Mónica estaba sentada en una de las tumbonas del jardín, todavía con el pelo húmedo de la piscina, envuelta en una túnica morada semitransparente que dejaba entrever el bañador negro debajo. Sostenía una taza de café entre las manos, con la vista perdida en algún punto del jardín, cuando escuchó los pasos de Hassan acercándose por el camino de piedra.
Levantó la vista.
Hassan se detuvo a unos metros, y por un instante pareció que se le olvidaba lo que había venido a decir. No la había visto nunca así. No de esa manera tan expuesta, tan ajena a cualquier protocolo, con la piel todavía brillante de agua y la tela de la túnica moviéndose con la brisa como si tuviera vida propia.
Se recompuso rápido.
—Las obligaciones nos esperan —dijo con un leve carraspeo en la garganta.
—Voy a vestirme —contestó casi en un suspiro.
Se levantó, sin ninguna gana de empezar una discusión y se dirigió hacia el interior de la casa. Hassan se interpuso en su camino y le cortó el paso. Monica se quedó mirándolo aun con la taza de café en la mano —¿me dejas pasar?
Pero él en lugar de retirarse, dio un paso más hacia ella.
—Anoche…
—Anoche nada, Hassan —contestó manteniéndole la mirada— Simplemente bebimos demasiado.
El Rey la miró de arriba abajo y suspiró dando un paso atrás.
—Una explicación muy conveniente, pero le va a llegar el día en que no pueda salir huyendo, Majestad.
____
El coche los llevó al aeropuerto en un silencio que ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por romper. Mónica miraba por la ventanilla, con las gafas de sol puestas a pesar del cielo nublado, más como escudo que como necesidad real. Hassan revisaba unos documentos que Karim le había enviado esa misma mañana, aunque llevaba varios minutos sin pasar de la primera página.
El jet privado los esperaba en la pista, con la escalerilla ya desplegada.
—Su Majestad —saludó el piloto al verlos subir, con una reverencia breve—. Despegaremos en cuanto estén listos. El tiempo en Al-Zahara es bueno, aunque nos avisan de alguna turbulencia sobre el Mediterráneo.
—Perfecto —respondió Hassan, sin mucho interés real en el parte meteorológico.
Mónica se acomodó en uno de los asientos de cuero, junto a la ventanilla, y Hassan tomó el que quedaba frente a ella, con la misma distancia formal que habían mantenido desde el jardín.
El despegue transcurrió en silencio. Karim, que viajaba con ellos, se sumergió en su propia carpeta de documentos apenas se apagó la señal del cinturón, dejando a los dos con un silencio compartido que ninguno sabía muy bien cómo llenar.
Mónica se había levantado para estirar las piernas por el pasillo del avión cuando el aparato dio una sacudida brusca, seguida de otra más leve.
—Turbulencias —anunció el piloto por el interfono, con esa voz tranquilizadora que nunca convence del todo.
Ella se sujetó al respaldo del asiento más cercano, luchando por mantener el equilibrio.
Hassan, sin decir nada, alcanzó su muñeca y la atrajo hacia sí, sentándola sobre su regazo con un movimiento rápido, justo cuando el avión volvió a moverse.
—Está más segura sentada —dijo, con una naturalidad que no dejaba espacio a la discusión.
Mónica se quedó inmóvil, sintiendo el peso de su propio cuerpo apoyado contra el de Hassan, mientras el avión seguía sacudiéndose con suavidad.
No dijo nada.
Él tampoco.
La mano de Hassan se posó en su cintura. El cinturón de seguridad del asiento ya cumplía la función de sujetarla, pero él llevaba buscando, desde que había subido al avión, cualquier pretexto que le permitiera estar cerca de ella sin tener que pedirle permiso.
La turbulencia se lo acababa de servir en bandeja.
Mónica sintió el calor de esa mano a través de la tela de su blusa, y por un instante, mientras las turbulencias seguían agitando el avión, no encontró ninguna razón real para moverse de allí.
_____
El coche apenas se detuvo del todo cuando Karim ya estaba abriendo la puerta.
—Majestad, el Consejo los espera en quince minutos.
—Lo sé —respondió Hassan, bajando con paso rápido.
Samira los recibió en la escalinata, con esa serenidad suya que no se alteraba ni ante la prisa más evidente.
—Bienvenidos de vuelta —dijo, aunque su mirada se detuvo un instante de más en la distancia que Hassan y Mónica mantenían entre sí—. Espero que el viaje haya sido de su agrado.
—Bastante —respondió Mónica, ya con la carpeta de la propuesta bajo el brazo, revisando unos papeles mientras caminaba hacia el interior de palacio.
Samira los observó alejarse sin decir nada más, aunque algo en su expresión dejaba claro que había registrado más de lo que aparentaba.
⸻
—Necesito los números actualizados del coste de los profesores —dijo Mónica, sin dejar de caminar, dirigiéndose a Karim, que la seguía con su propia carpeta—. Los que traje de Barcelona están desfasados con el tipo de cambio de esta semana.
—Los tengo aquí, señora.
—¿Y el calendario de los primeros tres conciertos? Necesito que quede claro que no es un evento aislado, sino un compromiso continuado. Eso es lo que más les va a costar tragar.
—También está incluido, en el anexo tres.
Mónica se detuvo un segundo en mitad del pasillo, hojeando el documento con una velocidad que solo alguien acostumbrado a revisar contratos bajo presión podía sostener sin perder ni un detalle.
—Falta esto —dijo, señalando un párrafo—. Añade una cláusula sobre la formación de músicos locales como condición explícita, no como aspiración. Si dejamos la puerta abierta a la ambigüedad, Mansur la va a usar en mi contra.
Karim tomó nota con rapidez.
—Entendido.
Hassan, que caminaba un paso por detrás, la observaba sin decir nada.
No era la mujer que le había cortado el paso en el jardín esa misma mañana, negando cualquier significado a lo ocurrido la noche anterior con una excusa que ninguno de los dos se había creído del todo. Tampoco era la que se había quedado inmóvil sobre su regazo durante la turbulencia, sin decir una palabra.
Era otra persona completamente distinta, y sin embargo, la misma.
Nunca había visto a una mujer moverse así por los pasillos de su propio palacio: dando órdenes precisas, corrigiendo cifras al vuelo, anticipando los ataques de un consejero antes de que este abriera la boca, con una autoridad que no pedía permiso ni esperaba aprobación de nadie.
En Al-Zahara, ninguna mujer se movía así. Ni siquiera él, con todos sus años de gobierno, conseguía siempre esa claridad absoluta bajo presión.
Y aquello, contra toda lógica, le resultó irresistible.
—¿Vas a quedarte ahí mirando, o me vas a ayudar a convencer a tu Consejo? —preguntó Mónica, sin detenerse, sin siquiera girarse del todo hacia él.
Hassan aceleró el paso hasta ponerse a su altura.
—Iba a preguntarte lo mismo.
Llegaron a las puertas de la sala del Consejo con apenas un minuto de margen, Mónica todavía repasando el último párrafo del documento, Karim cerrando su libreta, y Hassan, por primera vez desde que habían aterrizado, sintiendo que la tensión entre ellos, sin desaparecer del todo, había dado paso a algo parecido a un equipo.
Las puertas se abrieron.