Las puertas de llegadas del aeropuerto de El Prat se abrieron sobre un muro de cámaras mucho más denso que el que Hassan recordaba de su primera visita.
—¡Mónica! ¿Por qué no ha dado ninguna entrevista desde la boda?
—¿Es verdad que la Corona le paga un sueldo para mantener las apariencias?
—¿Sigue enamorada de su ex marido?
—¿Volverá a los escenarios?
Las preguntas llegaban superpuestas, sin orden, disparadas desde todas direcciones a la vez. Mónica apretó el paso, con la vista fija al frente, la expresión entrenada durante veinte años de carrera para no delatar nada.
Hassan, un paso por detrás de ella, sintió que el ruido lo golpeaba de una manera distinta a la vez anterior. Entonces había sido un espectador incómodo, apartado por los guardaespaldas de Mónica como un obstáculo más en el camino. Esta vez, no estaba dispuesto a quedarse atrás.
Alcanzó su mano y la sujetó con firmeza, entrelazando los dedos con los suyos.
Mónica lo miró de reojo, sorprendida, pero no la soltó.
—Por aquí, Majestad —indicó uno de los hombres de seguridad, abriéndose paso entre el tumulto.
Hassan la guió con la mano todavía entrelazada, colocándose de forma casi imperceptible medio paso por delante de ella, interponiéndose entre Mónica y las cámaras que más se acercaban, sin apartar la vista del camino que el escolta les despejaba.
—¿Va a confirmar el divorcio, Su Majestad?
—¿Es cierto que el inspector Taboada sigue viviendo en palacio?
Hassan no respondió a ninguna pregunta. Se limitó a caminar, firme, con Mónica sujeta a su lado, hasta que ambos desaparecieron tras las puertas del coche que los esperaba.
Cuando el vehículo arrancó, dejando atrás el estruendo de la terminal, Mónica se recostó contra el asiento y soltó el aire que llevaba conteniendo.
—Menudo revuelo —dijo, con una media sonrisa cansada—. Menos mal que veníamos de incógnito.
—Es usted una mujer que levanta mucha expectación tanto aquí como en Al-Zahara—respondió Hassan, todavía con la mano entrelazada con la de ella.
La cantante soltó su mano y esbozó una risa breve, genuina, la primera desde que habían aterrizado.
___
La casa de Mónica estaba a oscuras cuando el coche se detuvo frente a la entrada.
Hassan bajó primero y esperó a que ella lo hiciera. No había séquito, ni escoltas alrededor de la vivienda, ni ninguno de los elementos que recordaban a Mónica que, incluso en Barcelona, seguía siendo la Reina de Al-Zahara.
Aquella noche solo era una mujer que volvía a casa.
Mónica abrió la puerta con sus propias llaves.
—Miedo me da ver como tiene la casa —murmuró mientras empujaba la puerta.
Nada más entrar, se detuvo.
El recibidor estaba lleno de zapatos. Había una chaqueta tirada sobre una consola, dos vasos abandonados en el suelo junto a las escaleras y una bolsa de comida abierta encima de un mueble.
Mónica frunció el ceño y avanzó unos pasos. El salón estaba peor. Una manta arrugada sobre el sofá. Botellas vacías en la mesa. Platos sin recoger. Una caja de pizza abierta. Ropa tirada sobre uno de los sillones y varios cables atravesando el suelo.
Hassan se quedó detrás de ella, observando en silencio.
Mónica no dijo nada durante unos segundos. Simplemente contempló aquel desastre con una expresión que iba cambiando lentamente del desconcierto al enfado.
—Lo mato.
Dejó el bolso sobre la mesa.
—¡Aitor!
No hubo respuesta.
—¡Aitor!
Esta vez se oyó algo en la planta superior.
Un golpe. Después unos pasos lentos. Aitor apareció en lo alto de la escalera. Llevaba el pelo revuelto, una camiseta arrugada y unos pantalones de chándal. Tenía la barba de varios días y unas ojeras profundas que le hundían los ojos. Parecía no haber dormido en semanas.
Se quedó inmóvil al verla. Después miró por encima de su hombro. Y vio a Hassan.
La sorpresa fue tan evidente que durante unos segundos ninguno de los tres dijo nada.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó finalmente.
Mónica levantó la mirada hacia él.
—Ese no es el punto. ¿Qué está haciendo Aitor?
Aitor bajó dos escalones.
—Nada. No sabía que venías.
Mónica soltó una risa seca.
—Ya lo veo.
—Mami, te lo puedo explicar.
Aitor terminó de bajar las escaleras y se quedó frente a ellos.
—¿Estás colocado? —preguntó Monica observándolo de arriba abajo con cara de decepción.
Aitor rio.
—No te escandalices, solo porque Hassan está delante. Solo es un poco de maría.
Monica alzó la mano, pero Hassan la detuvo antes de que pudiera darle una bofetada.
—Creo que deberíamos calmarnos —dijo, aún sujetando la muñeca de la cantante—. Está claro que Aitor no está en condiciones y tú, tú estás cansada.
Monica se soltó, con la rabia aún en el cuerpo.
—Vete a la cama —dijo mirando a Aitor— que mañana te vas a encargar de recoger toda esta pocilga.
Aitor miró a Hassan con una mezcla de agradecimiento y resquemor. Subió las escaleras sin decir nada más.
Hassan miró a Monica. Se veía furiosa. Ésta se paró en seco al reparar que la estaba mirando.
—No lo vuelva a hacer.
—¿Qué?
—Entrometerte como lo has hecho ahora.
Hassan suspiró.
—Le iba a pegar… la violencia no lleva a ningún lugar, Mónica.
La cantante alzó una ceja.
—¿En serio? Interesante…. viniendo de alguien que viene de un país donde se secuestra, extorsiona, chantajea y se castiga solo para mantener el control.
—Pero yo jamás le he levantado la mano, usted a mi sí.
Monica abrió la boca, pero la volvió a cerrar porque no encontró nada con lo que atacar.
—Bien— continuó el Rey dirigiéndose a la cocina—. Aitor tiene una intensa tarea por delante mañana —constató al ver el reguero de platos sucios.
Monica levantó la vista hacia él.
—¿Te quieres ir a un hotel? —preguntó de repente—. Mientras yo soluciono este problema.
Hassan la miró con sorpresa. Se acercó unos pasos y posó sus manos sobre sus mejillas.
—No es una opción —sus pulgares rozaron su piel casi sin darse cuenta.
Monica quedó inmóvil, desconcertada por el gesto y por la naturalidad con la que Hassan había invadido su espacio.
—Está todo hecho un desastre —contestó sosteniéndole la mirada—. No es lugar para ti.
—Eso lo decido yo. Y yo decido quedarme donde esté mi esposa.
Monica tragó saliva.
—Estás demasiado cerca —susurró con más nerviosismo del que le hubiera gustado mostrar.
—¿Y eso está mal? Porque no siento que le desagrade mi presencia… aunque su boca se empeñe en decir lo contrario.
Mónica sintió una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo que la hizo apartarse suavemente.
—No estoy para juegos, Majestad —murmuró dándole la espalda.
—No estoy jugando.
—Entonces será mejor que acabemos este día de una vez por todas.
Hassan no insistió cuándo Monica lo hizo instalarse en la habitación de invitados. Estaban en su territorio, su casa, sus normas. Y ya le había dejado claro que no lo quería cerca. Al menos no esa noche.
Dejó las maletas a un lado y despejó la cama de cajas y vestidos. Los había rojos, negros y dorados, con trasparencias y lentejuelas y unas telas tan suaves que se resbalaban entre sus dedos. Por un momento se la imaginó en su papel de diva, altiva y poderosa, nada que ver con la mujer que había sostenido entre sus manos hacía apenas unos minutos.
Empezaba a preguntarse quién realmente era la mujer con la que ahora compartía su vida y sus obligaciones.