Karim había dispuesto la documentación sobre la mesa del despacho: proyecciones de costes, calendarios de obra para el edificio que albergaría la escuela, cartas de interés de profesores de música de Egipto y Líbano dispuestos a trasladarse a Al-Zahara por un salario generoso.
Mónica revisaba las cifras con el ceño fruncido cuando Hassan entró.
—Karim me ha enseñado el borrador —dijo, sin preámbulos—. Es ambicioso.
—Tiene que serlo, si quiere funcionar de verdad.
Hassan se acercó a la mesa y hojeó una de las carpetas.
—El presupuesto del proyecto no será un problema. Profesores, materiales, la obra del edificio... lo que haga falta.
—Bien. Eso es lo que necesita Al-Zahara, no yo.
Hassan levantó la vista.
—¿A qué se refiere?
—A que falta una partida distinta en ese presupuesto. La mía. —Mónica dejó el bolígrafo sobre la mesa—. Voy a gestionar esto a tiempo completo. Contratación de profesores, organización de los conciertos, supervisión de las obras. Eso es un trabajo, y quiero un sueldo por él.
Hassan se quedó mirándola como si necesitara un segundo para procesar la frase.
—¿Un sueldo?
—Una cifra fija, revisable, con un contrato que pueda enseñar a cualquiera que me pregunte de qué vivo en este país.
—Es usted la Reina de Al-Zahara.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta. —Su voz se había vuelto más grave, con esa autoridad que Mónica había aprendido a reconocer como la del hombre que no está negociando, sino explicando lo que considera evidente—. Todo lo que pertenece a la Corona es suyo. El palacio, las tierras, cada moneda del tesoro de este país. No necesita un sueldo, Mónica. Necesita entender que ya lo tiene todo.
—No quiero todo. Quiero lo que gano.
—Eso no existe para una Reina.
—Pues va a tener que existir, porque no pienso hacer este trabajo a cambio de nada, como si fuera una afición de esposa aburrida.
Hassan cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.
—Un sueldo implicaría que usted trabaja para la Corona. Como cualquier funcionario, como Karim, como cualquiera de los consejeros. Y usted no es una funcionaria de este país. Es su Reina.
—Entonces déjame ser las dos cosas.
—No puedo. —Lo dijo con una firmeza que no dejaba espacio a la réplica—. No en Al-Zahara. Una Reina que cobra un salario es una Reina que se ha rebajado a empleada, y eso el Consejo, el pueblo, la propia Corona, no lo van a entender jamás. No es una cuestión de dinero. Es una cuestión de qué es usted dentro de este país.
Mónica lo miró fijamente, sin ceder un centímetro.
—Entonces tenemos un problema, porque yo no pienso ser solo lo que dice ese título. Necesito ser también otra cosa. Alguien que trabaja. Alguien que se gana lo que tiene.
—Ya se lo ha ganado. —La voz de Hassan bajó de intensidad, aunque no de convicción—. Con el concierto. Con lo del sur. Con todo lo que ha hecho desde que llegó a este país.
—Eso no es lo mismo, y lo sabes.
Se quedaron mirándose un momento, sin que ninguno de los dos encontrara terreno común.
Karim, desde la puerta, no dijo nada. Cerró su libreta despacio, consciente de que aquella conversación no iba a resolverse esa tarde, y probablemente tampoco la siguiente.
_____
Cuando la puerta se cerró tras ella, Hassan se quedó de pie junto a la mesa, con la carpeta todavía en la mano, sin haberla abierto de nuevo.
Karim esperó un momento antes de hablar.
—Con el debido respeto, Majestad, creo que se equivoca.
Hassan levantó la vista.
—¿En qué?
—En pensar que esto es una cuestión de protocolo.
—Es exactamente eso.
—No, señor. —Karim se acercó un paso, con la cautela de quien sabe que está a punto de decir algo que no le van a agradecer—. Usted lleva veinte años entendiendo el poder como algo que se concentra. Territorios, decisiones, lealtades. Todo bajo su control, todo dependiendo de usted. Y ahora hay una mujer en este palacio que le está pidiendo, literalmente, no depender de usted para nada. Ni para el dinero, ni para la ropa, ni para el lugar que ocupa. Y a usted eso le resulta insoportable, aunque lo disfrace de tradición.
Hassan dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe seco.
—Cuidado, Karim.
—Llevo veinte años a su lado, Majestad. Puedo decirle esto sin que sea una falta de respeto.
Hassan no respondió de inmediato. Se quedó mirando la ventana, con la mandíbula tensa.
—Si accedo —dijo finalmente—, siento que le estoy dando otra cosa que no sé nombrar. Algo más que un sueldo.
—Majestad, si esa mujer quisiera marcharse de Al-Zahara, ya lo habría hecho. —Karim lo dijo sin rodeos—. No la sostiene aquí ningún contrato, ninguna necesidad económica. Es una artista de fama internacional. Podría subirse a un avión mañana mismo y en un mes estaría llenando estadios en cualquier país que la quisiera, sin usted, sin la Corona, sin nada de lo que le ha ofrecido. Y sin embargo sigue aquí, construyendo escuelas para niños que ni siquiera conocen su idioma.
Hassan lo miró, sin decir nada.
—Creo que ella todavía no ha terminado de entender lo comprometida que está con este país —continuó Karim—. Pero usted sí debería haberlo entendido ya. Dele el sueldo, Majestad. No porque lo necesite para quedarse. Porque se lo ha ganado quedándose.
Hassan se quedó en silencio un momento largo, con la vista perdida en algún punto de la ventana que no tenía nada que ver con lo que Karim acababa de decirle.
—Lo pensaré —dijo finalmente, y aquello, viniendo de él, fue lo más parecido a una concesión que Karim había escuchado en toda la conversación.
Karim recogió su libreta de la mesa, dispuesto a cambiar de asunto antes de que el silencio se volviera demasiado incómodo.
—Hay algo más, Majestad. Sobre Mansur.
Hassan levantó la vista.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Nada que pueda probarse todavía. —Karim eligió las palabras con cuidado—. Pero ha estado reuniéndose con más frecuencia de lo habitual con dos oficiales de archivos. Y uno de mis hombres me ha informado de que ha solicitado, de forma extraoficial, documentación relacionada con la difunta Reina.