Sin Perdón

Capítulo 56. Lo que queda de él

Hassan encontró la caja mientras buscaba un cargador en el armario del pasillo, donde Mónica le había dicho que probablemente hubiera uno.
No era su intención abrirla. Pero el cartón estaba mal cerrado, y al moverla para alcanzar otra cosa, algunas fotografías se deslizaron hacia fuera.
Mónica y Óscar, más jóvenes, en lo que parecía una playa. Mónica y Óscar el día de su boda, ella con un vestido sencillo, sin nada del boato al que Hassan la había visto acostumbrarse en Al-Zahara. Una camisa de hombre, todavía con el olor de un perfume que Hassan no reconoció, doblada con un cuidado que no encajaba con la idea de un objeto olvidado sin más.
Se quedó mirando la caja un momento, con la fotografía de la boda todavía entre los dedos.
—¿Qué haces?
Mónica apareció en la puerta del pasillo, y su tono cambió en cuanto vio lo que Hassan tenía en las manos.
—Buscaba un cargador. —Dejó la fotografía de nuevo dentro de la caja, con un cuidado excesivo, casi culpable—. No pretendía...
—Dame eso.
Se acercó y le quitó la caja de las manos, cerrándola con más fuerza de la necesaria.
—¿Por qué guardas su camisa? —preguntó Hassan, sin poder evitarlo.
—Porque son dieciséis años de mi vida, Hassan. No pienso quemarlos solo porque ahora esté casada contigo.
—No te he pedido que los quemes.
—Pero lo estás pensando.
Hassan no respondió de inmediato, lo que para Mónica, fue respuesta suficiente.
—Es una caja de fotos —dijo ella, más calmada, aunque la tensión seguía en su voz—. No un altar. Y desde luego no significa lo que tú crees que significa.
—No he dicho que signifique nada.
—No hacía falta que lo dijeras.
Se quedaron mirándose un momento, ninguno de los dos dispuesto a ceder terreno, hasta que Mónica cerró el armario de un golpe.
—Vamos a llegar tarde a casa de mis padres.
Salió del pasillo sin esperar respuesta, dejando a Hassan con la sensación incómoda de que acababa de descubrir algo que preferiría no haber visto.
⸻
La casa de Patricia y Francisco olía a guiso desde la entrada.
Raquel abrió la puerta antes de que llamaran, con Damián detrás cargando una botella de vino.
—Ya era hora —dijo, abrazando a su hermana—. Empezaba a pensar que no vendríais.
—Anda no digas tonterías —contestó Monica—. Hemos tenido que despistar a la prensa que no tiene nada mejor que hacer que acosarnos.
Raquel se humedeció los labios.
—Estáis de actualidad, chica.
Patricia se acercó a Hassan y le tomó el abrigo.
—Majestad—dijo la mujer con ligereza—espero que le guste el asado de costillas. Es el plato favorito de Monica.
—Su hija y yo tenemos gustos bastante diferentes, pero confío en que estará delicioso. Como el guiso que preparó la última vez.
Patricia sonrió, sorprendida de que lo recordara.
Francisco los recibió desde el salón sin levantarse del todo, aunque le tendió la mano a Hassan con más firmeza que la primera vez.
—Siéntense —dijo, señalando la mesa ya puesta—. Que se enfría.
La comida transcurrió con más calma de la que Hassan recordaba de la primera visita. La conversación se desarrolló en un tono distendido y la comida le pareció exquisita.
—Creo que hemos encontrado algo en lo que ambos estamos de acuerdo, señora —comentó Hassan, apoyando la mano sobre la de Monica, en un gesto casi involuntario— Este plato es realmente exquisito.
Monica no contestó, se tensó visiblemente, apenas un segundo, antes de recomponerse.
Raquel, que no se le escapaba nada, dejó la taza sobre el plato con una sonrisa maliciosa.
—Seguro que hay más puntos en los que os ponéis de acuerdo —dijo, en voz alta sin ningún tacto—. Solo hay que ver…
—¿Qué? —interrumpió Monica, escondiendo inmediatamente la mano bajo la mesa.
—Nada… que se nota que os lleváis mejor.
Francisco le sirvió más vino a Hassan con una media sonrisa. Al igual que Raquel también se había dado cuenta de que ese hombre era el único capaz de sacar a su hija de su zona de confort.
—Hemos visto los vídeos del concierto —dijo Raquel, todavía con el móvil en la mano—. Un país entero cantando contigo y además esas baladas y esas letras.
—Tan diferente a todo lo que nos tienes acostumbrados… —dijo Patricia.
—Fue una noche especial —respondió Mónica, con una modestia que no le salía del todo natural.
—Especial es poco —intervino Hassan, sirviéndose más vino—. Cuarenta y cinco años de historia de Al-Zahara y jamás habíamos tenido una noche así. Aunque, siendo objetivos, el país tampoco había tenido nunca ningún concierto, así que la comparación es limitada.
Mónica lo miró con las cejas levantadas.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—Un hecho verificable —dijo Hassan, sin inmutarse—. Que además resulta ser un cumplido, si se analiza con detenimiento.
Toda la mesa rio, incluida Mónica, que negó con la cabeza sin poder disimular una sonrisa.
Francisco, por su parte, quiso saber cómo era el país más allá de lo que salía en las noticias, y se sorprendió genuinamente cuando Hassan le describió cómo el aire se volvía denso, casi sólido, con las tormentas de arena, y cómo los pastores del sur sabían leer el cielo con más precisión que cualquier satélite.
—Aquí solo sabemos leer si va a llover por si duele la rodilla —bromeó Francisco.
Hassan rio con una naturalidad que Mónica no le había visto nunca en ningún salón del trono ni en ninguna sala del Consejo.
Ella los observaba en silencio, con una copa de vino a medio terminar, sintiendo que quizás aquel hombre de armadura de hierro no era más que un personaje, una impostura para sobrevivir en un mundo hostil.
Cuando llegaron a casa, Mónica se quitó los zapatos en la entrada y fue directa al salón, todavía con la sensación de la cena reciente, del vino, de la mano de Hassan que había tenido que esconder bajo la mesa más de una vez durante la noche.
Encendió el altavoz sin pensarlo demasiado. Una canción antigua, de las que solía poner mientras ordenaba la casa antes de cualquier gira, empezó a sonar por el salón.
No se dio cuenta de que había empezado a moverse al son de la música hasta que escuchó la voz de Hassan detrás de ella.
—¿Qué hace?
Mónica se giró de golpe, sorprendida, con las mejillas ya ardiendo.
—Nada.
—Estaba bailando.
—Estoy en mi casa. En España. —Se cruzó de brazos, todavía sonrojada—. Aquí podemos hacer lo que nos da la gana, por si se te había olvidado.
Hassan pareció procesar aquello un segundo, como si de verdad se le hubiera escapado el detalle.
—No es eso lo que...
—Da igual. —Mónica fue hacia el altavoz y lo apagó de un manotazo—. Sin música, es evidente que en tu país tampoco sabéis bailar.
Hassan la miró un momento con detenimiento.
—Enséñeme.
—¿Qué?
—Enséñeme a bailar.
Mónica soltó una risa breve, incrédula.
—¿Tú?
—Yo.
Se quedaron mirándose un momento, hasta que ella, con un suspiro de resignación, volvió a encender la música.
—Ven aquí.
Se acercó a él, le tomó la mano derecha y se la colocó sobre su propia cintura, con una torpeza que no era propia de ella, pero que tampoco intentó disimular.
—Así. Y ahora sígueme, no cuentes los pasos, solo siente el ritmo.
Intentaron un par de compases lentos, torpes, con Hassan pisándola una vez y disculpándose con una seriedad que a Mónica le pareció casi cómica. Pero la cercanía, la lentitud del movimiento, el peso de su mano en la cintura, empezaron a resultarle demasiado, y antes de que pudiera pensarlo, cambió la canción a algo mucho más rápido, con una guitarra eléctrica desatada y un ritmo imposible de bailar despacio.
—¿Qué hace?
—Cambiar de estrategia.
Se apartó de él y empezó a moverse sola, con los brazos en alto, riendo de la cara de desconcierto de Hassan, que se quedó parado en medio del salón sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—Vamos, Majestad. No me diga que un Rey no sabe improvisar.
Hassan, con una torpeza que ella nunca le había visto en ningún otro terreno de su vida, empezó a moverse también, sin ningún ritmo real, riendo de sí mismo cuando se dio cuenta de lo absurdo que debía verse.
Mónica se rio con más fuerza.
Bailaron así, sin ninguna coreografía, chocando entre risas, durante varias canciones seguidas, hasta que ambos terminaron sin aliento, con las mejillas encendidas y el pelo revuelto, en el centro del salón.
Fue entonces cuando Mónica lo vio reír de verdad.
No la sonrisa contenida del Consejo, ni la media sonrisa calculada de sus bromas privadas. Una risa completa, abierta, sin ningún cálculo detrás, la de un hombre que por un instante había dejado de ser Rey.
Y aquello, más que cualquier reverencia o cualquier gesto público, fue lo que la desarmó del todo.
Se acercó a él sin pensarlo, le tomó la camisa entre los dedos, y lo atrajo hacia su boca.
Hassan respondió al beso de inmediato, con una intensidad que no dejaba espacio a dudas, sujetándola con más fuerza por la cintura, profundizando el beso como si llevara meses conteniéndose para ese instante exacto.
Cuando se separaron, sin aliento, Mónica se quedó un segundo mirándolo, con los ojos todavía brillantes por el baile y el sabor de su boca impregnado en la suya.
Después, sin decir una palabra, se acomodó la ropa, y se fue hacia las escaleras, dejándolo solo en medio del salón, con la música todavía sonando de fondo y una certeza nueva instalándose en él, mucho más fuerte que cualquier duda que hubiera tenido hasta entonces.
Después, sin decir una palabra, se acomodó la ropa, y se fue hacia las escaleras, dejándolo solo en medio del salón, con la música todavía sonando de fondo y una certeza nueva instalándose en él, mucho más fuerte que cualquier duda que hubiera tenido hasta entonces.
Mónica cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella, con el corazón todavía acelerado.
Fue el vino, se dijo. La cena, el baile, las risas, todo mezclado sin ningún sentido real detrás.
No fue nada más.
Se repitió aquello varias veces, como quien recita algo que necesita creerse con urgencia. Pero no era el beso lo que la asustaba. El beso había sido lo más sincero que había hecho en meses, y en el fondo lo sabía.
Deseo, se dijo. Solo era eso. Un cuerpo reaccionando a otro cuerpo, nada que no le hubiera pasado antes con cualquier otro hombre.




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