Mansur recibió la noticia del viaje a Barcelona por boca de uno de los oficiales de la Guardia Real, con el mismo desagrado con el que recibía cualquier información sobre los movimientos de Hassan últimamente.
—El Rey de Al-Zahara —dijo, sin dirigirse a nadie en particular, mientras releía el parte de viaje— cruzando medio mundo detrás de los caprichos de esa mujer.
Yusuf, sentado frente a él, no dijo nada.
—Las protestas siguen en la capital. El sur todavía no se ha reconstruido del todo. Y nuestro Rey decide que el momento apropiado para ausentarse es ahora, por un hijo ajeno a esta Corona que ni siquiera lleva su sangre.
—Dicen que fue una crisis familiar.
—Dicen. —Mansur dejó el papel sobre la mesa—. Lo que yo veo es a un hombre que ha dejado que una extranjera le indique cuándo viajar, con quién hablar, y ahora, según me han informado, cuánto se le debe pagar por sus servicios.
Yusuf levantó la vista.
—¿Un sueldo?
—Un sueldo, Yusuf. Como si fuera funcionaria de este país. —Mansur soltó una risa seca, sin humor—. Llevamos generaciones enseñando a nuestras hijas que su lugar es apoyar en silencio, y ahora el propio Rey negocia con su esposa como si fuera un consejero más, dándole voz en asuntos que jamás debieron salir de estas paredes.
—El pueblo la adora.
—El pueblo también adoraba los fuegos artificiales antes de que le prendieran fuego a su propia casa. —Mansur se levantó, con las manos entrelazadas a la espalda—. No hablo de lo que siente el pueblo hoy. Hablo de lo que queda de esta Corona dentro de diez años, si seguimos permitiendo que una mujer, por talentosa que sea, decida el rumbo de un Rey que debería estar decidiendo el rumbo de todos nosotros.
Yusuf guardó silencio un momento.
—¿Y qué propone?
Mansur se giró hacia él, con la misma calma que llevaba semanas cultivando desde la noche del anfiteatro.
—Que sigamos investigando. Que encontremos lo que ese hombre lleva años enterrando bajo esta Corona. —Hizo una pausa—. Porque un Rey que se deja arrastrar así por una mujer no es débil por amor, Yusuf. Es débil porque ya lo era antes de que ella llegara. Y a un Rey débil, tarde o temprano, hay que reemplazarlo.
____
Aitor bajó las escaleras con más cuidado del habitual, todavía con la cabeza pesada, y se quedó parado en el último escalón al ver la escena del salón.
Hassan, con las mangas de la camisa remangadas, recogía botellas vacías y las metía en una bolsa de basura con una eficiencia que no encajaba en absoluto con la imagen que Aitor tenía de un Rey.
—¿Qué haces? —preguntó, todavía sin terminar de creérselo.
—Recojo —respondió Hassan, sin levantar la vista, doblando la manta del sofá.
Aitor se acercó, cauteloso, y empezó a apilar los platos sucios de la mesa casi por inercia, más para tener algo que hacer con las manos que por verdadera voluntad de ayudar.
—Si haces esto para ganar puntos con mi madre…
—Tengo todo lo que quiero. No necesito ganar nada —contestó el Rey tajante.
Aitor se detuvo, con un plato a medio recoger.
—Todo no. Estás muy lejos de tener a mi madre. Es lo único que no puedes comprar.
Hassan se incorporó, con la bolsa de basura ya casi llena colgando de una mano.
—La echa de menos.
—No tengo doce años. Puedo vivir sin ella —contestó, como si el hecho de echarla de menos, lo avergonzara.
—¿Entonces?
Aitor no dijo nada durante un momento. Dejó el plato en el fregadero y se apoyó contra la encimera, con los brazos cruzados.
—Todos hablan de ella, en la radio, la tele, los periódicos… de ella y de ti. Que si la obligas, que si ha tenido que dejar la música, que si la has alejado de su familia, ¡hasta dicen que Al-Zahara es una secta!
—Aitor.
La voz de Mónica cortó el aire del salón como un cuchillo.
Ambos se giraron hacia la escalera. Estaba allí, todavía en pijama, con el pelo revuelto, con una expresión que había pasado del sueño a algo mucho más afilado en cuestión de segundos.
—¿Desde cuándo escuchas lo que dice la prensa como si fuera el evangelio?
Aitor bajó la vista, la misma vergüenza de anoche volviendo a instalarse en su cara.
—Es que yo sé que es verdad. Que la única razón por la que te casaste con este tipo es porque…
—Basta —espetó Mónica bajando los últimos escalones despacio, sin apartar los ojos de su hijo—. No quiero que veas ni leas nada de lo que escriban sobre mí. Yo accedí voluntariamente a casarme con este hombre, punto. El resto pertenece a mi vida íntima y ni tú ni nadie tiene derecho a inmiscuirse.
Aitor se quedó callado, con la vista baja, sin encontrar nada que oponer a aquello.
Hassan la miró un instante, sorprendido por la firmeza con la que acababa de defenderlo, sin que él se lo hubiera pedido.
Mónica se giró de nuevo hacia Aitor, dando por cerrado el tema con el mismo gesto con el que solía cerrar cualquier discusión que no estuviera dispuesta a seguir alimentando.
Aitor subió a ducharse en cuanto terminó de desayunar, con una rapidez que no engañó a nadie sobre sus ganas de dejarlos a solas.
Mónica se quedó mirando el salón, ya recogido, sin una sola botella ni un plato fuera de sitio.
—No me puedo creer que hayas acabado limpiando mi casa —dijo, con la taza de café todavía entre las manos.
—Forma parte de mis obligaciones —respondió Hassan, con una seriedad que no terminaba de ser del todo seria—. El artículo cinco del acuerdo. Satisfacer las necesidades de mi esposa, en cualquier forma que se presenten.
Mónica puso los ojos en blanco.
—Ese artículo no decía nada sobre fregar platos.
—Decía "cualesquiera que sean". Yo solo he interpretado el texto con amplitud de miras.
Ella no pudo evitar una sonrisa, aunque intentó disimularla tras el borde de la taza.
Y sin embargo, mientras lo veía apoyarse contra la encimera con esa media sonrisa suya, calculada hasta en la broma, pensó que el hombre que había limpiado su casa esa mañana, el que se había arrodillado ante Aitor a tan solo unas horas de conocerlo del todo, acababa de desaparecer otra vez para dejar sitio al Rey. Al que necesitaba un artículo, una cláusula, un marco legal para justificar por qué había hecho algo tan simple como cuidar de ella.
—Gracias —dijo, de todas formas, en voz baja—. En serio.
Hassan la miró un instante, y algo en su expresión se suavizó, como si hubiera captado, sin que ella lo dijera, que aquel "gracias" no era por los platos.