemático de Marvale, una festividad imponente que se extendía a lo largo de todo un mes y culminaba con una importante gala internacional a la que asistía la élite política y económica del continente. Este año, además, los reyes de Valdonia venían a quedarse durante toda la temporada, instalándose en el ala de invitados del palacio.
Debido a la magnitud del evento, me fue imposible estar presente en las puertas del palacio para recibir a los reyes de Valdonia por la mañana. Como futuro heredero de la casa anfitriona, tuve que encargarme personalmente de supervisar cada detalle logístico y de seguridad de la recepción para la gran inauguración de esa noche. Los preparativos finales y los imprevistos de última hora me mantuvieron atado en el centro de convenciones y el pabellón real durante horas.
En cuanto logré liberarme, regresé apresuradamente al palacio. Me dirigí directamente hacia el ala donde se alojaba la comitiva de Valdonia, con la intención de ver a Elena a solas antes de que comenzara el protocolo oficial. Sin embargo, al llegar a su pasillo, me topé con un muro infranqueable.
Valeria, su guardia de seguridad, estaba apostada junto a la doble puerta de madera.
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Editado: 30.08.2026