Capítulo 52
El hospital de provincias quedaba a cuatro horas de la capital, en una ciudad pequeña cuyo nombre Óscar había tenido que buscar dos veces en un mapa antes de encontrarla.
Había llegado hasta allí gracias a un enfermero jubilado que Damián localizó a través de un antiguo compañero de estudios, alguien que había trabajado con Amina Farsi años atrás y que todavía recordaba, vagamente, que la doctora había acabado ejerciendo en algún hospital rural del norte. El resto lo había hecho Óscar solo, con llamadas discretas y un par de mentiras sobre ser familiar lejano.
La encontró en la tercera planta, en una habitación con las persianas medio bajadas, conectada a un monitor que emitía un pitido constante y tranquilizador.
Amina Farsi tenía el brazo derecho escayolado, un vendaje que le cubría parte de la frente, y los ojos cerrados cuando Óscar entró en la habitación.
—¿Es usted familiar? —preguntó una enfermera que revisaba la vía del gotero.
—Algo así.
La mujer lo miró con desconfianza, pero no insistió.
—Tuvo suerte. La caída pudo haber sido mucho peor.
—¿Qué pasó exactamente?
—Un tramo de escaleras en su propia casa, según nos contaron. Vive sola, así que nadie la encontró hasta la mañana siguiente. —La enfermera anotó algo en la carpeta clínica—. A su edad, estas cosas ocurren más de lo que la gente cree.
Óscar asintió, con la mirada fija en el rostro dormido de la doctora.
—¿Puedo hablar con ella?
—Todavía está sedada. Quizás mañana.
La enfermera salió, dejándolo a solas con el pitido del monitor y una mujer que, según todos los indicios médicos, simplemente se había resbalado en su propia casa.
Óscar se quedó de pie un buen rato, sin acercarse a la cama, mirando la escayola, el vendaje, la vía intravenosa.
Una caída doméstica. Una mujer mayor, viviendo sola, en una casa con escaleras. Ocurría todos los días, en cualquier parte del mundo, sin que hiciera falta ninguna conspiración detrás.
Y sin embargo.
Sin embargo era ella. La única persona que, según los archivos oficiales, había estado presente en el momento de la muerte de la Reina. La misma cuyo traslado no tenía destino registrado en ningún documento. La misma que llevaba años desaparecida de cualquier registro oficial, hasta que Óscar, con paciencia y algo de suerte, había conseguido encontrarla.
Y justo ahora, semanas después de que él empezara a buscarla, se caía por unas escaleras.
Sacó el teléfono y le escribió a Damián.
La he encontrado. Está herida. Dicen que fue un accidente.
La respuesta llegó minutos después.
¿Y tú qué crees?
Óscar miró de nuevo a la mujer dormida, con el vendaje cubriéndole media frente, y se imaginó a Hassan Albora sentado a la mesa de su propia cena, diciéndole a Mónica que no se arrepentía de nada, con esa calma inquebrantable que llevaba meses viéndole usar como escudo.
Creo que las casualidades no existen en este país, escribió finalmente.
Guardó el teléfono y se sentó en la silla junto a la cama, dispuesto a esperar todo el tiempo que hiciera falta hasta que Amina Farsi despertara y pudiera, por fin, contarle lo que sabía.
____
El teléfono vibró sobre la mesa. Mónica miró la pantalla.
—Es Raquel —dijo, y descolgó sin pensarlo demasiado, todavía con el lápiz en la otra mano.
—¿Qué pasa?
La voz de su hermana llegó nítida, incluso Hassan pudo distinguir el tono urgente desde el otro lado de la sala.
—Nena, es Aitor. Tienes que hacer algo con él.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Anoche hubo otra fiesta en tu casa. La tercera esta semana. Los vecinos han llamado a la policía por el ruido, y esta mañana me he pasado y… o vienes o como siga así te quedas sin casa.
Mónica dejó el lápiz sobre la mesa.
—Ahora no puedo ir.
—Tú misma, pero lleva sin aparecer por clase más de dos semanas.
Mónica se quedó callada un momento demasiado largo.
—Voy a llamarlo.
—Estará durmiendo la mona. Si tuviera doce años me lo llevaría a mi casa, pero ya es adulto.
—Ya. Bueno, gracias por avisar.
Colgó antes de que Raquel pudiera decir nada más. Marcó el número de Aitor. Sonó, sonó, y saltó el buzón de voz.
Lo intentó una segunda vez. Lo mismo.
Dejó el teléfono sobre la mesa, esta vez con cuidado, casi con delicadeza.
Hassan la observaba desde el otro lado de la sala, sin fingir ya que leía el periódico.
—¿Ocurre algo?
Ella levantó la vista hacia él. No había lágrimas en sus ojos, ni tampoco la ironía habitual que solía usar como escudo. Solo una expresión que Hassan no le había visto nunca, algo parecido al desconcierto de quien lleva toda la vida sabiendo exactamente qué hacer y, de repente, se encuentra sin ninguna respuesta.
—No sé qué voy a hacer con él —dijo, en voz baja.
Hassan no respondió de inmediato. Se quedó mirándola, midiendo el peso real de aquella frase tan simple, viniendo de una mujer que había negociado con su Consejo, que se había subido a un escenario delante de un país entero que nunca había visto algo así, que le había plantado cara a él mismo más veces de las que podía contar sin necesitar nunca ayuda de nadie.
—Es la primera vez que la oigo decir eso —dijo finalmente.
—¿Decir qué?
—Que no sabe qué hacer.
Hassan se levantó despacio y cruzó la sala hasta quedar de pie junto a ella. No se sentó a su lado, no la abrazó, no hizo ninguno de los gestos que Mónica ya había aprendido a esquivar en él o en cualquier otro hombre. Simplemente le puso la mano sobre el hombro, con un peso ligero, breve, más una constatación de que estaba ahí que un intento de consolarla.
Mónica no se apartó esta vez.
—Puedo tener el avión listo en dos horas —dijo Hassan.
Ella levantó la vista hacia él, sin entender del todo.
—¿Qué?
—Si necesita ir a Barcelona, a ver a su hijo. El avión estará listo en dos horas.
Mónica se quedó mirándolo, buscando en su expresión algún cálculo, alguna condición que todavía no hubiera nombrado. No la encontró.
—¿Sin condiciones?
—Sin condiciones.
—No he terminado mi propuesta… o ¿ya te has arrepentido?
—Entonces nos marcharemos, una vez la haya terminado—Hassan retiró la mano de su hombro, con la misma delicadeza con la que la había puesto—. El Consejo necesitará unos días para estudiarla. Estaremos de vuelta para defenderla.
Mónica se quedó en silencio un momento, sintiendo aún el calor de la mano de Hassan sobre su hombro.